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Un poco de Historia

Luego de la destrucción del Bet haMiqdash (año 68 de la era común) , los judíos vivían permanentemente humillados por los romanos. Especialmente en los tiempos del emperador Trajano (que reinó entre el año 98 y el año 117) y Lusio Quieto, muy hostil con los judíos. Quieto fue el responsable de una gran matanza de judíos en las comunidades de Babilonia alrededor del año 115 de la era común. Luego de esta aplastante “victoria” fue asignado como gobernador de Judea, ya que había demostrado su mano dura hacia los judíos. En Judea Quieto cometió atrocidades y todo tipo de abusos, como el aberrante derecho de pernada (הגמון, el derecho del gobernador a pasar la primera noche con las mujeres que se casaban), lo que hizo que los casamientos judíos se realizaran en secreto. Por este y otros trágicos eventos similares los rabinos decretaron ciertos actos de duelo nacional, como por ejemplo que los novios ya no usarían más sus adornos y coronas ornamentarías (עטרות חתנים).

Cuando murió el emperador Trajano en 117, Lusio Quieto fue el candidato más firme para reemplazar al fallecido gobernante, lo cual los judíos consideraron que sería el mayor desastre posible. De cualquier manera, gracias a los oficios de la viuda de Trajano, Plotina, Adriano, su hijo adoptivo, fue proclamado como el nuevo emperador.
Los judíos enviaron una delegación a Adriano y le prometieron al nuevo emperador fidelidad. También le solicitaron que les permitiera reconstruir el Bet haMiqdash. Este pedido no era excepcional ya que los Romanos, siguiendo la famosa “pax romana” una vez que subyugaban a los pueblos, les permitían reconstruir sus santuarios y practicar su religión. Para la enorme satisfacción de los Yehudim ¡el emperador Adriano accedió al pedido de los Yehudim de reconstruir el Bet haMiqdash!

Se han encontrado monedas de la época de Adriano que parecen haber sido acuñadas para celebrar esta decisión de Adriano, que se llevaría a cabo en una de sus visitas a Judea.

En la moneda que vemos arriba se ve al emperador Adriano al lado de una mujer que representa a Judea (la nación judía), y a niños judíos ofreciéndole a Adriano una ramas de palmas, una representación de paz y armonía entre los dos pueblos. En el lado izquierdo se ve el retrato del emperador y se lee HADRIANUS AUGUSTUS y en el otro lado ADVENTUI AUG(USTUS) JUDEIA, es decir, “en honor a la llegada del Cesar a Judea”.

Esta historia, y su desenlace no feliz, está relatada en el Midrash de Bereshit Rabbá 64:10: En los tiempos de Ribbí Yehoshua ben Jananiá el imperio romano decidió reconstruir el Bet haMiqdash. Pero los Kutim, los Samaritanos (que eran grandes enemigos de los Yehudím Y.B.), enviaron una delegación al emperador Adriano y le dijeron: Debe usted saber, Cesar, que [si les permites construir su Templo, los judíos de] esta ciudad se rebelarán contra usted. El Emperador respondió: ¿Pero qué puedo hacer? ¡Ya les he dado permiso para construirlo! Los Kutim, que sabían muy bien que el Bet haMiqdash debía ser construido exclusivamente en Har haBayit, el Monte Moriá, le sugirieron a Adriano que les dijera a los judíos que podían reconstruir su Templo, pero en una zona diferente, con medidas distintas, etc. Y así procedió Adriano. La decepción de los judíos fue enorme. El Templo no se puede construir fuera de su area original. Y esto truncó las esperanzas de tener nuevamente el Bet haMiqdash. El famoso historiador Paul Johnson explica que hubieron otros elementos que influyeron en Adriano para que volviera atrás sobre su decision y no permitiera la construcción del Bet haMiqdash.

1. Tácito, un senador e historiador romano famoso por su antipatía hacia los judíos, escribió que los judíos sólo respetan a su Dios, y no acataban la autoridad de los reyes humanos. El arrogante Adriano no podía permitir que los judíos fuesen más leales a Dios que a él.
2. Los antiguos cristianos consideraban (y muchos todavía consideran) que la destrucción del Gran Templo era la evidencia de que Dios había abandonado ח“ו a Israel y había establecido un nuevo testamento —un nuevo pacto— con la nueva “congregación cristiana”, que venía a reemplazar a la ya destruida nación judía y a su caduca religión.… Para los nuevos cristianos evitar la reconstrucción del Bet haMiqdash era vital para justificar su narrativa y sostener su teología de reemplazo. No hay que descartar la influencia de estos nuevos cristianos en la decisión de Adriano.

Cuando Adriano se arrepintió de su plan, los judíos quisieron comenzar una rebelión contra el imperio. El Sabio que evitó la peligrosa revuelta fue el ya anciano Ribbí Yehoshua ben Jananiá. De chico, Ribbí Yehoshua había experimentado la trágica destrucción de Yerushalayim y el Bet haMiqdash, luego de la rebelión de los judíos contra Roma en el año 68. Para disuadir al pueblo de rebelarse Ribbí Yehoshua les contó una fábula: “Una vez el león se había comido un animal y le había quedado un hueso en su garganta. El león pidió ayuda. La cigüeña se acercó al león, le pidió que abriera su boca, introdujo su largo pico y sacó el hueso. La cigüeña entonces le pidió al león una recompensa por los servicios prestados. Y el león le dijo: ‘¿No te parece suficiente recompensa que tú metiste tu cabeza en mi boca y yo no te comí?” . “Así”, dijo Ribbí Yehoshua, “debemos estar agradecidos que aunque ya no tengamos nuestro Bet haMiqdash, ni lo podamos reconstruir, por lo menos podemos seguir con vida” .
Los ánimos se aplacaron. Pero la relación de Adriano con los judíos empeoraba cada vez más, y la pax romana no duró por mucho tiempo….

Luego de que el emperador romano Adriano volviera sobre sus pasos y se arrepintiera de su decisión de autorizar a los judíos a reconstruir el Bet haMiqdash, las relaciones entre los judíos y el imperio romano comenzaron a empeorar.

Uno de los momentos más tensos fue cuando el emperador viajó al Medio Oriente y (129-130 de la era común) y se horrorizó de una de las prácticas más comunes que llevaban a cabo los gentiles en esa región que pertenecía al imperio romano: la castración, especialmente de esclavos y sirvientes (eunucos), que era una cruel forma de «domesticarlos» y hacerlos más dóciles. En Roma esa práctica se consideraba aberrante y se castigaba. Aclaremos que la castración está terminantemente prohibida por la Torá. Y no sólo la castración humana sino también de animales, algo que SÍ era (y sigue siendo) totalmente aceptado en el mundo no judío. Adriano, entonces, prohibió la castración humana y la penalizó con la pena de muerte.
El gran problema fue que, por alguna razón, Adriano ¡extendió el crimen de castración al Berit Milá! la circuncisión judía….
De nada sirvió que los Sabios judíos tratarán de explicarle la naturaleza de la circuncisión judía a los representantes del emperador, y que ésta nada tenía que ver con la castración.

Adriano igual prohibió la circuncisión y la condenó con la pena de muerte. Algunos historiadores especulan que Adriano fue influenciado por los primeros cristianos, que se oponían a la práctica de la circuncisión y creían que ésta había sido reemplazada por el bautismo. Abolir la circuncisión era una gran victoria para su causa.
Este decreto, que tuvo lugar alrededor del año 129, afectó aún más los ánimos de los Yehudim, quienes estuvieron dispuestos a sacrificarlo todo antes de dejar de cumplir el primer precepto que le corresponde a un niño judío. También los llevó a la desesperación colectiva. Ya habían perdido la esperanza de ver el Bet haMiqdash reconstruido y ahora veían que el futuro de su pueblo corría un inminente peligro de extinción. Ribbí Yishmael ben Elishá llegó a decir: “Quizás haya llegado el momento de que dejemos de casarnos y de traer hijos al mundo (Babá Batrá 60 b)”.

Pero la anulación del Berit Milá fue sólo el preludio de algo tan malo, o peor, que estaba por pasar…
En ese fatídico viaje por medio oriente, Adriano tomó otra terrible determinación que resultaría atroz y fatal para el pueblo judío: Adriano decidió «prevenir para siempre» que el Templo fuese reconstruido. Y ni siquiera iba a dejar en pie las ruinas de la ciudad santa, que recordaban su destrucción. Adriano ordenó “borrar” toda memoria judía de la ciudad, y cambiar su nombre, y así los judíos finalmente se olvidarían de “Yerushalayim”. El plan de Adriano incluía la construcción de un «nuevo templo» romano para «Jupiter» (uin dios pagano), en el mismo lugar donde antes estaba el Bet haMiqdash….
Esto provocó un estado de máximo de indignación en el pueblo y motivó a los Yehudim a planear una rebelión «suicida» contra el imperio. De esta rebelión hablaremos más adelante, ya que ahora nos concentraremos en comprender por qué en Tishá beAb recordamos “que la ciudad fue arada”.

En el año 130 Adriano decretó que el nombre de Yerushalayim fuese erradicado, y que la nueva ciudad se llamaría de ahora en más: “Aelia Capitolina”. “Aelio”, en honor a Adriano, ya que era uno de sus nombres y “Capitolina”, en honor al ídolo mitológico romano, Jupiter capitolino, al quien se le dedicarian los santuarios paganos de la nueva ciudad.
Ahora bien: ¿Cómo hacían los romanos para borrar la ciudad anterior y fundar una nueva ciudad en ese mismo lugar? Como sabemos, hay todo tipo de ceremonias de inauguración: como ser la colocación de la piedra fundamental, el cortado de una cinta, etc. La ceremonia de inauguración de una nueva ciudad romana consistía en arar la ciudad, más específicamente, demarcar con surcos labrados los nuevos bordes de la ciudad. La ceremonia del arado de Yerushalayim, y la inauguración de la nueva ciudad pagana ocurrió el 9 de Ab del año 130.
Esta «ceremonia» fue celebrada por los romanos, como era su costumbre, acuñando una moneda ilustrativa. El texto de la moneda que vemos en la imagen arriba, dice: «Col(onia) Ael(ia) Capit(olina)». En esta moneda se ve claramente a Adriano, representando a Roma, arando los surcos de la nueva ciudad romana y demarcando sus límites.

El arado de la ciudad de Jerusalem y el cambio de su nombre nos demuestra que los Goyim hicieron todo lo posible, y más, para borrar la memoria de la Jerusalem judía, y asegurarse que nunca más regresaremos a Yerushalayim y perdamos cualquier esperanza de reconstruir nuestro Templo.

Irónicamente, hoy, ya nadie se acuerda de Adriano י»ש y el nombre de «Aelia capitolina» o el imperio romano solo se encuentra en los libros de historia y en los museos.
Pero hoy, después de 1900 años, no hay humano que no haya escuchado el nombre de «JERUSALEM», nuestra ciudad capital, más hermosa que nunca, que está nuevamente en nuestras manos.

Y B»H la inminente reconstruccion del Bet HaMiqdash, es solo cuestión de tiempo.

DEBEMOS ESTAR MUY ORGULLOSOS DE PERTENECER A UNA NACIÓN QUE NUNCA PERMITIÓ QUE BORRARAN SU MEMORIA Y TENEMOS QUE ESTAR MUY AGRADECIDOS AL TODOPODEROSO POR EL PRIVILEGIO DE VIVIR EN ESTOS MOMENTOS, CON EL QUE SOLO LOS PROFETAS DE ISRAEL SE ATREVIERON A SOÑAR.

Rab Iosef Bitton

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