Festejando
Purim
Significado y reflexiones
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La diferencia de mil años

selección comentarios de R. M.M. Schneerson, © Ed. Kehot Lubavitch)

El decreto de Hamán de «destruir, asesinar y aniquilar a todos los judíos, joven y anciano, infante y mujeres»[1] no fue el primero ni el último intento semejante por parte de nuestros enemigos para destruirnos. Pero ésta fue la única vez en nuestra historia en que la amenaza a nuestra existencia física fue tan inmediata y exhaustiva.

Un único día -el 13 de Adar- fue fijado para la extinción total del pueblo de Israel. El imperio persa incluyó 127 provincias, desde la India hasta Etiopía; cada judío sobre la faz de la Tierra vivía en este dominio y estaba sujeto al decreto de Hamán.

La naturaleza abarcante de Purím se extiende también a su significado interior. Subyacente a los sucesos físicos narrados en el Libro de Ester se oculta un drama espiritual que involucra a cada judío individualmente y afecta hondamente la esencia misma de nuestra condición nacional y relación con Di-s.

Paradójicamente, Purím representó tanto el punto más bajo en términos de la presencia Divina en nuestras vidas así como también un «momento de la verdad» que galvanizó nuestro pacto con Di-s y lo cimentó sobre sus fundamentos eternos.

Una Experiencia Irritante

El sexto día de Siván en el año 2448 desde la Creación (1313 ante de la Era Común), toda la nación de Israel se congregó al pie del Monte Sinaí. Allí, Di-s nos eligió como Su pueblo y nosotros nos comprometimos a observar las leyes de vida tal como éstas son planteadas en Su Torá.

El Talmud señala, sin embargo, que habrían de transcurrir aproximadamente mil años antes de que nuestro pacto con Di-s fuera sellado. Según se formuló en Sinaí, el contrato entre Di-s e Israel contenía ciertas vulnerabilidades; de hecho, su validez misma era disputable. Fue sólo nueve siglos y medio más tarde, con los sucesos de Purím, que nuestra aceptación de la Torá quedó establecida sobre un fundamento inamovible.

La Torá nos cuenta que con anterioridad a la revelación en Sinaí, el pueblo de Israel «se paró debajo de la montaña»[2].

¿Cómo se para uno «debajo» de una montaña? El Talmud interpreta esto como significando que «Di-s sostuvo la montaña sobre ellos como un tarro y les dijo: ‘Si aceptan la Torá, bien; si no, ésta será su sepultura'». Pero un principio legal por demás básico es que un contrato establecido bajo coacción no compele a nada; en consecuencia, concluye el Talmud, había una controversia permanente en cuanto a la legalidad de nuestro compromiso a observar la Torá.

Pero durante los sucesos de Purím, el pueblo judío reafirmó su aceptación de la ley Divina sin ningún indicio de coacción desde lo Alto.

En las palabras del Libro de Ester, «ellos establecieron y aceptaron»[3]: establecieron como valedero e inmutable aquello que habían aceptado un milenio antes, en Sinaí[4].

Eras Oscuras

En Sinaí, Di-s reveló Su esencia misma al hombre. Como la Torá nos lo cuenta, «Di-s descendió sobre el Monte Sinaí»[5] y nosotros «vimos al Di-s de Israel»[6]. En ese día, «se nos mostró para saber que Di-s es el Ser Supremo; no hay ningún otro aparte de El»[7]; «Cara a cara nos habló Di-s, sobre la montaña, de dentro del fuego»[8].

En términos de cualquier señal manifiesta de la presencia Divina en nuestras vidas, los sucesos de Purím fueron lo diametralmente opuesto a la revelación en Sinaí. La residencia de Di-s en la tierra, el Beit HaMikdash (el Gran Templo) en Jerusalén, estaba en ruinas, y su reconstrucción, ordenada catorce años antes por el emperador Ciro, fue frenada por decreto de Ajashverosh. La era de la profecía -la comunicación directa de Di-s al hombre- tocaba a su fin. Estábamos en exilio, a merced de nuestros enemigos, y Di-s parecía ajeno al destino de Su pueblo elegido. Incluso el
milagro de Purím estuvo completamente investido en sucesos naturales, de modo que la mano orientadora de Di-s en todo lo que ocurría estaba encubierta por la ilusión de una afortunada coincidencia. Esto es poderosamente demostrado por el hecho de que en todo el Libro de Ester, ¡no hay una única mención del Nombre de Di-s![9]

¿Como afectó este apagón espiritual nuestro compromiso para con Di-s?

Nos impulsó a lo que puede describirse como la mayor demostración de nuestra lealtad a El en nuestra historia. Por once meses, un decreto de aniquilación pendía sobre toda la comunidad de Israel. Como el Libro de Ester relata, incluso después de que Hamán perdiera el favor del rey y fuera colgado, el decreto que inició permanecía en efecto; la única cosa que Ester fue capaz de lograr era predominar sobre Ajashverosh para que promulgara un segundo decreto, en el que a los judíos se concedía el derecho a resistirse a quienes venían para matarlos. El primer decreto, convocando a todos los ciudadanos del reino para aniquilar a la minoría judía en su medio el 13 de Adar, se mantuvo vigente hasta esa fecha, cuando los judíos resultaron victoriosos en su guerra contra sus enemigos, matando a 75.000
de sus atacantes[10].

Por todo un año, cuando ser judío significaba que la vida de uno podía tomarse libremente por decreto imperial, ni un único judío rompió filas de su pueblo para buscar seguridad asimilándose a la plebe pagana. ¡De hecho, el Libro de Ester registra que aquel período vio muchas conversiones al judaísmo! Tan fuertemente irradiaron los judíos de su fe en Di-s y su confianza en Su salvación, que muchos de sus vecinos se sintieron motivados a unirse a un pueblo con tan poderosa e inmutable relación con Di-s.

En ello radica el significado más profundo de la «coerción» para aceptar la Torá en Sinaí y la validación de nuestro pacto con Di-s lograda en Purím.

En Sinaí, no tuvimos elección. Enfrentados con tamaña revelación imponente de la verdad Divina, nadie podría siquiera dudar o sentir disconformidad. En efecto, fuimos «forzados» a aceptar la Torá; abrumados y completamente envueltos por la realidad Divina («la montaña sostenida sobre nosotros como un tarro»), no podíamos menos que comprometernos a nuestro Divinamente ordenado papel y misión.

Pero unos mil años después, hemos reafirmado este compromiso bajo condiciones totalmente diferentes. La presencia Divina no revoloteaba sobre nosotros, obligándonos a reconocer su verdad. Por el contrario: el rostro Divino estaba oculto. Estábamos sobre nuestros propios medios, surgiendo nuestro compromiso con Di-s totalmente de nuestro interior, de una elección interior a adherirnos a El sin importar cuán visible o invisible El nos era.

La Demostración

Esto no significa que en Purím un nuevo contrato valedero reemplazó el original, el «disputable». Si ese fuera el caso, ¿cuál era el sentido de la revelación en Sinaí? Ciertamente, la Torá era un compromiso obligatorio entre nosotros y Di-s durante los 950 años de Moshé a Ester. Más bien, como el Talmud interpreta el Libro de Ester, «ellos establecieron lo que ya habían aceptado»: Purím estableció la verdad de lo que ya había ocurrido en el Monte Sinaí.

La verdad es que nuestra relación con Di-s no está comprometida a la razón. No depende de nuestra comprensión de ella, o siquiera de nuestra conciencia de su existencia. Trasciende nuestro ser consciente, residiendo en el núcleo mismo de nuestras almas. Es por ello que se nos obligó a recibir la Torá en el Monte Sinaí. No porque nosotros no hubiéramos elegido libremente hacerlo por nosotros mismos, sino porque un compromiso elegido conscientemente no podría expresar el verdadero alcance de nuestra aceptación de la Torá. Nuestro pacto con Di-s se extiende más allá del mundo finito de nuestros deseos conscientes,
abrazando las extensiones infinitas de nuestro ser que trasciende lo consciente, el ser supra-consciente que siempre «ve» a Di-s y es inequívocamente consciente de Su verdad.

En Sinaí, este ser supra-consciente salió a luz. Nuestro ser consciente, abarcando apenas un diminuto rincón de nuestra alma, se vio totalmente abrumado, y sus mecanismos «hacedores de elección» fueron silenciados completamente.

Este fue el verdadero significado de lo que ocurrió cuando estuvimos «parados debajo de la montaña». Pero durante muchos siglos, los sucesos en Sinaí quedaban abiertos a la interpretación errada. En nuestras propias mentes, recordábamos el suceso como un momento en el que nos vimos abrumados por la verdad Divina y obligados a aceptarla. ¿Vino esto desde adentro, de un lugar de nuestras almas inaccesible al ser consciente? ¿O quizás vino de afuera, de una fuerza externa que nos obligó, en contra de
nuestra genuina voluntad propia, en nuestro pacto con Di-s?

Entonces vino Purím, con su terrible oscuridad espiritual, con su eclipse total de toda Divinidad perceptible. Seguir judío, permanecer leal a nuestro pacto con Di-s, fue una elección intencional consciente, no influenciada por revelación supra- consciente alguna. Al elegir aceptar la Torá bajo semejantes circunstancias, hemos establecido que ésta es la auténtica
voluntad del judío. Establecimos que nuestra «coerción» en Sinaí no fue contra nuestra voluntad, sino totalmente consistente con lo que verdaderamente deseamos.

La Mitzvá Intencional

Así, Purím reveló una nueva dimensión en nuestra observancia de la Torá, estableciéndola como un modo de vida libremente elegido, en contraste con un conjunto de deberes obligados. Y esta diferencia de mil años se refleja en varias de las mitzvot de Purím.

Las observancias festivas, tales como hacer sonar el shofar en Rosh HaShaná o comer matzá en Pesaj, son prácticas especialmente ordenadas, únicas a su festividad. Pero hay dos observancias de Purím respecto de las cuales no parece haber nada original, y que parecen ser apenas extensiones de preceptos generales, de todo el año, de la Torá.

En Purím enviamos regalos alimenticios, llamados mishlóaj manot, a amigos y vecinos, a fin de promocionar la camaradería y el amor entre nosotros. Otra mitzvá de Purím, matanot laevioním, consiste en buscar un mínimo de dos pobres y darles regalos de dinero.

Pero «ama a tu semejante como a ti mismo»[11] y dar caridad todo el año son deberes del judío. ¿Qué hace de estas observancias unas claramente de Purím?

Sin embargo, la Torá no nos obliga a iniciar gestos de amistad o buscar al necesitado. El mandamiento de «Ama a tu prójimo como a ti mismo» sólo ordena que cuando entres en contacto con tu semejante, lo trates con amor y respeto. Las leyes de caridad estipulan que cuando una persona necesitada solicita tu ayuda, tienes la obligación de suministrarla. Lo que es único en cuanto a la manera en que cumplimos estas mitzvot en Purím es que activamente buscamos oportunidades para hacerlo. Pues Purím enfatiza nuestro deseo de cumplir los mandamientos de la Torá.

También, quien hace algo sólo por el sentido del deber puede hacer el acto adecuadamente y de todo corazón; plausiblemente, dos individuos pueden hacer la misma cosa, uno de ellos por un deseo profundo de hacerlo y el otro porque se siente obligado, y no podamos reconocer la diferencia entre los dos. ¿Pero qué pasa cuando no existen circunstancias que obliguen? ¿Persigue uno el acto y busca obligarse a sí mismo? Aquí es donde se oculta la diferencia; esto es lo que distingue al actor deseoso y dispuesto
del meramente obediente.

Las mitzvot de Purím de mishlóaj manot y matanot laevioním recalcan el elemento «elección» en nuestra relación con Di-s: que ésta es una relación no solamente amarrada por nudos del deber sino también cementada con el nexo de la voluntad.

Basado en Likutéi Sijot, Vol. XVI, págs. 365-366; Torá Or, 98d-99a

Notas:
1. Ester 3:13.
2. Exodo 19:17. «Debajo de la montaña» es la traducción literal de las palabras hebreas betajtit hahar. Las traducciones comunes lo expresan como «al pie de la montaña» y similares (véase Rashi sobre el versículo).
3. Ester 9:27.
4. Talmud, Shabat 88a.
5. Exodo 19:20.
6. Ibíd. 24:10.
7. Deuteronomio 4:35.
8. Ibíd. 5:4.
9. «Ester», el nombre de la heroína de Purím y el libro bíblico que narra su historia, se deriva del vocablo hebreo hester, «ocultamiento».
10. Ester, caps. 8-9.
11. Levítico 19:18.

 

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