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Amsterdam

UNA HISTORIA BASADA EN PERSONAJES Y SUCESOS VERIDICOS. por Baruj Herzog de “Concord” (Inglaterra)

 

Pasando de los cálidos parques iluminados por el sol al sombrío interior del viejo Tithe Barn, Joe Miller sintió agudamente el cambio de un mundo a otro.
Afuera, familias de domingo-por-la-tarde reían y se relajaban al calor estival; adentro, el atemorizador silencio de la amarga historia.

También la clase escolar de muchachos mayores dirigida por Joe lo debe haber sentido y, por una única vez, no hubo necesidad de controlarlos mientras ingresaban al Museo Ana Frank.

Aunque él había enseñado en el `Jeider‘, la escuela religiosa, desde su conversión al judaísmo hacía siete años, todavía se irritaba ante la falta de disciplina que reinaba entre los niños judíos. Tenía ahora sesenta y tres años, pero seguía dominado todavía por el régimen de hierro que su padre, nacido en Prusia, había impuesto sobre su juventud. Un régimen suave, en comparación con sus recuerdos de visitas a sus abuelos en Alemania.

En 1933 fue llevado a visitar a sus parientes alemanes. Un inmenso entusiasmo flotaba en el aire. El sol brillaba, las banderas flameaban, y la gente desfilaba en espléndidos uniformes marrones. Demasiado joven como para comprender la desesperada ilusión de que no habría más hambre, Joe no podría haber previsto las últimas implicancias de este `Nuevo Orden’.
Tenía apenas seis años.
Las dos clases escolares se arremolinaban con cierta incertidumbre en la antesala del museo.
“¡Joe!”, llamó el director por sobre las cabezas de la clase. “¿Están todos tus muchachos aquí?”
“Todos están aquí”, asintió Joe con la cabeza.
“¿Se están portando bien?”
“No está mal, siquiera por una vez. Creo que tratan de confundirme”.
“¡Oh, señor, eso no es justo!”, resonó un coro de quejas.
“¡Nosotros somos sus pequeños ángeles!”, agregó Danny Glass tímidamente.
Se portaban bien, y era lógico que lo hicieran, ya que no había una sola familia en todo el jéider que no hubiera perdido por lo menos un pariente en las chimeneas de Auschwitz, Belzec o Treblinka.
No había pasado mucho tiempo desde el Holocausto, y ahora estos niños de once y doce años estaban por pasar una hora o más, cara a cara con el horrendo e inexorable fin sufrido por sus propios abuelos, tíos y tías.
Aaron Freed había asumido la dirección del jéider hacía unos tres años, y él y Joe habían sentido inmediatamente cierta afinidad mutua. Esta afinidad había madurado hasta convertirse en respecto, luego en confianza, y, finalmente, en aquel tipo de amistad que prometía perdurar muchos años.
No es que se vieran mucho.
No había necesidad; cada uno sabía que el otro estaba allí, y que podía confiarse en él.
Joe respetaba la erudición de Aaron, su fiel apego a la Torá, y su compromiso por educar a los niños en las sendas de sus antepasados, en el `amor al Idishkeit’, como habría dicho.
Aaron, por su parte, respetaba a Joe, un hombre que había servido a su Di-s a su modo durante años en las más remotas partes del mundo y había sido Capellán del Ejército Británico con grandes honores, sólo para luego ceder su rango, su aceptación y su medio de subsistencia a fin de abrazar la fe del pueblo judío.
Por supuesto, había carecido de una niñez judía. No podría ser de otra manera. El no podía `pensar en hebreo’; después de todo, no había comenzado a aprender la lengua sino hasta llegar a sus cincuenta. No era ningún gran erudito Talmúdico. ¿Cómo podría serlo?
Pero Joe sabía controlar a los difíciles muchachos que provenían de hogares que se habían vuelto totalmente seculares. Podía ganar su confianza y posición como una declaración tangible de que valía la pena sacrificar algo para seguir la senda judía.

Aaron Freed entremezcló ahora a los muchachos en algún tipo de orden alrededor de la primera muestra, y comenzó a hablar.
Habló acerca de la comunidad judía de Amsterdam antes de la Segunda Guerra Mundial, y señaló las fotografías de la sinagoga donde rezaba la familia Frank. Siguió con las escenas de la vida callejera, fotografías de ricos mercaderes de diamantes y pobres mendigos y vendedores ambulantes intentando desesperadamente ganarse un florín. Luego, un dibujo de esos mismos mercaderes y mendigos rezando lado a lado en el minián sinagogal de la mañana.

Siguieron hacia el brote de la guerra. Considerable interés se mostró en el bombardeo de Rotterdam, pero cierta cautela se apoderó de ellos a la vista de las tropas alemanas marchando hacia ella para asumir la ocupación. La cautela fue reemplazada por solemnidad cuando comenzó la concentración de los judíos.
Joe se volvió a David Silver, quien había tomado posición a su lado.
“¿Perdiste a alguien en el Holocausto?”, preguntó en voz baja para evitar interrumpir al director.
“Oh, no”, contestó David, “fuimos muy afortunados. Papá perdió un tío, algunas tías y un par de primos, pero eso fue todo”.
Joe había oído tan frecuentemente esta trágica respuesta a sus preguntas, que ya no le resultaba nada nuevo. Pero nunca dejó de deprimirlo hondamente.

Resultaba macabro pensar que cualquier pueblo pudiera infligir semejante sufrimiento y degradación a otro. Era casi imposible no rechazar la realidad de que su nación había sido instrumental para semejantes crímenes.
Se aferró al hecho de que los polacos y los austríacos tenían peores anales de antisemitismo que los alemanes, y de que Hitler mismo era austríaco y no alemán; pero no era un antídoto convincente contra la vergüenza de toda la cuestión.
Al menos su familia no había estado involucrada directamente. Ellos eran en su mayoría médicos, pastores luteranos, abogados; hombres de paz y, aunque obsesionadamente disciplinados, benévolos, gente bondadosa que, no cabía duda alguna, había, de vez en cuando, protegido a sus vecinos judíos a riesgo de sus propias vidas. Así era su familia.
El grupo continuó.

Ahora llegaron a la construcción del refugio secreto en el que la familia Frank habría de vivir tanto tiempo. Lo compartieron con otra familia, los Van Daans, y las tensiones de vivir en este ghetto en miniatura mes tras mes llegó a ser intolerable.
Su ghetto los protegió del mundo exterior; pero era una prisión para protegerlos de la captura, una celda para salvarlos de los campos de concentración.
¿Qué pecado podría haber cometido cualquier humano para merecer semejante penitencia? ¿Qué podría haber hecho una pequeña niña?
Ella era judía. Era suficiente.
Era suficiente para desatar la cólera de una nación entera sobre ella, la cólera de cada nación sobre la tierra. Al menos, si no era la furia activa del mundo entero, lo mejor que podría decirse era que aun la más benigna entre las naciones fue sobresalientemente indiferente al destino de ella, y al destino de millones de su pueblo.
El joven Silver se volvió a Joe.
“Señor”, cuchicheó, “espero que no te moleste que te lo pregunte… tú sabes… tú, siendo… bien, tú sabes… ¿Por qué a los no-judíos les gusta el antisemitismo?”
Miller bajó los ojos.
En otro momento, quizás en clase cuando estaban siendo desesperadamente revoltosos, se hubiera sentido tentado a responder que eran totalmente ingobernables. En este sitio, no había lugar para respuestas ingeniosas, para agudezas. Simplemente sacudió la cabeza y dijo:
“Francamente, no lo sé. Quizás inconscientemente algunos de ellos odien a Di-s, y lo descarguen sobre nosotros porque estamos asociados a El en sus mentes“.

Las tropas invadieron el edificio en que se ocultaban los Frank. La Gestapo anduvo curioseando, pero el pequeño grupo de Ana siguió sin ser descubierto.
Después de años de estar apiñados en un pequeño cuarto, y tan cerca del final de la guerra y la salvación, llegó la traición.
Otra incursión. Botas poderosas. Rifles. El arresto. Camiones de transporte de ganado. Los campos. Auschwitz. Bergen Belsen. Hambre. Enfermedad. Tifus. Su hermana murió primero. Ana cejó en la pelea. La muerte.
“El último cuadro es el de la familia que traicionó a los Frank”. La voz de Aaron atravesó los pensamientos de Joe.
“Los Muller vivieron en Prusia Oriental y uno, un abogado con el nombre de Wolfgang, estaba a cargo de la administración de la Holanda ocupada. Era un gran lingüista, tenía un carácter encantador, y se ganó la confianza de un número de importantes ciudadanos holandeses. Uno de estos, por accidente, dijo algo que puso a Wolfgang Muller sobre la pista de los Frank. Este alertó a la Gestapo, y los Frank estaban condenados.
“Aquí, pueden ver la mirada sobre los rostros, incluso del niño más joven. Esta misma familia traicionó a mis propios padres y abuelos. Murieron en Auschwitz”.
Joe se abrió paso hacia un lugar desde el cual pudiera ver la fotografía enormemente ampliada.
Primero se sintió confundido.
Había algo extraño en el cuadro.
Entonces se detuvo petrificado y una viscosa mortaja de horror lo envolvió.
Allí estaban Vater (papá) Muller y Mutter (mamá) Muller, tal como él mismo los recordaba. También su tía y su madre estaban allí. Y Friedrich-Emst, quien no había vuelto del frente ruso. También su hermano, vestido con el uniforme de la Hitler Jugend, la Juventud Hitleriana. El niño más joven en la fotografía estaba vestido con una camisa blanca y cortos pantalones azul marino, con un gorro marinero.
Joe sintió nauseas mientras se vio a sí mismo parado orgullosamente en posición de saludo militar sosteniendo una bandera con la svástica en su mano.
Tenía apenas seis años.



(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

Baruj Herzog

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