HALEL
La estructura incorpórea
Psicología
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Una realidad que se desvanece

El hombre vive generalmente reaccionando ante estímulos exteriores:

¿Qué opinan de mí, qué poseo?, etc.

El egoísmo, la imagen superficial y lo perecedero absorben gran parte de las energías humanas.
La realidad material-sensorial acapara la existencia, haciendo que el hombre olvide su verdadera identidad y el objetivo de su existencia.
Cuando esto sucede, la conciencia comienza a recorrer un laberinto en torno a lo inmediato, a la apariencia, olvidando el hombre «quién es» y el porqué de su existencia. La vida se transforma en un permanente reaccionar ante lo superfluo, y así se crea una sociedad en la cual sus integrantes no se conocen a sí mismos y no conocen a su prójimo; ya que toda relación se basa en la imagen y en estímulos exteriores.
Los verdaderos objetivos quedan opacados y la fuerza interior se diluye, perdiendo el hombre la conciencia de su identidad y el propósito de su existencia.

Previo a la Creación la plenitud llena al deseo lo cual impide la manifestación de la voluntad de recibir, de esa forma el alma no puede tomar conciencia de todo su potencial, ya que recibe pasivamente. El acto de la Creación genera que el deseo de recibir se vacíe de Su plenitud, y posteriormente, en forma gradual, la recupere a través de su propia voluntad. Este proceso es lo denominado libre albedrío, a través del cual el alma logra restaurar la conciencia de la unidad deseo-plenitud, tal como lo expresa el profeta “En ese día El y Su nombre serán Uno (Zejaria 14:9). La Creación es el desafío en recuperar el estado de Plenitud Infinita.
La Torá nos hace tomar conciencia de la forma en que debemos asumirlo y concretizarlo, ya que nos enseña a discernir entre lo esencial y lo superfluo para que los esfuerzos humanos no se desvíen del objetivo por el cual la humanidad fue creada.

Cuando se ignora el propósito de la vida se crean las condiciones para que surja lo innecesario. Así, los hombres construyen sistemas espirituales, sociales y educativos basados en justificar el egoísmo, lo cual termina por corromperlos. De ello resulta una vida basada en ilusiones, que si bien a veces son posibles de lograr nunca terminan por satisfacer. Una vez alcanzadas ya no son suficientes. Entonces aparecen nuevas necesidades aún más ilusorias que las anteriores, acrecentando cada vez más el consumo de una realidad innecesaria e inalcanzable que se desvanece constantemente.

Cuando desde el valle distingo la cima de la montaña la imaginación crea un sinfín de fantasías, de las imágenes que desde allí deben verse, al punto de hacerme olvidar que para llegar allí debo escalar la montaña paso a paso, y sólo así, finalmente, alcanzar la cima.

Mientras se inviertan esfuerzos en proyectos que no responden a la verdadera naturaleza humana ni al propósito de la Creación, ignorando las leyes espirituales, se crearán sistemas de vida basados en transformar las debilidades humanas en normas.
La Torá, por el contrario, define las normas sociales y espirituales en base a principios objetivos: las mitzvót, evitando así que el ser humano construya su vida a partir de ilusiones que desembocan finalmente en la des-ilusión

En la Luz se disipa toda la ilusión y surge la verdad. El hombre debe saber revelar la Luz, pero también le es imprescindible poseer la fuerza para alejarse de la oscuridad. La oscuridad no es más que el ocultamiento de la luz, por ello no debemos dejarnos vencer por la oscuridad sino revelar la Luz.

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