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Los tres niveles del tzadík

« Tzadik es el hombre que antepone el bien de su semejante a sus intereses personales »

El hombre ideal para la Torá es el tzadík. Tzadík es quien hace la acción justa en el momento justo. Es el hombre que antepone el bien de su semejante a sus intereses personales, siendo su objetivo conducir al mundo hacia el bien.

Los tzadikím son, en cada época, quienes representan el ideal espiritual de su generación. El tzadík es quien logra asir (hasagá) la Sabiduría (ver “Haskalá…”), y alcanza la actitud correcta para realizar el tikún: la correción del deseo de recibir no resuelto, el egoísmo de su generación. Dichos logros espirituales quedan a disposición del hombre para su desarrollo espiritual.

En todos los ámbitos del conocimiento, cada generación puede superarse y desarrollarse a partir de la experiencia de las generaciones que la precedieron. Cada época, a través de sus tzadikím, manifiesta un aspecto del proceso de revelación del objetivo final de completitud (consultar “El objetivo”). Dicho proceso deja abierta la posibilidad de que cada individuo, por su libre albedrío, acelere la revelación del objetivo final, transformándose así en «socio activo» del Kadósh Barúj Hú.
La Torá nos señala tres formas generales de tzadík, que indican tres niveles interiores del hombre:

a) Nóaj
b) Abraham
c) Moshé

a) Nóaj marca el comienzo de la primera etapa del desarrollo espiritual del hombre: la «desidentificación» con la causa del mal, nuestro egoísmo.

El diluvio que relata la Torá nos indica el fin de la etapa egoísta en nuestra vida. Cuando ello sucede surge Nóaj.
Nóaj fue el justo de su generación. Cuando el Kadósh Barúj Hú le anuncia que va a provocar un diluvio que destruirá al mundo, él trata de explicar a los hombres que se alejen del mal. Pero Nóaj no hace tefilá para salvar a otras familias, comunidades, etc. Nóaj es un tzadík, pero su grado de entrega hacia el prójimo tiene límites, dado que su influencia sobre sus semejantes aún está restringida al nivel de la mente.
Nóaj señala el ámbito de la voluntad humana, capaz de movilizarnos intelectualmente, pero no logra influir en nuestros actos concretos.

Las diez generaciones desde Adám hasta Nóaj, descriptas en el libro del Génesis, son las que enmarcan el estado espiritual denominado Tohu (caos). Dicho caos es el resultado del deseo de recibir inconciente y egoísta, el cual no nos permite percibir al prójimo como parte única, insustituible y complementaria de la realidad y la vida.
Nóaj, luego del diluvio, instauró un mundo fundado en principios del respeto mutuo por la vida, la propiedad y la familia, pero no fueron suficientes para crear normas que logren codificar un sistema social y espiritual que perdure a través del tiempo.

b) Diez generaciones después Abraham, a partir de la experiencia de Nóaj, comprendió más profundamente la problemática humana. Su ideal no era sólo el de una conducta civilizada contra el salvajismo prediluviano. La idolatría contra la cual Abraham lucha es la del ser humano que rinde culto al mundo material y a sí mismo en oposición a una vida dedicada al prójimo como medio para alcanzar la armonía.

Abraham representa a un tzadík de conciencia superior, ya que cuando el Kadósh Barúj Hú le anuncia que va a destruir Sodoma y Gomorra, Abraham implora a HaShem: ¿tal vez existan justos por los cuales vale la pena salvar la ciudad?
Abraham Avinu es el primero en des-cubrir la voluntad altruista generadora de la conciencia judía (véase “Una nueva forma…”). Abraham Avinu logra transmitir el concepto del altruismo; no sólo con explicaciones intelectuales, sino que llega a nuestro interior ayudándonos a trascender los límites impuestos por la frialdad especulativa de la mente cuando no vibra en armonía con el corazón.
Abraham Avinu reveló la emuná en forma integral: la emuná pshutá (simple) y la emuná shebedáat (con conocimiento). La Sabiduría que trasciende los límites intelectuales, como el amor, cuando es completo, sobrepasa toda dimensión. Por el contrario, lo que tiene medida es limitado y finalmente desemboca en egoísmo. En cambio, cuando la emuná es completa, como lo manifiesta Abraham Avinu a lo largo de su propia vida, trasciende todo límite y medida, lo cual conduce al altruismo.

c) Moshé Rabeinu es el mayor de los tzadikím, ya que logra a nivel colectivo la revelación de las leyes objetivas que rigen los planos espirituales, mentales y emocionales, así como los actos de los hombres: la Torá escrita y oral.

La originalidad de Moshé Rabeinu con respecto a sus antecesores consiste en la revelación de los principios espirituales dentro de todos los estratos de la realidad; abarcando todos los aspectos de la vida del pueblo y a todos sus integrantes (ver items 10, 14, 15, 16, 18, 19, 20, 21 y 22).

Antes de Moshé, el conocimiento de las leyes que rigen la Creación era patrimonio de individuos altamente espirituales, como Abraham, Itzják y Iaacóv.
Los grandes Sabios e Iniciados, los Profetas y Patriarcas, tenían visiones espirituales; pero carecían aún de la posibilidad de transformar al mundo. Ellos preparaban la futura recepción colectiva de la Torá.

A partir de Moshé Rabeinu el pueblo judío se consolida como nación, permitiendo la posibilidad de expandir los Principios Universales; un pueblo entero en su tierra comprometido en un proyecto: lograr la Plenitud Infinita a través del altruismo.

Lo que comenzó como una búsqueda espiritual individual, a través de los patriarcas, se extiende a nivel de una nación. Al igual que todo proyecto, se inicia en un punto, extendiéndose gradualmente a todos los ámbitos de la realidad.

Abraham Avinu nos enseña cómo corregir el estado imperante en la Creación (tikún haBriá): superar el egoísmo.
Moshé Rabeinu revela a nivel colectivo el objetivo de la Creación (tajlít haBriá): recibir toda la Plenitud Infinita de HaShem a través de las leyes objetivas codificadas en la Torá.

Para Moshé Rabeinu, el bien colectivo antecedía a sus intereses personales. La Sabiduría y el nivel espiritual de Moshé Rabeinu son el resultado de todos los tzadikím que lo precedieron y el modelo para todas las generaciones.

Conviene volver aquí al pasaje del Pirkei Avót de la Mishná que nos relata: “Moshé Kibél Torá MiSinái Umsará leIehoshúa … ” : “Moshé recibió la Torá desde Sinái transmitiéndosela luego a Iehoshúa … “.

Hasta que no logremos el grado de nuestro Moshé interior, no podremos recibir el grado de la Torá que nos está reservado; demorando así la manifestación del bien en el mundo.
Moshé recibió la Torá pues su objetivo fue transmitirla. Cuando nuestros actos sean como los de nuestros tzadikím, es decir, recibir con el propósito de dar, lograremos su nivel de hasagá (consultar “Haskalá…”): conciencia de nuestro semejante y del Uno sin segundo: el Kadósh Barúj Hú.

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