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Papa llora

Extraido de Con el Sidur abierto y otros cuentos

Aquel verano no estuve en casa de mis padres. Después de Pesaj me mandaron a casa de mi tío en un pueblo lejano.

Me habían mandado porque en nuestro peque- ño pueblito no había un maestro indicado para mí. Después me enteré que había muchos otros motivos para ello, pero eso no tiene nada que ver con lo que voy a contar ahora. Lo esencial es que yo extrañaba mucho a la familia y cuando llegó el mes de Elul y yo me acordé de las festividades que se acercaban, ese sentimiento aumentó en gran medida y el tío decidió enviarme de vuelta a casa.

La alegría del regreso era para mí inmensa. Con ojos sedientos miraba todo y a todos, y todo me parecía nuevo y fresco. Me di cuenta de los menores cambios introducidos en el transcurso de los cuatro meses de mi ausencia. Y lo que más me saltaba a los ojos era el cambio aparecido en mi padre. En mi mente estaba grabado como una persona animada, que expande alegría y tranquilidad a su alrededor y ahora aparecía ante mí con un rostro ensombrecido, triste, preocupado y hablando con una voz rara y baja.

Es posible que yo haya exagerado un poco y porque mi corazón estaba lleno de alegría, se agrandaba a mis ojos cada expresión de seriedad. Pero esa era mi impresión que me dejó conmovido y despertó en mí un temor: ¿Pasó algo en la casa? ¿Sucedió alguna desgracia? No tenía a quién preguntarle sobre esto. A mamá no le puedo preguntar; en seguida empezará, tal como es su costumbre, a secarse los ojos con el borde del delantal y a morderse los labios.

A mi hermano mayor no le quiero preguntar; su ofensiva respuesta la sé de antemano: “Sos un chico. No tenés que mezclarte en los asuntos de la casa”. ¿Y tal vez preguntarle directamente a papá? Es una cosa simple, pero no tengo coraje. Algunos días esto me tuvo atormentado, hasta que de pronto, en mitad de la noche, todo se aclaró.

Me despierto en mitad de la noche, asustado y sobresaltado. De la pieza, contigua llega hasta mis oídos una voz triste y llorosa. Una pared de madera media rajada separa mi habitación de la otra, donde ahora se escuchan las voces. Me levanto de la cama, acerco mi ojo a una de las rajaduras y ¿qué es lo que veo? Mi padre está sentado junto a la mesa, los codos sobre la misma y su gran frente cubierta por las manos que sujetan la cabeza; frente a él hay un libro abierto y de sus ojos caen lágrimas. “Papá llora. Me asombró la idea de que papá llora.

Hasta ese momento nunca había visto una cosa así, y no me hubiera imaginado que fuera posible. Me pareció que el cielo cayera sobre la tierra. Un gran temor me dominó. Volví a acostarme, estiré las frazadas y escondí mi cabeza asustado. Pero no puedo quedarme en la cama. Horribles pensamientos me atormentaban. Las sienes me golpeaban como con martillos y a cada momento se me cortaba la respiración. Yo sentí que no lo podía soportar.

Yo tengo que saber qué pasa, por qué llora papá en mitad de la noche. Bajé de la cama, lavé mis manos y entré a la otra habitación, junto a papá. Al principio, papá no se dio cuenta que yo estaba junto a él. Cuando me vio, una fría sonrisita atravesó rápidamente su rostro lloroso y se dirigió a mí aparentando enojo: — ¿Qué haces acá, en medio de la noche? ¡Véte a dormir! Yo quería preguntarle lo que me carcomía el corazón, pero no podía abrir la boca. Bajé la cabeza y me quedé callado. De pronto sentí lástima de mi mismo y rompí a llorar. — ¿Por qué lloras, Iankele? —dijo papá con voz blanda—. ¿Te duele algo o qué? — ¿Y por qué lloras? —dije gimoteando.

Papá suspiró. Guardó silencio un ratito, después me acarició la mejilla y dijo: —Recibí un llamado para presentarme a juicio. Me espera un difícil juicio. Las palabras de mi padre me resultaron incomprensibles. ¿Qué tiene que ver él con un juicio? ¿Qué hizo? Si es tan bueno y tranquilo, ¿cómo es que lo llaman a un juicio? Seguro que es una calumnia. Y se me ocurrió un buen consejo. —Papá —le dije—, no tienes que llorar. Llevarás dos buenos testigos, el rabino y otro acreditado vecino y en el juicio ellos atestiguarán que tú no hiciste nada malo y sólo malas personas inventaron sobre tí una calumnia. Mi padre suspiró y dijo como para sí mismo: —Pero si no es una calumnia, si es verdad.

La curiosidad de saber qué habría hecho mi padre alcanzó su punto máximo, pero más fuerte era mi preocupación por su suerte, cómo salvarlo del difícil juicio. Mis pensamientos trabajaron rápidamente, diversos planes fueron tomando forma, pero con la misma rapidez desaparecieron. Una gran angustia me dominó. Me dirigí a mi padre con una pregunta: —Papá, ¿qué piensas hacer? ¿No hay ninguna solución? —Sí, hijo, hay una solución —me contestó mi padre acariciándome la cabeza-—. Si se promete que no se volverá a hacer y se dice que se arrepiente de lo hecho hasta ahora, se sale en libertad. Un rayo de dicha me iluminó. Tomé con fuerza la mano de mi padre y le dije, medio imperativo y medio implorante: —Papá, promete y di que en toda tu vida no volverás a hacer eso nuevamente y saldrás en libertad. Sí, papá. ¿Lo prometerás? —Está bien, hijo.

Ahora, cuando yo ya estaba tranquilo, empezó a empujarme la curiosidad de saber lo que papá había hecho, que lo llevaban ante tan difícil juicio. Yo lo miraba interrogativamente sin tener el coraje de expresar mi pregunta. Mi padre me dijo entonces así: —-Dentro de dos semanas es Rosh Hashaná. Es un día de juicio para todas las personas, se juzga a las personas por todos sus actos. Cuando una persona tiene un juicio ante un juez de carne y hueso, su temor le hace temblar la piel, pero también hay muchos caminos para escabullirse. Pero, cómo hay que temblar entonces cuando se es llevado a juicio ante el Rey de Reyes, que nada se le escapa, incluso sentimientos de corazón son ante él descubiertos.

Cuando llega el mes de Elul se toca el shofar, esto avisa a todos que el día del juicio se acerca y que se preparen. ¿Cómo prepararse? Se ponen buenos abogados. Estos son las buenas acciones que se presentan al juicio a atestiguar sobre el que las hizo. Pero también se presentan muchos fiscales, que son las malas acciones. ¿Quién sabe cuántas son y cuál es su fuerza? — ¿Comprendes ahora, mi querido, que cuando en Elul se escucha el shofar te domina el miedo? Temor y miedo. Llaman al difícil juicio. Pero la esperanza no está perdida. Uno se puede salvar. Se hace penitencia. Se promete que no se volverá a pecar. Pero los malos instintos también quieren bloquear este camino. Prueban de ocupar la cabeza con otras cosas. Pero no hay que dejarse. Hay que recordar que están llamando a juicio y el shofar ayuda a recordarlo. Él llama: “Vengan judíos al juicio del Rey del Trono Celestial”. Papá terminó.

Yo me quedé pensativo. Para mí había sido un descubrimiento pese a que ya lo sabía. Yo sabía que Rosh Hashaná es el Día del juicio, yo sabía que hay que prepararse y que el shofar lo recuerda, pero ahora lo sentí. Aquel Elul fue para mí Elul. El pensamiento de que hay que prepararse para el juicio no me abandonaba. El miedo al juicio descansaba sobre mí. Cada día de Elul que pasaba hacía más fuerte mi miedo. Aquel Elul no me relacioné con amigos, no jugué con mis juegos. Nada me interesaba, sólo el Día del Juicio. De aquel Elul se alimentan mis Elul’s hasta el día de hoy

 

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