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De la teoría a la práctica
El camino del hombre
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Mitzvót bein adám lejaveró, bein adám laMakóm

« La concretización del bien colectivo no surge instantáneamente sino que requiere una elaboración, un proceso educativo »

(Ia) Mitzvót bein adám lejaveró,
(Ib) Mitzvót bein adám laMakóm

Ia) Las mitzvót que relacionan al hombre con su prójimo (bein adám lejaveró) nos ayudan a comprender que las necesidades de los otros son tan importantes como las propias, y cuando no están resueltas nos afectan a todos por igual. Así el hombre puede lograr incorporar la noción de unidad dentro de la aparente multiplicidad de la realidad, ya que cuando el objetivo de los hombres es similar se unen en pos de él y «la unión hace la fuerza». El bien colectivo es el objetivo que nos une y responsabiliza mutuamente, primero hacia nuestro entorno, familia, amigos, luego hacia la comunidad y el mundo todo.

Ib) Las mitzvót que relacionan al hombre con el Kadósh Barúj Hú (bein adám laMakóm) nos transmiten «el ritmo» de recepción de la plenitud de Su Luz Infinita para así fusionarnos, dvekút, en El (ver Si Lo conociera sería El).

¿Cómo puede fusionarse el hombre con el Kadósh Barúj Hú?

La comprensión de este concepto requiere una introducción para acceder a los fundamentos de la espiritualidad judía, y por ende a sus mecanismos educativos.

Así como los objetos materiales se separan físicamente, las existencias espirituales se separan cuando poseen objetivos disímiles. Cuanto mayor es la diferencia en el objetivo mayor será la distancia espiritual. Como ya lo explicamos, un ejemplo de esto es el cuerpo humano: nuestro cuerpo está compuesto por distintos órganos, cada uno con diferentes funciones, pero con un solo y único objetivo: servir al bienestar del hombre. El hombre está sano cuando cada órgano trabaja para este cometido. En cambio, si cada órgano trabaja para sí descuidando su relación con el resto del cuerpo, éste se resentirá y finalmente el propio órgano se verá afectado.

Ello significa que cada célula y cada órgano estará en armonía con el cuerpo y entre ellos mismos mientras su objetivo sea común. Igual sucede con las almas humanas, a pesar de estar revestidas en diferentes cuerpos, cuando su objetivo es similar: el bien colectivo, entonces nos unificamos y somos uno con la Fuente Infinita.

La concretización del bien colectivo no surge instantáneamente sino que requiere una elaboración, un proceso educativo.
Como ya lo expresamos en otros textos, en el ámbito espiritual, a diferencia del material, el acto de dar y recibir no es simultáneo. Cuando alguien nos da un objeto tenemos la posibilidad de recibirlo inmediatamente. En lo espiritual no es necesariamente igual, el acto de dar y recibir no siempre coincide en el tiempo. Quien transmite una sabiduría no tiene garantía alguna de que ésta sea recibida; el alumno tendrá que esforzarse con el fin de aprehenderla.

La Torá nos dice que el Kadósh Barúj Hú «demoró» 6 días en crear el Mundo y 40 en dar la Torá a Moshé en Sinái.
Eso nos indica que no es suficiente con dar sino que debemos enseñar cómo recibir correctamente la Sabiduría. En hebreo, el verbo recibir proviene del vocablo Kabalá (recepción), es decir el conocimiento que nos enseña cómo recibir los diferentes grados de la Sabiduría que nos transmite la Torá.
La Torá, a través de sus Sabios, nos enseña cuál es el modo de aprehender la Sabiduría, pero será cada individuo de acuerdo a sus características espirituales quien des-cubra «su forma» de lograrlo. Decimos «su forma», ya que cada individuo tiene una función irreemplazable en el logro de la armonía y cuando la alcanza se completa una nueva parte del gran «puzzle universal».

Cuando encontramos nuestro «lugar» (makóm) revelamos la fuerza altruista que está latente en nuestro interior, aguardando el momento para manifestarse.

Al mover un pieza de cualquier mecanismo, éste dejará de funcionar correctamente y esa pieza ya no podrá dar su potencial a dicho sistema. Lo mismo sucede con el hombre: cuando no «está en su lugar» (makóm) surge el egoísmo, ya que al no encontrar cómo manifestar armónicamente su energía la expresará negativamente.

Si des-cubrimos «nuestra forma» de dar, de ser útiles a la familia y a la sociedad, no sentimos necesidad de ser ni de poseer lo del otro sino, por el contrario, buscamos ayudar al prójimo a des-cubrir su vocación, a formar su familia, etc., a encontrar «su lugar».

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