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¿Serán judíos nuestros nietos?

por Rabí Jonathan Sacks Superior Rabino del Reino Unido

En el Museo de El Cairo se alza una gigante plancha de granito negro conocida como la Estela de Merneptah. Instalada originalmente por el faraón Amenhotep III en su templo de Tebas occidental, fue removida por un regente posterior de Egipto, Merneptah, quien reinó en el decimotercer siglo antes de la Era Común.
Escrita en jeroglíficos, contiene un registro de la victorias militares de Merneptah. Su interés podría haberse restringido a estudiantes de civilizaciones antiguas de no ser por un hecho: la estela contiene la primera referencia, fuera de la Biblia, al pueblo de Israel.
¿Qué nos cuenta acerca de nuestros ancestros y cómo se veían a los ojos de otros? La inscripción enumera las potencias aplastadas por Merneptah y su ejército. Incluye:
Todos los países juntos, se han pacificado; todos los que estaba inquietos han sido atados por el Rey del Egipto Superior e Inferior…
Entre aquellos “inquietos” había un pequeño pueblo de otro modo ignorado en los textos antiguos egipcios. Merneptah o sus cronistas creyeron que ahora eran una mera nota al pie en la historia. No habían sido simplemente derrotados. Habían sido suprimidos. Esto es lo que la estela dice:
Israel ha quedada yerma, su semilla ya no es.

La primera referencia a Israel fuera de la Biblia es un aviso fúnebre. Irónicamente, así lo es la segunda.
Esta está contenida en una plancha de basalto que data del Siglo IX antes de la Era Común y que hoy se alza en Louvre. Conocida como la Estela Mesha, registra el triunfo de Mesha, Rey de Moav. El Rey agradece a su deidad Kemosh por dar a los Moavitas la victoria en sus guerras, y habla así: “Cuando Omri, Rey de Israel, humilló a Moav muchos años, pues Kemosh estaba enojado con su tierra. Y su hijo lo siguió y también él dijo, “Humillaré a Moav”. En mi época así habló, pero he triunfado sobre él y sobre su casa, mientras Israel ha perecido para siempre”.

La historia de la supervivencia judía es tan extraña, única y extensa, que fuerza nuestra imaginación al límite. Incluso los sucesos de un único siglo, el nuestro, desafían la descripción sobria.
El Siglo XX de la Era Común –el Cincuenta y Siete, en el tiempo judío– fue testigo del más brutal ataque sistemático contra el pueblo judío desde épocas antiguas: la Solución Final del Tercer Reich en la que seis millones de judíos, un tercio de la judería mundial, pereció. Aún así, la respuesta judía al Holocausto ha sido el renacimiento.
Academias de Torá, por doquier, voces infantiles recorriendo los viejos textos sagrados, Israel una vez más como hogar judío tras diecinueve siglos, y judíos de más de setenta países regresando allí.
El pueblo judío, habiendo sobrevivido durante miles de años en las circunstancias más adversas, incluyendo el Holocausto, hoy se ve amenazado por el matrimonio mixto y la asimilación. Las comunidades judías a lo largo de la diáspora experimentan una declinación demográfica. ¿Por qué ha sucedido esto? ¿Podemos revertir la tendencia?

El desafío particular que encaran los judíos hoy es cómo puede mantenerse la identidad judía en una sociedad secular abierta. El mayor peligro es fracasar en la tarea de reconocer que los tiempos han cambiado y que, por consiguiente, también las prioridades comunitarias necesitan cambiar.
Ha surgido un problema que amenaza con superar a todos los conflictos que actualmente dividen al pueblo judío. Los demás conflictos son apenas marginales en comparación. La gran amenaza de partirlo y dividirlo totalmente en el futuro no será la de judíos seculares y religiosos, o Israel y diáspora, u Ortodoxia y Reforma. Será quienes seguirán siendo judíos y quienes no.
En cierto sentido, la continuidad es el desafío más antiguo de la judería. Pasar una tradición, un modo de vida y una identidad, es lo que generaciones consecutivas han hecho desde los días de Avraham y Sará, con una tenacidad que no tiene parangón en las crónicas de la civilización humana. Pero cómo hacerlo en una era en la que la identidad judía se ha tornado débil, fragmentada y confusa es mucho más difícil. Es un trance que hemos enfrentado sólo rara vez en nuestro pasado. Es esto lo que marca nuestro tiempo como una nueva era en la historia judía.

El Rebe de Guer señaló una vez que los “cuatro hijos” de la Hagadá representan cuatro generaciones.
El hijo sabio es la generación de inmigrantes que todavía vive en las tradiciones del “viejo hogar”.
El hijo rebelde es la segunda generación, abandonando el judaísmo en aras de la integración social.
El hijo “simple” es la tercera generación, confundida por los mezclados mensajes de abuelos religiosos y padres irreligiosos.
Pero el niño que ni siquiera puede formular la pregunta es la cuarta generación, pues el niño de la cuarta generación ya no tiene memorias de la vida judía en toda su intensidad.
El “fenómeno de la cuarta generación” explica lo que de otra manera es inexplicable, específicamente, que la crisis de la continuidad judía ha ocurrido en una única generación. La tasa de matrimonios mixtos entre los jóvenes judíos en los Estados Unidos ha escalado de un 6% en 1960 a un 57% ciento en 1985. El alza en el matrimonio mixto, soltería y divorcio, y la correspondiente caída en la observancia religiosa y afiliación judía, ha tenido lugar súbitamente y con asombrosa velocidad.

Durante varias generaciones hemos descuidado la educación judía. El resultado es que conocemos poco sobre el judaísmo. Y nuestros hijos saben todavía menos.
Han oído de Israel, pero es un lugar en el que no viven. Han oído del Holocausto, pero eso sucedió en algún otro tiempo, en alguna otra parte, a gente que ellos no conocían. Pueden haber experimentado antisemitismo, pero esa no es una razón para querer que sus hijos sean judíos y lleven, así, el riesgo de verse expuestos a él. Saben que a los judíos les gusta el humor judío, la comida judía y los amigos judíos, pero lo mismo hacen muchos no-judíos. ¿Por qué, entonces, deberían nuestros hijos escoger no casarse fuera de la grey?

Tomemos a “David” o “Susana”, de hipotéticos veintitrés años. Saben que cuando eran menores sus padres quisieron que asistieran a la mejor escuela no-judía disponible. Quisieron que lograran altas calificaciones en sus estudios seculares y fueran a una buena universidad. Su educación judía era secundaria. Fueron a la escuela judía hasta la Bar Mitzvá y Bat Mitzvá, pero si faltaban unas semanas aquí y otras allí, a nadie le importó. Tan pronto como fueron lo suficiente mayores para pensar por sí mismos, su educación judía, del modo en que lo era, terminó.
Para ahora ya han olvidado lo poco que aprendieron. Lo que recuerdan les parece infantil; y es porque cuando lo aprendieron eran niños. No tienen memorias importantes que los haga querer seguir siendo judíos. La escuela hebrea era aburrida. El servicio sinagogal, incomprensible. Vivir como judíos es algo que no comprenden porque nunca lo experimentaron en su hogar.
Ahora, tras asistir a una escuela y universidad no-judía, sabiendo mucho sobre la cultura no-judía y poco sobre su patrimonio judío, se encuentran con una pareja no-judía, se enamoran y quieren casarse. ¿Qué argumento existe para persuadirlos a hacer otra cosa? La respuesta corta es: Ninguno.

Los tiempos han cambiado, y estamos comenzando a sentir cuán repentina y radicalmente lo han hecho. Nos hemos acostumbrado a una situación en la que la identidad judía era transmitida a través de generaciones de hábito, memoria, sucesos externos y un ineludible sentido de que ser judío es lo que somos. Tardíamente hemos descubierto que para nuestros hijos, ser judío no es más que cuestión de elección. Saben que pueden escoger de otra manera, si no para ellos mismos entonces para sus hijos. Escogerán ser judíos por una única razón: conociendo el drama de la historia judía, la riqueza de la vida judía, la grandeza de la ética judía y la majestad de la fe judía, están orgullosos de ser judíos.

Hay un único argumento contra el matrimonio mixto, y es éste:
Ser judío es ser miembro del pueblo del pacto, y heredero de una de las creencias más antiguas, perdurable e inspiradora de reverencia del mundo. Es heredar un modo de vida que se ha ganado la admiración del mundo por su amor a la familia, su devoción a la educación, su filantropía, su justicia social, y su infinitamente leal dedicación a un único destino. Es saber que este modo de vida, pasado de padres a hijos desde los días de Avraham y Sará, sólo puede mantenerse por medio de la familia judía; y saber esto, es escoger continuarlo creando un hogar judío y teniendo hijos judíos.
Nadie que ha sido tocado por las alas de eternidad del judaísmo rompería de buena gana el eslabón entre el pasado y el futuro judíos. La historia de la continuidad judía es un misterio. Lo fue desde el principio, desde los días de Avraham y Sará. Según la Biblia, si la naturaleza hubiera seguido su curso, Sará no habría tenido un niño y no habría pueblo judío. Si Avraham se hubiera salido con la suya y contentado con Ishmael, no habría habido pueblo judío. Si Itzjak hubiera nacido pero la palabra del Cielo se hubiera demorado, diciendo a Avraham que detuviera la mano, Itzjak habría muerto y no habría pueblo judío.

Según Merneptah en el Siglo XIII antes de la Era Común, Israel había sido destruido. Según Mesha, Rey de Moav, Israel ha sido destruido. Ese fue el veredicto de los enemigos de Israel desde el Faraón a Hamán a Hitler. Como pueblo, ya no somos forasteros para el Angel de la Muerte.
Pero el pueblo judío vive.
A medida que investiguemos en estos antiguos textos, quizás comencemos a comprender. Es como si un cierto mensaje hubiera sido tejido en nuestro ser desde el comienzo mismo. Pasar de una generación de judíos a la siguiente requiere un milagro; una serie de milagros. En cada etapa de la transición de Avraham y Sará a Itzjak, la continuidad parece imposible. La naturaleza está en contra. El pronóstico ordena lo contrario. A veces hasta el Cielo mismo parece complotar contra ello. Somos judíos hoy en virtud de milagros.

No tratemos al futuro con ligereza. Cuando Di-s prometió a Avraham que su recompensa sería muy grande, él contestó: “Oh Señor, Di-s, ¿qué me darás, si permanezco estéril?”
Esa es pregunta que la eternidad nos hace. ¿Qué significado tendrán nuestras vidas y las de nuestros ancestros si no son prestados a la inmortalidad con nuestra continuidad, con nuestra actitud para tener nietos judíos? Si tan sólo recordáramos los muchos milagros que se precisaron para traernos a esta hora, cumpliríamos de buena gana nuestro deber de asegurarnos que la próxima generación seguirá judía, y así hará la generación que le sigue.
La continuidad judía es el mayor regalo que podemos ofrecer al futuro y al pasado.

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

Rabí Jonathan Sacks

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