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Anticipando el Shabat

Nuestros Jajamim se expresaron elogiosamente hacia aquellos Iehudim que cuidan el Shabat mucho antes de la puesta del sol (el Shabat comienza exactamente con la puesta del sol). Quien lo hace, recibe no sólo la inmensa satisfacción de disfrutar el día Shabat por más tiempo, sino además, innumerables recompensas por parte del cielo.

El siguiente suceso, relatado en primera persona por el Rab Simja Kaplan en el libro “Leshijnó Tidreshú”, es un ejemplo palpable de esto último: Cuando me encontraba cursando mis estudios en la Ieshiba de Mir, me alojé en la casa de una pareja que tenía un hijo único. Un día viernes por la mañana me disponía a ir a la Ieshiba y el dueño de casa también se preparaba para dirigirse al mercado de la ciudad por cuestiones de trabajo. Antes de que éste traspusiera la puerta, escuchó a su esposa que le dijo: -No te olvides que hoy es Ereb Shabat. Regresa temprano.
Pasado apenas el mediodía, luego de haber rezado Minjá en la Ieshiba, llegué a la casa concluyendo mi día de clases. Al entrar, encuentro a la dueña de la casa apostada en la ventana esperando ansiosa a su marido y murmurando:
“¡Dentro de poco es Shabat! ¡Ya va a ser Shabat!”.
No pude ocultar mi extrañeza. Señora: “Aún es temprano”, le observé. “Faltan varias horas para que entre Shabat”.
Luego de mirarme un segundo, me dijo: “Si te cuento lo que nos sucedió en nuestra vida, me comprenderás”.

Comenzó a relatarme que, desde que se habían casado, pasaron largos años sin poder concebir, hasta que después de tantos ruegos Hashem los escuchó y les mandó un hijo. Pero lamentablemente el niño no se desarrollaba normalmente.
La preocupación se centraba en la precaria salud de su único vástago. El doctor de Mir, el pueblo donde vivían, presumía que el niño padecía de un grave mal localizado en su corazón, por lo que recomendó a sus padres que se trasladaran a Vilna, para derivar el caso a un afamado médico que residía en aquella ciudad.

Después de revisarlo, este último facultativo diagnosticó que la enfermedad del niño era tan seria, que le quedaban sólo unos pocos años de vida, con suerte. Al mencionar este pasaje, la mujer no pudo reprimir las lágrimas. “Aquel doctor nos había dicho que nos resignemos y que soportemos la situación esperando el desenlace, porque no había nada que hacer”.
Luego de un profundo suspiro, la mujer continuó: “Salimos del consultorio desesperados y desesperanzados. No sabíamos dónde dirigirnos. A duras penas llegamos a la casa de nuestros ocasionales anfitriones de Vilna, y una vez allí estallé en un llanto, sin poder recibir ningún tipo de explicación ni consuelo. La gente de la casa, al observar ese cuadro tan lamentable, nos señalaron que, en nuestro camino hacia Mir, tendríamos que pasar indefectiblemente por Radín. En ese pueblo vive el Jafez Jaim. ¡Vayan a visitarlo y pedirle un consejo!”, nos recomendaron.

Así lo hicieron. Me contaba la señora que, cuando arribaron a Radín se les vino el alma al suelo, al enterarse que el Jafez Jaim, en virtud de su avanzada edad y debilidad, había cancelado sus entrevistas con el público. Sin tiempo para lamentarse, comprobaron que del cielo le enviaron una invalorable ayuda. El nieto político del Jafez Jaim, que cuando era estudiante de la Ieshiba de Mir se había alojado en la misma casa donde yo estaba, reconoció a sus benefactores y los hizo entrar con el Sadik.
-El Jafez Jaim estaba sentado en su cuarto con un libro de Ezra en sus manos. Nos sentamos frente a él y comenzamos a explicarle nuestro caso. “¿Qué puedo hacer yo?”, preguntó el anciano Rab. “Dinero no tengo para darles. ¿En qué los puedo ayudar?”, agregó.

En ese instante rompí a llorar amargamente, mientras el joven que nos había hecho entrar le decía: “Abuelo.Es el único hijo que tienen”. Cuando me estaba retirando, escuché detrás de mí la tenue voz del Jafez Jaim. “Hija”, me llamó afectuosamente. “Desde hoy en adelante, toma la decisión de recibir el Shabat más temprano que de costumbre”. No entendí muy bien sus palabras. Perdón, ¿a qué se refiere?, le pregunté. El Jafez Jaim me indicó: “Cada Ereb Shabat, desde mucho antes de la puesta del sol, que luzcas en tu mesa el mantel especial para Shabat, y las velas preparadas. Y cuando las enciendas, no hagas más ningún tipo de trabajo. Después veremos”.

La señora siguió contándome que, cuando salió de aquella casa, recibió sobre sí cumplir al pie de la letra lo que el Jafez Jaim le había recomendado. Al poco tiempo el niño empezó a manifestar muestras de clara mejoría, y poco a poco su alimentación y desarrollo no difería de la de los demás niños sanos de la ciudad.
-El médico de nuestro pueblo no podía creer lo que sus ojos veían. Para él era imposible que una cosa así sucediera. Nos proporcionó una suma de dinero y con ella viajamos nuevamente a Vilna, con el objeto de que el otro importante doctor revisara a nuestro hijo. Cuando lo hubo hecho, exclamó: “Ustedes se están burlando de mí. Este no es el niño que yo atendí no hace mucho”. “Doctor”, le respondimos, “es nuestro hijo y no tenemos otro”. El médico volvió a preguntar: “¿Acaso estuvieron en Viena?”. En aquellos días, Viena era la ciudad capital, donde todos acudían para solucionar los casos más graves.
“No”, le repusimos. “No estuvimos en Viena. Estuvimos en Radín, con el Jafez Jaim, y nos indicó qué hacer. El doctor lo pensó un instante y luego declaró: “La ciencia médica puede, a veces, componer lo que existe. Si el corazón no funciona bien, los doctores tratamos de curarlo. ¡Pero el Jafez Jaim, por lo que veo, tiene la propiedad de crear algo de la nada! Porque ahora quiero que sepan que el corazón de su hijo estaba consumido casi totalmente”.

Luego del estremecedor relato, la señora concluyó: “Ahora entenderás por qué, desde que me lo propuse, cada viernes empiezo temprano los preparativos del Shabat. Y es también por eso que estoy ansiosa para que mi marido llegue a casa lo antes posible”.

Moreshet Abot 166

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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