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Los sabios
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Los sabios

« El tzadík es riguroso consigo mismo y flexible con el prójimo, de forma tal que logra acercar gradualmente a todos hacia el bien »

Los sabios se dividen en dos grupos :

a) «rigurosos»
b) «flexibles»

a) Los «rigurosos» son aquellos que se concentran en des-cubrir los Principios Superiores que rigen la vida y de su transmisión práctica en forma precisa (consultar items 5, 14, 15, 16, 18, 40, 41, 42 y 43). La vida, de acuerdo a la forma en que estos Sabios exponen la Sabiduría, exige una gran voluntad y preparación.

b) Los «flexibles» se concentran, además, en aproximar dichos Principios Superiores a las posibilidades de la sociedad y de cada individuo.
Los Sabios «rigurosos» y los «flexibles» se necesitan mutuamente y constituyen dos aspectos complementarios en la formulación de la Sabiduría; pues sus discrepancias son en nombre del altruismo, es decir, en tratar de ayudar al hombre a vencer su deseo de recibir egoísta.

En el judaísmo estas tendencias son representadas por las dos escuelas Talmúdicas tradicionales: Shamai (rigurosos) e Hilel (flexibles).
La escuela de Shamai se relaciona con la medida rigurosa (midát hadín). La de Hilel, en cambio, es más flexible (midát harajamím). Las dos escuelas buscan el bien, sólo que Shamai es más directo; para quien tome dicha medida los resultados serán más rápidos. Pero Hilel comprendió que son pocos los individuos que logran adoptar dicha medida y por lo tanto fue más flexible. Hilel se preocupó de encontrar el límite para que el hombre no caiga en el ámbito caótico de la vida, del cual es difícil liberarse, y asimismo de fortalecer paulatinamente su voluntad para acercarlo a su origen: el Kadósh Barúj Hú.

Hilel, como todos los Sabios que dictaminan la ley judía, la Halajá, buscó encontrar las condiciones posibles para la continuidad espiritual de su generación y las futuras, estableciendo las normas que nos orienten a permanecer dentro de los límites de la Torá.

El criterio para establecer los límites del «hasta dónde», lo da la Torá escrita y oral basada en la experiencia de cientos de generaciones. Si somos estrictos en demasía, sólo un grupo muy reducido podrá cumplir las exigencias halájicas. Pero si somos excesivamente permisivos, vamos camino a desaparecer. La milenaria existencia del pueblo judío reside en el hecho de haber encontrado siempre el punto medio. El sistema educativo de la Torá y las mitzvót le exige al hombre según sus posibilidades. Pero en el momento en que desaparece la exigencia, la tensión que lo obliga a superarse, el hombre sucumbe ante sus instintos y deseos, y la educación judía deja de ser efectiva. Estas condiciones son la causa fundamental de la asimilación, puesto que al desaparecer el objetivo la voluntad se diluye transformando la vida judía en algo meramente social.

La historia demostró cómo grandes culturas desaparecieron y la actual sociedad degenera, por estar todas ellas basadas en sistemas intelectuales que finalmente sucumben ante los instintos y deseos inferiores (ver items 25, 27, 41, 42 y 43). La Torá y las mitzvót, en cambio, mantienen al ser humano alerta con respecto a la forma de vida a que de dichos sistemas conducen, protegiendo a la humanidad para que el «antídoto contra el egoísmo» siga su camino.
La Torá y las mitzvót, llevadas a cabo desde la perspectiva de la Kabalá – lishmá (consultar “La perspectiva interior”), elevan al ser humano por sobre los deseos inferiores que conducen a la pérdida del objetivo: el bien absoluto, para el cual fuimos creados.

El Midrásh relata que el Kadósh Barúj Hú «quiso» crear el mundo a través de la medida rigurosa. HaShem quiso dar el bien en forma directa, evitando el sufrimiento y la pérdida de tiempo, pero el mundo no pudo soportarlo. Entonces flexibilizó la medida rigurosa y creó el mundo tal como es.

La Torá no exige lo imposible, sino que nos brinda un espectro muy grande de alternativas que contempla todos los tipos de individualidades y su convivencia armónica.

La Kabalá nos enseña que debemos forjar una voluntad poderosa para recibir la Luz de HaShem en su máxima plenitud. (De lo contrario se produce la ruptura de los recipientes de contención de la Luz (shvirát hakelím), la voluntad no resiste y se rompe).

¿A qué se refiere nuestra tradición cuando nos relata que el Kadósh Barúj Hú «quiso» crear el mundo por la medida rigurosa pero el mundo no pudo soportarla?
Esto significa que esa medida existe, y que quien esté preparado puede tomarla. En cambio quienes aún no están prontos deberán ser guiados por aquellos que sí la adoptaron para sus propias vidas: los llamados justos (tzadikím) de cada generación. El tzadík es riguroso consigo mismo y flexible con el prójimo, de forma tal que logra acercar gradualmente a todos hacia el bien, el altruismo, que lleva a la fusión con el Kadósh Barúj Hú.

La Torá comprende setenta grados de comprensión y aplicación de las mitzvót, y no setenta interpretaciones como muchas veces se ha dicho. Debajo de estos setenta grados ya no hay más Luz sino que es todo oscuridad, egoísmo y autojustificación. En cambio, cuando ascendemos sobreponiéndonos a nuestras debilidades, cada grado es un nivel más intenso de la Luz Infinita. Tales grados son peldaños espirituales por los cuales la neshamá asciende gradualmente al ir transformando su deseo egoísta en altruismo, hasta finalmente fusionarse con el Kadósh Barúj Hú.

Desde la perspectiva judía, el saber, lo intelectual, no es un fin en sí mismo, sino un medio para desarrollar nuestra potencialidad de dar y beneficiar. El verdadero Sabio judío es el hombre que dedica su vida a profundizar en el estudio y la práctica de las leyes que logran armonizar al hombre con su semejante y con la energía que nutre a toda la realidad y la vida: el Kadósh Barúj Hú (consultar “Del hombre al hombre”).

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