Energía de los meses
La energía del mes de Tevet
La energia del mes de Tevet/Capricornio
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4) ¿Luminoso o peligroso?

Extraído de «El calendario cabalístico» de Ben Itzjak. Editorial Edaf. Este libro pertenece a la colección del Club Hebreo del Libro

[..]un punto que llama especialmente la atención es la fecha de comienzo de la festividad de Janucá: el veinticinco de kislev. […] el Maharal de Praga enseña que tomando en cuenta la relación de la luz con la oscuridad, podemos determinar cuatro momentos particulares en el año: un momento en el que la oscuridad alcanza su punto máximo y la luz el mínimo; un momento en el que la luz alcanza su punto máximo y la oscuridad el punto mínimo, y dos momentos en el que se equiparan los niveles de luz y de oscuridad. Ahora bien: considerando que de acuerdo a la Sabiduría de la Torá el mundo fue creado el día veinticinco del mes de elul, el punto en el que la luz alcanza su punto más bajo es el veinticinco de kislev. De ahí en adelante la luz comienza a retomar su fuerza y a ganarle terreno a la oscuridad.

El veinticinco de kislev, día en el que celebramos Janucá encendiendo la primera de las ocho velas de la festividad, es el momento del año en el que la luz en el mundo recupera su fuerza ascendente y comienza a superar la sombra. Y nosotros acompañamos este proceso natural incrementando luz en cada hogar.
Y entonces, si asociamos al mes de kislev con el incremento de la luz, la lógica indica que el mes que lo sigue, tevet, debería presentarse como la continuidad positiva de este proceso de luminosidad ascendente. Sin embargo, los sabios aprehenden a tevet como un mes espiritualmente peligroso, el cual debe ser habitado con muchísimo cuidado y precaución.
¿Cómo puede ser? ¿Cuál es la razón de esta definición tan opuesta a nuestra lógica elemental? ¿Acaso diremos que el ascenso de luz que comienza el 25 de kislev se interrumpe debido a alguna causa o motivo?
A lo largo de estas páginas intentaremos explicarlo.

Tres etapas de madurez

De un modo muy general podemos determinar que existen tres etapas en el proceso de maduración personal, las cuales se relacionan con tres modos de captar la realidad.
La menos desarrollada es la tendencia a categorizar todo lo que nos rodea en sus puntos extremos. ¿Qué significa? Los colores son blancos o negros y las personas bondadosas o malvadas. El hombre que no ha trabajado sobre su persona tiende a simplificar los hechos asumiendo casi automáticamente una actitud infantil y maniquea. Además, estos juicios extremos suelen intercambiarse con una frecuencia asombrosa: a la mañana lo amo y a la tarde lo odio; ayer era un verdadero genio, y hoy un completo inútil. No obstante, el pasar de los años y la experiencia nos llevan a sospechar que la realidad es un tanto más compleja.

La etapa inmediatamente posterior incluye un repertorio de colores en sus diversas gamas y matices. Y aunque nos cueste aceptarlo, llegamos a la conclusión que una persona buena posee a su vez características negativas, y que un hombre que detestamos suele tomar actitudes positivas en varios campos de su vida. Ya no todo se presenta ante nuestros ojos como extremo y exagerado sino que también resaltan los puntos intermedios.
La tercera etapa de madurez, la más elevada, la más sabia, la más difícil de alcanzar e interiorizar, es la que nos permite entender que lo mismo que se presenta como bueno y excelso, en determinada circunstancia o momento puede ser lo que nos conduce directamente al precipicio.
Y este tercer nivel debe ser entendido de dos modos:

Lo bueno, cuando se presenta desproporcionado, suele transformarse en dañino.
Lo bueno, precisamente por el hecho de serlo, incluye riesgos y responsabilidades obligatorias.

Esto último explica, por ejemplo, que el mismo Paraíso bíblico, creado con todos los bienes y placeres adaptados al ser humano, termina por ser el escenario de la caída más drástica del hombre. O que el momento mismo de la entrega de la Torá en el monte de Sinaí, el acontecimiento más aguardado y anhelado por un pueblo sufrido y martirizado, se transforma al fin en el motivo de la construcción del becerro de oro.
El momento culmine esconde en sus entrañas la puerta de entrada al Infierno.

Los sabios nos enseñan que en tres lugares se encuentran las puertas del Infierno: el mar, el desierto y Jerusalén. ¿Qué significa esto? Cabe entender que el mar, en muchos casos, para viajeros y navegantes, puede convertirse en un lugar sumamente peligroso y asesino. También es comprensible suponer que el desierto, debido a sus características, acostumbra cobrarse muchas vidas. Mas asociar a Jerusalén con una puerta al Infierno resulta verdaderamente extraño. No obstante la respuesta se relaciona con el punto que intentamos aclarar: precisamente debido al nivel espiritual y energético de Jerusalén, y porque allí puede lograrse el máximo ascenso, también entonces en el mismo sitio puede el hombre descender hasta las profundidades más oscuras e insondables.
Tomemos un ejemplo tan simple como ilustrativo.

Cuando una persona se encuentra aprendiendo a conducir, normalmente lo hace a una velocidad más reducida que los demás automovilistas. Todos conocen la sensación de ver como los demás autos lo superan como si estuviera prácticamente parado en el lugar. En este caso, la precaución extrema sirve para un caso inesperado que obligue a frenar de golpe o a mover el volante de un modo brusco. Mas a esta velocidad mínima, si se desvía el volante no sucede absolutamente nada: el auto no perderá estabilidad y tampoco el conductor correrá peligro. E inclusive en el peor de los casos, el de colisión, tampoco el perjudicado correrá riesgos exagerados.
Por el contrario, el conductor veloz, aquel que atraviesa la ciudad como si se tratase de una pista de carreras, y a pesar de sus años de manejo y experiencia, en caso de un imprevisto movimiento de volante puede llegar a desestabilizarse y volcar arrojando drásticas y penosas consecuencias.
Es la misma velocidad la que puede provocar el desastre. Y si bien en la mayoría de los casos la velocidad es preferible a la lentitud, no se debe olvidar que la misma, al ser peligrosa y arriesgada, requiere de un alto grado de sapiencia y responsabilidad.

Analicemos ahora dos ejemplos bíblicos.
Tal vez Abraham sea uno de los ejemplos de mayor cambio y renovación. Siguiendo el mandato divino abandona su familia, su tierra y su país, y se lanza a recorrer un camino desconocido de crecimiento y desafío espiritual. Rechaza por completo los ídolos de su padre y logra al fin el monoteísmo más refinado y puro, el mismo que le otorgaría el excelso «título» de primer patriarca del pueblo de Israel. En pocas palabras, Abraham bien puede ser definido como un gigante espiritual.

Y en base a la maravillosa historia personal del primer patriarca cabe suponer que Abraham podía sentirse tranquilo y seguro ya que Dios, el mismo a quien siguió y obedeció hasta las últimas consecuencias, habría de protegerlo en toda situación. Correcto, pero incompleto, ya que precisamente ahora el nivel de Abraham lo obliga a un comportamiento extraordinario. Ya no es un desconocido ni tampoco uno más del montón: ahora es padre y líder de multitudes. El mundo y Dios lo observan, y es modelo espiritual de millones.
Sin embargo…

Después de estos hechos, la palabra de El Eterno le llegó a Abram en una visión, diciendo: «No temas, Abram, Yo soy un escudo para ti; tu recompensa es muy grande».
Y dijo Abram: «Señor mío, El Eterno: ¿Qué puedes darme, si yo no tengo hijos y el encargado de mi casa es Eliezer, el damasceno?».
Y la palabra de El Eterno llegó a él, diciendo: «No te heredará él. únicamente aquel que saldrá de tus entrañas te heredará»…Y él tuvo certeza en El Eterno, y él se lo tuvo en cuenta como rectitud.
él le dijo: «Yo soy El Eterno, Quien te sacó de Un Kasdim para darte esta tierra para que la heredes».
él (Abraham) dijo: «Señor mío, El Eterno: ¿Cómo sabré que he de heredarla?»…
Y él le dijo a Abram: «Sabrás con certeza que tus descendientes serán extraños en una tierra que no es la suya y los esclavizarán y los afligirán cuatrocientos años».
(Génesis 15)

Cuando Abraham simplemente consulta acerca de cómo ha de saber que realmente heredará la tierra de Israel, el castigo que recibe es extremadamente severo. El Talmud explica que debido a la «duda» de Abraham (la cual es tan ínfima que nosotros no podemos comprender) su descendencia debió ser esclavizada en Egipto.
Y si bien se trata de un tema muy extenso que trasciende el límite de nuestro estudio, lo que es absolutamente evidente es que apenas Abraham mueve «el volante», aunque tan solo sea de un modo imperceptible para el común de la gente, su «auto» entonces se desvía del camino divino.

Lo mismo se aplica al máximo líder de Israel, Moisés, que tras haberse entregado por completo a la misión impuesta por Dios, y a pesar de haber sufrido la terquedad permanente de un pueblo rebelde, por el simple hecho de pegarle a la piedra en lugar de hablarle, se le prohíbe la entrada a su amada tierra de Israel.

El Eterno habló a Moisés, diciendo: «Toma la vara y reúne a la asamblea; tú y Aarón, tu hermano, y háblale a la roca ante sus ojos para que dé su agua. Sacaréis para ellos agua de la roca y daréis de beber a la asamblea y a sus animales».
Moisés tomó la vara de ante El Eterno, tal como él le había ordenado. Moisés y Aarón reunieron a la congregación ante la roca y le dijeron: «Escuchad ahora, oh rebeldes, ¿sacaremos agua para vosotros de esta roca?». Entonces Moisés alzó su brazo y golpeó la roca con su vara, dos veces; surgió agua en abundancia y bebieron la asamblea y sus animales.
El Eterno les dijo a Moisés y a Aarón: «Porque no creísteis en Mí para santificarme a los ojos de los Hijos de Israel, por eso no traeréis a esta congregación a la Tierra que le he dado».
(Números 20)

Y es precisamente debido al nivel espiritual de Moisés que el más mínimo detalle no pasa inadvertido en su comportamiento.

En resumen: todo lo aprendido explica con absoluta claridad por qué el mes de tevet, el mismo que la lógica indica que debería tratarse de un tiempo de incremento de luz, es aprehendido por los sabios como un tiempo peligroso.
Es la luz de este mes, la que comienza a fortalecerse a partir del veinticinco de kislev, precisamente ella, la que genera un tiempo difícil e inseguro.

Daniel Ben Itzjak

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