HALEL
El alma en el relato de la Torá
Jaguim
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Simját Torá

El octavo día de Sucót es Shmini Atzéret conocido como Simját Torá, la alegría de la Torá (en Israel son un mismo día, en la diáspora dos días diferentes).
En realidad la alegría de la Torá debería ser en Shavuót (la entrega de la Torá). Pero no es así, sino que al final de Sucót es el día en que bailamos, abrazamos, cantamos y nos alegramos con la Torá.
En Shavuót son entregadas las primeras Tablas de la Ley, las que Moshé rompió al ver la idolatría del becerro de oro. Las segundas Tablas son entregadas en Iom Kipur luego de un proceso de reflexión que comienza en el mes de Elul, pasando por Rosh HaShaná, Sucót y finalmente Shminí Atzéret, Simját Torá.

Superando la inestabilidad emocional
La única relación que no se puede destruir es la que despierta lo esencial que hay en cada ser. Hasta no llegar a ese nivel aún somos proclives a la inestabilidad emocional.
En Shavuót la relación de Israel con los Principios Espirituales y con Ha Kadósh Barúj Hú se resquebrajó. Pero lo afectado fue sólo lo circunstancial no lo esencial. En Shavuót Israel recibió algo que no pidió y que tampoco sentía que le era necesario. En cambio la segunda vez, luego que conoció esos Principios, surgió la necesidad.
No sentimos falta de lo que no conocemos. Antes de que existiese la electricidad nadie sentía falta de ella, posteriormente se transformó en una necesidad.
Las segundas tablas ya no fueron percibidas como una imposición, ahora Israel -el potencial humano de alcanzar la Armonía Universal- comprendió que existen Principios Esenciales que son imprescindibles para que la humanidad alcance la Plenitud.
De esto aprendemos que para reconstruir una relación deteriorada hace falta activar lo que nunca puede ser afectado, lo esencial que habita en cada ser humano. Sólo entonces alcanzamos la dimensión infinita de la relación, aquella basada en la interacción armónica entre el dar y el recibir mutuo.

Un proyecto universal
La originalidad de la Torá reside en que nos educa a relacionarnos con el ámbito material-sensorial como un medio para lograr el bien colectivo, y no como sucede generalmente que se lo concibe como un fin en sí mismo.
Previamente a la revelación de la Torá no existía un proyecto universal cuyo objetivo fuese transformar el deseo egoísta en altruismo.
Así como en el plano material la tecnología nos ayuda a canalizar la energía de modo que podamos utilizarla para el bienestar de la humanidad, la Torá nos ofrece la “tecnología” educativa y espiritual para encauzar armónicamente la energía más poderosa de la Creación: el deseo de recibir.
La Torá le brinda al hombre, si éste se educa verdaderamente a través de ella, una conciencia superior que lo mantiene alerta en todos los ámbitos de la realidad para prever y diluir cualquier manifestación egoísta.

Aprendiendo de los propios errores
Las “Tablas de la Ley” son otorgadas dos veces al pueblo de Israel. En la primera, Israel aún no estaba preparado, siendo cautivado por la idolatría, el becerro de oro (Shemót /Exodo 32:19). La segunda vez, en cambio, el pueblo las acepta y las recibe (Devarím / Deuteronomio 5:1).
Israel en el desierto, como nos pasa muchas veces en la vida, “necesitó” equivocarse para poder posteriormente recibir las segundas tablas.
Las primeras tablas fueron prácticamente impuestas. Las segundas, Israel des-cubrió que le eran algo esencial.

Buscando nuestra forma de ser
La primera vez HaKadósh Barúj Hú transmite la Torá directamente, la segunda lo hace a través de Moshé Rabeinu.
Generalmente aceptamos algo cuando nos llega a través de alguien “cercano a nuestra forma de ser” con quien podemos compararnos y así nos inspire a perfeccionar nuestra forma de ser. En cambio, captar la transmisión directa de HaKadósh Barúj Hú exige desarrollar la visión interior que nos permita alcanzar una auto-crítica objetiva y la voluntad para sobreponernos a nuestras debilidades. Ello es lo denominado en el lenguaje espiritual de Israel “lishmá“.

La imperiosa necesidad de Moshé Rabeinu
Para recibir la Torá directamente debemos sentir la necesidad que tuvo Moshé. ¿Cuál fue la imperiosa necesidad de Moshé?
Moshé entendió que era imprescindible alcanzar un sistema educativo que conduzca paulatinamente a la humanidad a la Armonía Universal y que sólo es posible transformando la energía del deseo egoísta en altruismo. Esa voluntad intensa que logró Moshé lo condujo a la Torá, a las primeras Tablas de la Ley.
Moshé activó en su interior su necesidad por la Torá a través de la visión espiritual. Así no tuvo necesidad de experimentar concretamente la idolatría. Entonces accedió por su propia iniciativa a las primeras tablas.

Incentivos interiores
Cuando logramos alcanzar “nuestra índole de Moshé” conseguimos trabajar espiritualmente a través de incentivos interiores; entonces podemos “aproximarnos” a las primeras tablas. Este logro activa en nosotros, guiados por los Sabios, las condiciones que permiten despertar el discernimiento altruista.
En el ámbito de las segundas tablas, en cambio, dependemos de estímulos exteriores, es decir, que alcanzamos ciertos grados de voluntad luego de habernos equivocado y reconocido los errores cometidos. A partir de allí y con la ayuda de guías y maestros, quienes perciben la realidad más objetivamente y por lo tanto pueden trabajar espiritualmente su potencial de Moshé, alcanzamos finalmente la objetividad para percibir los Principios Superiores.

Sabios, entendidos y creyentes
Los Sabios son quienes logran, inspirados e influenciados a su vez por otros Sabios, la voluntad de auto-incentivarse y aprehender por sí mismos la Sabiduría. Los entendidos dependen del discernimiento que le proporcionan los Sabios. Los creyentes son quienes dependen, constantemente, de la seguridad que le proporcionan los entendidos y/o los Sabios.
Los verdaderos Sabios de la Torá son aquellos hombres que alcanzaron el grado de altruismo que fusiona su voluntad con la Fuente Infinita del Dar: HaKadósh Barúj Hú.
Cuanto mayor es la voluntad y por lo tanto la automotivación y emuná, más clara será la comprensión del objetivo implícito en la Creación. En cambio, al haber menos voluntad y perseverancia surgen la inseguridad y la dependencia.

Auténticos Maestros
Los auténticos maestros nos inician y guían activando nuestras cualidades interiores-espirituales que conducen al altruismo. Así el ego, nuestro yo, en hebreo aní, se va integrando gradualmente a nuestro Yo superior, Anojí, donde se encuentra el verdadero deseo, voluntad e identidad, como lo indica el primer postulado del Decálogo: Yo –Anojí– (Soy) .
Toda interpretación que conduzca a justificar nuestro egoísmo será siempre una intelectualización limitada de la realidad. Sólo a través del conocimiento espiritual denominado en hebreo emuná, logramos trascender nuestras barreras mentales y emocionales.
El maestro es quien ayuda al discípulo a fortalecer su voluntad para que éste finalmente alcance su independencia espiritual y logre relacionarse con la Sabiduría, Jojmá, por su propia iniciativa. Ello sucede cuando el ser humano está dispuesto a trascender sus deseos egoístas y pasajeros, entonces el plano material-sensorial deja de ser un fin en sí mismo para transformarse en un medio hacia el bien colectivo. De este modo el hombre logra nuevos grados de discernimiento en la “voluntad superior”, donde se encuentra su verdadera identidad. Pero no todos logran rápidamente su independencia espiritual, y es precisamente por esto que dependemos de Sabios y Entendidos para relacionarnos con la Sabiduría; pues ellos nos guían hacia los grados superiores de la voluntad y el altruismo donde comenzamos a alcanzar nuestra propia esencia e identidad.

Alegría y conocimiento
En Simját Torá todos abrazamos y bailamos con la Torá, tanto el Sabio como el entendido y el creyente. Cada a uno a su manera, con sus pensamientos, sentimientos y movimientos personales complementa e incentiva a su prójimo dándole el espacio para que manifieste su ser.
Así como el funcionamiento correcto de cualquier organismo es el resultado de la armonía entre sus componentes, así los Sabios, los entendidos y los creyentes pueden manifestar todo su potencial y revelar el espacio para que el otro, el aparentemente diferente, exista cuando alcanzan el altruismo. Entonces surge la alegría, Simját Torá. Esa alegría que posee el potencial de diluir las artificiales diferencias y revelar lo esencial, lo único capaz de unificarnos.

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