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15 de Shvat: De Árboles y Hombres

Basado en Igrot Kodesh, Vol. I, págs. 247-250 [2]

«El hombre es un árbol del campo»[1], y el calendario judío reserva
un día cada año -el «Año Nuevo para los árboles», el 15 de Shvat- para que meditemos acerca de nuestra afinidad con nuestra parábola botánica y qué puede enseñarnos acerca de nuestras propias vidas.

Los componentes primarios del Arbol son: las raíces, que lo anclan al suelo y lo abastecen de agua y otros alimentos; el tronco, ramas y hojas que comprenden su cuerpo; y la fruta, que contiene las semillas a través de las cuales el Arbol se reproduce a sí mismo.
La vida espiritual del hombre también incluye raíces, un cuerpo, y frutos. Las raíces representan la fe, nuestra fuente de nutrición y perseverancia. El tronco, las ramas y las hojas son el «cuerpo» de nuestras vidas espirituales: nuestro logros intelectuales, emocionales y prácticos. La fruta es nuestro poder espiritual de procreación, el poder de influir en otros, de plantar una semilla en un semejante humano y verlo brotar, crecer y producir frutos.

Raíces

Las raíces son la parte menos «encantadora» del Arbol, y la más crucial. Sepultadas bajo la tierra, virtualmente invisibles, no poseen la majestad del cuerpo del Arbol, el colorido de sus ramas, ni el sabor de su fruto. Pero sin raíces, el Arbol no puede sobrevivir.
Además, las raíces deben seguir el ritmo del cuerpo: si el tronco y las ramas crecen y se esparcen sin un aumento proporcional en sus raíces, el Arbol se derrumbará bajo su propio peso. Por otra parte, una profusión de raíces hace un Arbol más fuerte, más saludable, aun cuando tiene un tronco magro y pocas ramas, hojas y frutos. Y si las raíces son buenas, el Arbol se rejuvenecerá a sí mismo si su cuerpo es dañado o sus ramas podadas.

La fe es la menos hechizante de nuestras facultades espirituales.
Caracterizada por una «simple» convicción y compromiso a la propia Fuente de uno, carece de la sofisticación del intelecto, el vívido color de las emociones, o el sentido de satisfacción que deviene de la acción. Y la fe está sepultada subterráneamente, su genuino alcance oculto a los demás e incluso a nosotros mismos.

Sin embargo, nuestra fe, nuestro compromiso supra-racional a Di-s, es el fundamento de todo nuestro «Arbol». De ella surge el tronco de nuestra comprensión, de donde se ramifican nuestros sentimientos, motivaciones y actos. Y mientras el cuerpo del Arbol también provee cierta nutrición espiritual (por medio de sus «hojas»), el grueso de nuestro sustento espiritual deriva de sus raíces, de nuestra fe en, y compromiso hacia, nuestro Creador.

Un alma podrá hacer crecer un tronco majestuoso, ramas numerosas que se extienden ampliamente, hojas hermosas y fruta gratificante. Pero estos deben igualarse, de hecho superarse, por sus «raíces». Por encima de la superficie, podríamos percibir mucha sabiduría, profundidad de sentimientos, abundante experiencia, logro copioso y muchos discípulos; pero si estos no están conectados al suelo ni vitalizados por una profundidad aún mayor de fe y compromiso, es un Arbol sin fundamento, un Arbol condenado a derrumbarse bajo su propio peso.

Por otra parte, una vida podría estar bendecida con apenas conocimiento escaso, sentimiento y experimenta reducidos, logro exiguo y poca «fruta». Pero si sus «raíces» son extensivas y profundas, es un Arbol saludable: un Arbol en plena posesión de lo que sí tiene; un Arbol con la capacidad de recuperarse de los errores de la vida; un Arbol con el potencial de eventualmente crecer y desarrollarse en uno más excelso, más hermoso y fructífero.

Fruta

El Arbol desea reproducirse, esparcir sus semillas a lo lejos para que éstas echen raíces en lugares distantes y diversos. Pero el alcance del Arbol se limita al alcance de sus propias ramas. Debe buscar, por lo tanto, otros «transportadores» más móviles para sus semillas.

De modo que el Arbol produce frutas, en las que sus semillas están envueltas por deliciosas y coloridas fibras y jugos de dulce aroma. Las semillas mismas no despertarán el interés de animales y hombres; pero con su atractivo «packaging», no escasean los clientes que, luego de consumir la fruta externa, depositarán las semillas en aquellos lugares distantes y diversos donde el Arbol desea plantar sus semillas.

Cuando nos comunicamos con otros, empleamos muchos dispositivos para hacer atractivo nuestro mensaje. Lo fortalecemos con sofisticación intelectual, lo sumergimos en salsa emocional, lo vestimos en imágenes y palabras coloridas. Pero debemos tener presente que éste es sólo el envoltorio, la «fruta» que contiene la semilla. La semilla misma es esencialmente insabora; la única manera con que podemos incidir verdaderamente sobre los demás es transmitiendo nuestra propia fe simple en lo que les estamos diciendo, nuestro propio compromiso simple con lo que estamos exponiendo.

Si la semilla está allá, nuestro mensaje echará raíces en sus mentes y corazones, y nuestra propia visión se injertará en la suya. Pero si no hay semilla, no habrá progenie en nuestro esfuerzo, no importa cuán sabrosa nuestra fruta pudiera ser.
Basado en Igrot Kodesh, Vol. I, págs. 247-250 [2]

Notas:
1. Deuteronomio 20:19.
2. Existen dos versiones de esta carta: un borrador de puño y letra del Rebe, y una copia de la carta tal como se enviá, que incluye solamente algunos de los puntos contenidos en la primera versión.

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