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13) Dáat, la búsqueda del centro

Adaptado de material de clases de Ben Itzjak por ruthshira@tora.org.ar

El hombre tiene, por definición, una tremenda necesidad de entender. Pero existe una contradicción entre nuestra extrema necesidad de entender y lo que pasa a nuestro alrededor: en el mundo, en la historia… En pocas palabras: ¿por qué pasa lo que pasa? ¿Verdaderamente logramos entendernos a nosotros mismos, al prójimo, etc.? Y más aun: ¿qué es lo que nosotros realmente hacemos para entender? Intentemos definir esta notable contradicción: nuestro desarrollo, por ahora llamémoslo mental o analítico, suele ser mínimo, y, por consiguiente, como nuestra capacidad de analizar la compleja realidad es mínima, nos resulta imposible llegar a definir lo que podríamos llamar como verdadero.

Nuestra necesidad de entender también podría ser considerada como la imperiosa necesidad de saber qué es lo correcto, qué es lo que esencialmente deberíamos hacer, para qué estamos aquí, qué es lo que hemos venido a hacer al mundo, qué es lo que Di’s quiere de nosotros.
Por otro lado, estamos todo el tiempo experimentando, dejándonos guiar por la intuición, por nuestras voluntades aprendidas.
Cuando yo puedo decir con absoluta certeza: esto es lo correcto y esto es lo que debo hacer, es porque el proceso en proceso de análisis he superado al “yo pienso”, al “yo creo”, al “me parece” y al “me gusta..”. Digamos que he ejercido una energía mental que me ha llevado a una conclusión clara y objetiva y, en consecuencia, puedo decir esto es lo correcto y es lo que yo debo hacer sin lugar a dudas.

Sufrimos mucho por nuestra incapacidad de entender y se nos va la vida en esto: porque cuando no entendemos estamos picoteando acá y allá, probando, cambiando, frustrándonos.
Y, además, únicamente cuando el hombre está en lo correcto, en su verdad, en su lugar, en su espacio y en su tiempo, recibe ayuda de los Cielos. ¡Ahí todo funciona! En cambio, cuando se corre de un lugar a otro, cuando la brújula interna se ha extraviado, nada funciona. Vamos en contra de la corriente, chocamos contra muros espirituales, energéticos; nos vamos cayendo, nos tropezamos porque no es lo nuestro, no tenemos que estar ahí. Más cuidado: no actuamos de este modo porque somos mala gente sino porque simplemente no sabemos cómo hacerlo diferente, no hemos podido escudriñar de un modo suficiente el por qué de todo lo que pasa a nuestro alrededor.

En el pensamiento de Torá, esta energía o esta llave para entender es llamada: Dáat (dalet, ain, tav).
El Dáat es una fuerza mental que la mayoría de nosotros no utilizamos porque no hemos sido educados para utilizarla y porque ser autodidacta en este campo es casi imposible.

El Dáat es lo único que nos puede sacar del “yo pienso que”, “yo siento que”, “yo creo”, “me parece” en el que nosotros vivimos, de esa sopa de sentimientos, intuiciones y gustos en la que intentamos estar con nuestro cuello fuera para poder seguir sobreviviendo.

En los textos místicos de Israel, la esencia de Moisés está asociada con el nivel del Dáat. No resulta curioso entonces que en el camino desde Egipto al Sinaí, de la esclavitud a la Torá, Moisés haya debido enfrentarse a Amalek, cuyo valor numérico es similar al de la palabra hebrea safek, duda. Moisés, el Dáat, derrota a la duda permanente que nos habita, al safek (éxodo 17).
Hay un texto talmúdico impresionante que está en el Tratado de Nedarím, del Talmud de Babilonia, página 41. Allí encontramos un pasaje del libro del Deuteronomio en el que se explica que, si Israel se desvía completamente del camino, de su lugar y de su esencia, recaerá sobre el pueblo la maldición definida en la Torá como: “bejoser kol” : “desprovisto de todo”.
Esta maldición, “desprovisto de todo”, es definida en el Talmud por Rab Nájman dice como el nivel de la carencia absoluta. Se trata del nivel en el que la persona simplemente “no tiene Dáat“.

O sea, aquella persona que no tiene Dáat no tiene nada.
Abáie, otro sabio, dice también en el Talmud que la máxima pobreza se alcanza cuando el individuo carece del nivel de Dáat.
El Talmud también enseña: “En occidente dijeron (para el Talmud de Babilonia, Babilonia está ubicada en Oriente, e Israel es Occidente): El que tiene el Dáat, todo lo tiene; el que no lo tiene ¿qué tiene? El que lo adquirió ¿qué le falta?. Y el que no lo adquirió ¿qué adquirió?”.
Rashi, el exegeta clásico, acerca de este texto comenta: el que tiene Dáat tiene absolutamente todo y no le falta definitivamente nada.
Lo que los sabios del Talmud nos revelan aquí es que el Dáat es la principal energía del hombre, o sea, es lo que define el todo o la nada.
Lo que en el Talmud nos revelan es que aquella persona que posee el nivel del Dáat es una persona rica, íntegra, completa, a pesar de que le falte todo el resto, porque el que tiene Dáat no le falta nada. Y, por el contrario, la persona que tenga todo a escala material, pero que no tenga Dáat, en realidad no tiene nada. La pobreza, cuando es la expresión de la falta del Dáat, es la pobreza esencial.

Otra de las cosas que los sabios nos revelan es que el Dáat es la energía que permite adquirir, poseer. Cuando ellos dicen: “quien tiene Dáat tiene todo y quien no tiene Dáat no tiene nada”, en realidad nos están enseñando que únicamente a partir de la energía del Dáat, se puede adquirir, o sea, se puede lograr que algo que no era mío pase a mi propiedad esencial.
El Dáat es lo que me permite adquirir y comprar, y por eso resulta lógico, entonces, que una persona que no tiene Dáat, no puede comprar nada tampoco a nivel legal, o sea, un niño no puede comprar porque no tiene Dáat.
¿Qué significa “comprar y vender” y “adquirir”?
Es cuando yo renuncio a algo a tu favor y este intercambio, ante todo, es mental; algo que era mío pasa a ser tuyo y yo entrego otra cosa, para asumir o tomar posesión sobre algo que me estás dando.
Ahora bien, y requerimos en este caso de vuestra máxima atención: cabe preguntar: si el nivel del Dáat es lo que permite comprar y adquirir ¿cómo podemos llegar a “tener” Dáat antes de poseerlo? En pocas palabras: sino tengo Dáat, como puede adquirir y obtener mi Dáat. Esto se presenta, aparentemente, como una contradicción.

La respuesta la trae el Rey Shlomó cuando dice que el Dáat proviene – según el lenguaje exacto – Mipiv (de la boca del Creador) Dáat UTevuná, es decir, el Dáat lo recibimos directamente de Di’s y creo que deberíamos entenderlo así: sabemos que la Neshamá, el alma, que tenemos proviene directamente del aliento que Di’s insufló en nosotros. “Aliento de vida”, dice la Torá. En ese insuflar aliento de vida, en ese darnos vida, o lo que nosotros llamamos: puso en nosotros un alma, eso incluye también el Dáat, que es lo más elevado de esa Neshamá.
El problema es que aunque lo tenemos, esta en nosotros en potencia, y la pregunta es si lo transformamos en una energía utilizable, en algo que día a día nos sirva para vivir.
Por lo tanto, la llave principal no está afuera, según nos revelan los sabios. Esa llave ya habita en nosotros, es un tesoro que tenemos, y no hay ningún maestro que nos pueda transmitir el Dáat desde afuera.

Es cierto, un buen maestro de Torá no puede ofrecerte Dáat, pero puede y debe guiarte hacia como llegar a ejercer el Dáat, como bucear en las profundidades de nuestra Neshamá para poder llegar a esta energía y transformarla en algo relevante.
Tratemos de transparentar nuestra dinámica interior, y resumiendo para poder construir sobre la base de estos cimientos que nos pertenecen digamos que:
Nosotros estamos todo el tiempo “queriendo cosas”, el ratzón (voluntad), hace que el hombre por naturaleza esté todo el tiempo queriendo y necesitando. El estar vivo, muy probablemente, pueda identificarse con el querer. Todo el tiempo que quiero algo estoy vivo. Profundicemos más todavía: ¿dónde estamos nosotros ahí? ¿Qué significa ese “yo quiero” permanente que nos habita? Esa voz ¿soy realmente “yo” o son mis voluntades aprendidas disfrazadas de mi yo esencial?
Hay que poder separar esto, desmembrarlo y abrirlo.
Hay que tener mucho cuidado en esto, es un tema muy delicado, y toda nuestra vida espiritual depende de esto. Normalmente los “yo quiero…” aprendidos de la educación recibida, la televisión, la radio, etc, etc, tapan con una cantidad increíble de cáscaras mi “verdadero yo” y estoy tan identificado con mis voluntades aprendidas que finalmente no sé dónde estoy ni quién soy.
Evidentemente, si lo figuramos en la mente, el Dáat está en el centro del yo asfixiado por una enorme cantidad de voluntades aprendidas.
Todo el tiempo que el ratzón (voluntad) funciona de modo enloquecido, el Dáat no funciona.
Por supuesto, estamos todavía hablando a escala general, pero para aproximarnos al tema podemos decir que: todo el tiempo que yo quiero… (al nivel ese que hemos definido, yo quiero una manzana, yo quiero una casa, yo quiero un trabajo, y que ahí se nos va la vida…), todo el tiempo que yo estoy detrás de todo eso, el Dáat no tiene espacio.
únicamente cuando yo puedo decir: no me interesa lo que quiero sino que me interesa lo que debo, me interesa lo que es correcto para mí, y logro deshacerme por un instante de las voluntades aprendidas, entonces únicamente ahí le doy lugar al Dáat, es decir, le “paso el micrófono” para que hable y se exprese.

Es mucho más “fácil” dejarse arrastrar por ese torrente de voluntades que van decidiendo por nosotros, que enfrentarse a la corriente, parar este torrente y decir: no te escucho, no me quiero guiar por vos, no me interesa lo que opinas, y quiero objetivamente determinar lo que es correcto para mí, en este tiempo y en este espacio.
Nosotros sabemos y entendemos que el mundo tiene Sentido y que tenemos una Misión, y que existe una Voluntad Primaria y que estamos aquí para algo. Y es obvio que podemos decir: qué es lo que debo, porque toda persona en su interior sabe qué debe hacer y para qué vino al mundo. La sensación de estar en deuda no es necesario explicarla; el hombre es un ente que se siente en deuda, el hombre es un deudor existencial, o sea, el hombre sabe que esta aquí para cumplir una misión determinada. El hombre tiene eso que llamamos matzpún (conciencia, palabra hebrea relacionada con la “brújula”) y sabe que está aquí para algo y se siente mal perdiendo su tiempo.

Todo el tiempo que nosotros no podamos – se agrega aquí un concepto – ejercer la contemplación, lo cual significa: detenerme, contemplar la situación específica que me toca vivir, reflexionar acerca de esta situación particular (dado que es única), no tengo ninguna posibilidad de parar el torrente de voluntades. Cuando contemplo y digo: ¿y ahora qué, cómo sigo?, automáticamente las voluntades me quieren venden baratijas, pero yo puedo decir: ¡No, hoy no compro nada! ¡Hoy quiero lo más caro, lo más preciado, lo esencial!
Obviamente, hacer esto es muy trabajoso y es mucho más fácil dejarse tentar por las baratijas, además: ¡todos compran baratijas y todos viven! Aunque, claro, deberíamos en algún momento definir qué significa vivir…
Para llegar a querer hacer lo que debo, tiene que haber una actitud contemplativa, reflexiva y ese es el primer paso cuando venimos desde afuera y estamos en búsqueda del centro.

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