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Apenas un viaje en subterráneo

de “L´Chaim” (NY)

En octubre de 1971 llegué a Crown Heights, el barrio neoyorquino donde se encuentra la Sede Central Mundial de Lubavitch, desde Kentucky, y me matriculé en la Ieshivá Hadar HaTorá, la primer Ieshivá del mundo para baalei teshuvá jóvenes que, como yo, eran nuevos en el estudio de la Torá.
El fundador de la Ieshivá, Rabí Israel Jacobson, tenía por aquel entonces 76 años y me miró como a un niño nacido en su ancianidad.
Meses después, Rabí Jacobson me dijo con una reluciente sonrisa:
“Ya no tienes que preocuparte por pagar absolutamente nada. Simplemente entrega tus cámaras y podrás estudiar sin distracciones”.
Pero mis cámaras fotográficas eran mi libertad y mi único medio de manutención. Decidido a conservar abiertas mis alternativas, dije:
“Iré a la Ieshivá como alumno de turno completo, pero todavía quiero poder mantenerme de forma independiente, por medio de la fotografía”.

A la semana siguiente concerté encontrarme con un fotógrafo especializado en bodas en Far Rockaway, en el barrio neoyorquino de Queens. Eran aproximadamente las 10 de la noche cuando tomé la línea IRT de subterráneos hacia Manhattan mi primer viaje a solas en subte.
Era después de la una de la madrugada cuando abordé el subte para regresar a Crown Heights. El viaje pareció extenderse indefinidamente y, como todos los mapas del desértico tren estaban cubiertos por graffitis, no tenía la más remota idea de dónde me encontraba. Cuando el tren se detuvo en una estación salí y me dirigí a una cabina de venta de fichas, sintiéndome aliviado al encontrar sentando allí un caballero negro leyendo la Biblia.
“Señor, ¿podría decirme cómo llegar a Crown Heights?”
“Tome la línea AA a Manhattan, y en la Calle 42 pásese al Número 2 hacia Brooklyn. Los sábados por la noche el AA circula sólo una vez en la hora. Debería haberse quedado en ese tren”.
Suspiré. Eran las 2:45.
“Allí hay un atajo, si le interesa”, dijo, y esbozó un mapa sobre un trozo de papel. “Salga por aquellas puertas, gire a la derecha, y al final del edificio verá una cerca con una brecha. Crúcela trepando y siga el rumbo de las vías. Al final del campo verá un viejo puente balancín colgando sobre las vías. Crúcelo. Del otro lado hay una escalera que lleva a un pasillo. Gire a la derecha por el pasillo y sígalo unas 5 o 6 cuadras. A su derecha, encontrará un andén elevado para la línea IRT”.
“Dicho sea de paso, ¿dónde estoy?”
“Nueva York Este”, contestó el hombre.

Me encaminé fuera de la estación. Una destrozada cerca tipo cadena conectaba la estación con el puente lindero. Trepé por el hueco en la cerca y vi la senda que llevaba a un campo plagado de desperdicios en putrefacción, oxidadas defensas de automóvil y otros escombros.
Acelerando el paso llegué al puente balancín, y caminé cuidadosamente por el medio. Inspeccioné el panorama: viviendas estropeadas, montículos de desperdicios, graffitis.
Crucé el puente, bajé por la escalera y tal como el hombre había descripto entré en un oscuro pasillo.

“¡Vacía tus bolsillos!”, gruñó una voz desde la oscuridad. Un hombre negro, de unos 24 años más o menos, caminó hasta mí y apretó un revólver calibre 38 contra mi pecho.
Click. Amartilló el revólver.
“Vacía tus bolsillos antes de que te mate”, vociferó.

Yo medité acerca del doble significado de sus palabras y llegué a la conclusión de que probablemente estaba a punto de encontrarme con mi Hacedor.
“Antes de que yo vacíe mis bolsillos”, dije, mirándolo directamente a sus feroces ojos, “hay algo que debes saber: Di-s dio a cada uno siete mandamientos básicos y uno de ellos es `No robarás´. Ahora que lo sabes, si me robas, perderás tu parte en el Mundo Venidero”.
Después de un momento de silencio, dijo frívolamente: “¡Odio judíos!”
Justo entonces, otro hombre surgió desde las penumbras portando un enorme garrote.
“¡Hombre! ¿Qué está tardando tanto?”, preguntó al pistolero.
“Este judío me está dando cháchara”, respondió éste.
“¡Dispárale!”, replicó.
“Déjame explicar”, dije, y nuevamente recorrí el escenario de los Siete Mandamientos Noájicos. Le dije que si me robaba malograría su Vida Eterna.
El hombre del garrote dijo furioso: “¿Tu Di-s es blanco? No me gusta el Di-s blanco”.
“Mi Di-s es invisible”, contesté. “No obstante, El es el Creador de todos los colores”.
Parecieron aplacados por mis palabras, de modo que continué:
“Ustedes saben… si no me roban, Di-s les estará en deuda. Cuando llegue el momento, El les pagará”.
Silencio.

Entonces, el hombre del garrote dijo al pistolero: “¡Es un judío charlatán! Voy a vaciar sus bolsillos”.
“Arriba tus manos, judiucho”, dijo el hombre del garrote.
Su mano rastreó mi bolsillo. Sus dedos se enredaron en mis tzitzít (flecos rituales) y no pudo llegar al dinero en mi bolsillo. Quiso extraer su mano, pero los tzitzít lo habían aprisionado fuertemente. De repente se aterrorizó.
Frenético, desenredó los hilos de sus dedos y saltó detrás del pistolero.
“Este judío tiene centinelas en el bolsillo”, dijo.

Ambos hombres examinaron mis tzitzít. Discutieron vehementemente acerca de si mis tzitzít eran hilos o bandas elásticas, y luego gruñeron: “¿Qué son esas cosas?”
“¿Ven estos nudos?”, dije, mostrándoles los nudos en los hilos. “Hay cinco nudos. De estos nudos salen ocho hilos. Cinco más ocho es trece. Los hilos se llaman `tzitzít´ en hebreo. El valor numérico de las letras de la palabra `tzitzít´ suma 600. Seiscientos más los cinco nudos, más los ocho hilos, da 613, que es el número de mandamientos que Di-s dio al pueblo judío. Estos tzitzít nos recuerdan siempre de Di-s y Sus mandamientos”.
Hubo un silencio seguido por un largo “Naah, nos estás contando historietas”.
“Les digo la verdad”, contesté.
“Quiero ver a tu Di-s. ¿Dónde puedo ver a tu Di-s?”
Yo contesté: “Di-s llena el mundo, trasciende el mundo, y continuamente lo crea de nuevo. De hecho, El está creando toda esta escena ahora mismo. Di-s también los está creando a ustedes, pero como han elegido hacer el mal, no son más que un palo en las manos de Di-s”.

El tipo del garrote se alejó, desapareciendo entre las sombras. El otro se me acercó.
“¿A dónde ibas?”, preguntó.
“Estoy tratando de llegar al tren número 2”, dije.
“Hombre, morirás seis veces antes de llegar al número 2. Pero no te preocupes. Yo voy a protegerte”.
Tomando el revólver en su mano izquierda, apoyó su brazo derecho sobre mi hombro y me escoltó al andén.
Al día siguiente conté a Rabí Jacobson lo que me había pasado. Con muy poca presión, me convenció de que dejara mis cámaras, y me mantuvo mientras estudié en la Ieshivá durante los siguientes cuatro años.

por Schneur Zalman Stern

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