Notas destacadas
Notas (110-120)
+100%-

Amo de la adversidad

“Hola, Jaím, como estás? ¿Cómo te trata la vida?”
“¿Vida? ¿Quién tiene tiempo para la vida? ¡Dos de mis niños están enfermos, mi cuenta bancaria está sobregirada, y mi automóvil no quiso arrancar esta mañana! ¿Y tú me preguntas `cómo me trata la vida’? ¡Llámame mañana, quizá entonces tenga tiempo para la vida!”

Durante estos últimos meses mi familia pasó por momentos muy duros. Dinero. Pérdidas. Enfermedad. Una cosa encima de la otra.
Mi cuñada llamó poco después y le dijo a mi esposa: “Tú y Moshé deben ser, ahora, Amos de la Adversidad.
A mi cuñada, la adversidad que mi familia había experimentado le pareció abrumadora. Puesta que la hemos sobrevivido, ella creyó que la habíamos dominado.
Pero lo que dijo simplemente no sonaba correcto. Yo no sentía que hubiera dominado nada.
Pensé en lo que me había dicho. Ser amo de algo significa ser capaz de controlarlo, superarlo o derrotarlo.
Sin embargo, cuando la adversidad me golpea, rara vez puedo controlarla; no puedo hacerlo con su resultado ni con el shock y la consternación que provoca. Un incidente terrible no parece prepararme para el próximo. El Todopoderoso es el supremo novelista, y siempre se las ingenia para aparecer con un nuevo plan, un nuevo capítulo en la historia que se va desarrollando, y un fin sorprendente.

Cada enfermedad, crisis o pérdida me llena de nuevo de tristeza, miedo y preocupación. Y aunque sé que un benévolo Di-s rige el universo y todas las cosas que hay en él, y que aun lo malo tiene oculto un bien, esto no reduce la intensidad de lo que experimento.
Gam zu letová (“también esto es bueno”), puede ser genuino para alguna gente, pero para mí es más una meta a lograr que una realidad con la que vivo. Y cuando digo “todo es para bien” pero no lo hago con sinceridad, la depresión de mis ojos, mi voz monótona, mi caminar indiferente, y todo lo demás en mí expresa el verdadero Yo. Pienso que es mejor llamar al pan pan y al vino vino — y a la adversidad, adversidad.

La gente parece tratar con la adversidad en una variedad de maneras. Algunos se vuelven sus víctimas. Lloriquean y se quejan mucho. Frecuentemente dicen cosas tales como: “¿Por qué siempre me suceden a mí estas cosas?” Y si la dificultad está sucediendo a su hijo o a su cónyuge, siempre suena como si sucedería a ellos — ellos y su miseria son las estrellas del espectáculo. Se sienten inútiles para cambiar cualquier cosa, y cuando invocan la ayuda de Di-s, hay un filo de resentimiento: “De acuerdo, Tú has traído esto sobre mí. Ahora puedes llevártelo”.

Ellos soportan. Pueden castañear sus dientes, tensionar sus músculos, dejar caer sus hombros y arrastrar sus pies. Pueden esperar que todo se vaya para que puedan retomar sus “vidas normales” (a menos de que, por supuesto, la vida normal para ellos sea el interminable sufrimiento y la constante pugna por sobrevivir los abrumadores desafíos de la vida).

O bien pueden salir a la guerra, peleando con todos y con todo con enfado y despecho. Están furiosos por lo que les sucede, y resueltos a que todos lo sepan todo el tiempo. Su consternación les da la licencia para pensar solamente en sí mismos.

Por otra parte, hay gente que se vuelve compinche de su adversidad; ellos acompañan sus percances con la misma energía y compromiso como lo hacen con los más placenteros aspectos de su vida. Ni se resisten ni aguantan pasivamente las vicisitudes que la vida les depara. Aceptan todo tal como viene, y no buscan huir. Renuncian a cualquier expectativa de que la vida debería ofrecerles algo distinto a lo que se ha puesto en su plato en el momento. Saltan adentro con ambos pies. Están abiertos a milagros, pero no los esperan pasivamente. Piden ayuda a Di-s, pero aceptan el desafío que El les ha presentado. Sus ojos pueden estar llenos de tristeza, fortaleza o indignación, pero no embotados; su voz puede temblar, sacudirse o gritar, pero no es monótona; más que indiferentes, caminan con paso firme y marcha con fin determinado.

Dos conocidos míos tuvieron recientemente problemas con sus niños en la escuela. El de una de ellos fue físicamente disciplinado por un maestro. El otro tenía un hijo que andaba mal en la clase y culpaba al maestro.
Cuando hablé con el segundo de ellos, su voz estaba cargada de lamentos y quejas. Yo no podía determinar quién fracasaba, si él o su hijo; cuál de ellos estaba siendo más victima. Mi amigo se quejó amargamente sobre el maestro y el “sistema”.
“Todo es demasiado grande como para que yo pelee”, lloriqueó. “Estas escuelas no escuchan a nadie, simplemente defienden a sus maestros y eso es todo. Dije a mi hijo que simplemente tendrá que soportarlo hasta el próximo año y esperar que las cosas mejoren con un nuevo maestro. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puede hacer él? Nosotros somos apenas peones en el sistema, a nadie le importa de nosotros y de nuestros problemas. Es mejor que sencillamente guarde silencio y no levante polvareda. Y, encima de todo, mi hija mayor justo se cayó y torció su tobillo y tengo que llevarla al hospital para hacer radiografías. No puedo comprender por qué me suceden estas cosas. Tendré suerte si logro pasar todo esto sin volverme loco. Pero Di-s ayudará”.

El otro, una madre americana cuyo hijo fue golpeado en la escuela, respondido de manera diferente.
“Después de pasar horas hablando con mi hijo, fui y hablé con el maestro”, dijo. “Al principio no iba a hacerlo, estaba demasiado enojada. Pero entonces pensé que tenía que oír su lado antes de ir al director. Era lo justo. Le conté cuán asustado estaba mi hijo de él, y cómo mi hijo y yo, ambos, necesitábamos que el aula fuera un lugar seguro. El maestro estaba a la defensiva, pero controlé mi enfado y no discutí. Continué diciéndole cuán asustado estaba mi hijo y cuán trastornada estaba yo.
“Llamé al director y fijé una reunión. Antes de ir, busqué qué decía la ley sobre disciplinar físicamente a los niños. Luego obtuve en el Departamento de Educación los nombres de otros a quienes podría recurrir si no me sentía satisfecha por el director. Pensé que podría usar esta táctica en la reunión, de ser necesario.
“Antes de ir a la reunión, recé a Di-s pidiendo la fortaleza y el coraje que necesitaría frente al grupo de administradores de la escuela que estaría allí. Siempre me siento tan intimidada por estas situaciones y comúnmente no salgo airosa en los enfrentamientos. Recé por que El me diera sabiduría para saber cómo tratar con la situación.
“Me asombré de cuán bien me fue en la reunión. Hasta les dije que retendría a mi hijo en casa sin asistir a la escuela hasta que la situación se resolviera. Sabía que esto mantendría alta la presión. ¿Sabes? ¡No sabía que tuviera esa fuerza!
“Lo cómico es que camino a casa de la reunión comencé a sentirme realmente mal por el maestro. No es una mala persona; simplemente no puede controlar su enfado con los niños y no parece tener el entrenamiento para saber cómo disciplinar a sus alumnos sin violencia.
“Ahora espero tener la sabiduría para ayudar a mi hijo a tratar con su miedo sobre la escuela”.
Entonces se apuró a terminar la conversación telefónica: “Mira, me tengo que ir. Tengo una reunión de planificación para el evento del lunes y hay algunos problemas con el hotel. He temido esta reunión, pero según me siento ahora estoy lista para cualquier cosa. Gam zu letová“.

Mi conocida se volvió una compañera de la adversidad, ni resistiendo, ni soportando estoicamente sus dificultades. Ella trajo a luz todos sus recursos interiores para soportar, e inevitablemente descubrió recursos que nunca sabía poseer.
Ella era demasiada vivaz como para lloriquear, demasiado comprometida como para deprimirse. En medio de su privación, encontró lugar para la compasión, incluso para el maestro que había lastimado a su hijo. Estaba dispuesta a cambiar y a crecer. Su fe y optimismo aumentó con cada desafío encarado.

Mi propio combate con la adversidad involucró a un hijo con un serio problema médico. Para mí, esto significó estudiar y aprender sobre la enfermedad y cada curación posible para ésta. Buscar el mejor médico y luego otro para una segunda opinión. Reunir todo mi coraje y determinación para enfrentar un establishment médico en el que he llegado a desconfiar y que todavía me intimida. Significó estar con mi hijo enfermo. Escuchar su dolor y miedos. Reconfortarlo. No proyectar mi preocupación en su pequeño ser. Significó compartir el dolor y la responsabilidad con mi esposa. Y significó volverme a Di-s con una urgencia que jamás antes había conocido. Consulté a mi Rav y recé intensamente. Gracias a Di-s, muchas de mis plegarias fueron respondidas.

Durante estos tiempos difíciles, me sentí compañero no solamente de mi adversidad, sino también de Di-s. Clamé a El y recibí Su bendición e intervención. Le recé con la plenitud de mi ser, quienquiera yo honestamente era en cualquier momento. Lo llamé en la congoja, en el enfado, en la desesperación. Le recé, supliqué, negocié con El. Me volví a El y le pedí todo lo que necesitaba: fortaleza para continuar. Paciencia con mis hijos. Sabiduría para tratar la situación.

Hoy, en respuesta a mi cuñada, diría que sí hay un amo de la adversidad, pero que no es ni yo ni mi esposa. El único Amo de la Adversidad es Di-s, Quien trae toda las cosas a ser y Quien lo hace sólo para bien. Algo del bien es y perdura oculto, pero mucho del bien emerge de todas mis experiencias si estoy dispuesto a estar abierto a ellas, más que pelearlas. Si estoy dispuesto a renunciar a mis expectativas de qué debería ser, y abrazar lo que es. Si recuerdo que lo mejor de lo que soy surge frecuentemente en el crisol de la vida.

Hacia el fin de este período de adversidad, finalmente fui capaz de decir “Gam zu letová” de las profundidades de mi corazón. Pero sé que mi próximo encuentro con la adversidad tiene el poder de llevarme nuevamente a los límites de mis propios recursos personales y de mi fe, y una vez más necesitaré renovar mi compañerismo con Di-s, el Amo de la Adversidad… y de todas las cosas.

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar)

 

Moshé Litvin

1 comentario
  1. Reinaldo Esparza Pic

    Hombre Rabi e leido su articulo, los seres humanos no nos gusta sufrir y estar en escases. Si en ocultamiento sufrimiento hay una bendicion esta bien. E aprendido aceptar la adversidad. Siempre e confiado en Di-s. Toda raba.

    20/07/2016 a las 08:49

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top