Profundizando
2. Pureza familiar y Natalidad
El Amor, La Mujer Judía y El Matrimonio
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Intimidad y pureza, claves para la unidad

Extraído de Dos partes de un todo de Tehila Abrahamov

Cuando Moshé Rabenu tuvo que construir el Mishkán (Tabernáculo) en el desierto, le pidió a Bené Israel (los hijos de Israel) que donaran sus posesiones más valiosas para el Mishkán. Las mujeres vinieron a donar sus espejos de cobre.
¿Qué tenían de valioso esos espejos de cobre? Cuando esas mujeres habían sido esclavas en Egipto, los esposos, debido al severo sufrimiento, habían dejado de tener relaciones íntimas con sus esposas. Pero las mujeres se dieron cuenta intuitivamente de que ésto no era algo positivo. “No estaremos esclavizadas para siempre”, pensaban con certeza. “D’s finalmente nos salvará”. Entonces idearon un plan.

Como esclavas, carecían de los elementos más básicos para ponerse más atractivas para los esposos. Pero uniendo pequeñas piezas de cobre, se las arreglaron para fabricarse unos pequeños espejos. Cuando los esposos regresaban tarde por la noche de sus crueles trabajos de esclavos, sintiéndose degradados y exhaustos tanto física como espiritualmente, no se inclinaban a intimar con sus esposas. Pero las mujeres, al haber usado los espejos para ponerse atractivas, traían comida y bebida a los maridos y los alentaban a renovar la esperanza.
Finalmente, este acto por parte de esas valientes mujeres es la razón para que Bené Israel se hayan salvado. Como está escrito, “Por el mérito de las mujeres virtuosas se salvó el pueblo judío”(Sotah 11b).

También sabemos que los sagrados recipientes para lavarse (el kior) del Mishkán, después se hicieron de esos mismos espejos de cobre. Cuando al principio Moshé estuvo indeciso acerca de si debía aceptar esos espejos que las mujeres querían donar, D’s le dijo: “¡Tómalos! Ellos son más preciados para mí que cualquier otra donación al Mishkán” (Rashi, Shemot 38:8).

Y sabemos que el recipiente kior en el Mishkán, hecho de esos espejos de cobre, se utilizó para crear paz entre marido y mujer. El Maharal explica que, puesto que las mujeres mostraron su deseo de intimidad con sus esposos, aun bajo condiciones tan adversas, después concibieron y dieron a luz hijos que fueron verdaderamente merecedores de la redención (Gueburot Hashem, cap. 43).

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Así, podemos ver que las relaciones íntimas entre marido y mujer son un esfuerzo sagrado ¡que D’s mismo tuvo que explicarle nada menos que a Moshé Rabenu! Si hasta Moshé Rabenu pudo tener una idea falsa acerca de esta actividad humana tan íntima, está claro cómo el mundo en general, a un nivel de entendimiento mucho, mucho menor, podría estar sobrecargado de estos crasos errores. La visión judía siempre ha tenido muchas diferencias con los enfoques no judíos, que han variado desde la adoración del placer físico como un fin en sí mismo hasta la condena de la intimidad física. Esta última visión la resumió el ascetismo de los antiguos cristianos en donde este tema era visto como una expresión de la naturaleza pecaminosa del hombre.

La visión judía, en total contraste, sostiene que hay tres partes involucradas en la concepción de cada ser humano: D’s, el padre y la madre (Nida 31a). Si hubiera algo “sucio” acerca de este acto, ¿cómo D’s estaría involucrado? como dicen nuestros Sabios. Explica el Rambam: “D’s no creó nada que sea intrínsicamente feo o repugnante. El acto de unión es algo sagrado y puro cuando se lleva a cabo de la manera apropiada en el momento apropiado y con las intenciones apropiadas. Una persona no debe pensar que hay algo degradante o indigno en el acto de unión, D’s no permita”. (Igueret Hakodesh, cap. 2).

Vemos que la unión física entre marido y mujer cumple el propósito del matrimonio, que es “y serán una sola carne”(Bereshit 2:24). Es, de hecho, la puerta de entrada por la cual la santidad penetra en el hogar. La Presencia Divina reside en el hogar cada vez que la pareja se expresa su amor mutuamente de esta forma, aspirando a lograr la máxima proximidad posible entre dos seres humanos.

El único requisito previo para ésto es la observancia de la pareja de taharat hamishpajá. Este sistema es uno de los principios más básicos del judaísmo, en el que hay ciertos tiempos decretados divinamente, basados en los ritmos naturales y propios de la mujer, cuando al marido y a la mujer no se les permite estar juntos físicamente. Este interludio de separación de la expresión del contacto físico, culmina con el uso de la mikve que precede al comienzo de un nuevo período de intimidad física.

Taharat hamishpajá es el requisito previo que santifica la reunión física de la pareja. Es un jok, lo que significa que la razón para este mandamiento está más allá de nuestro entendimiento. Sin embargo, como explican nuestros Sabios, los períodos de separación sirven claramente para intensificar el reencuentro físico, para que cuando una pareja se vuelva a reunir sea tan emocionante como lo fue en su noche de bodas. Como está escrito, “Para que sea tan querida a su marido como en el momento del casamiento”(Nida 31b). (Los detalles de esta mitzvá tan vital y los detalles de su observancia se pueden encontrar en mi libro, The Secret of Jewish Feminity, Insights into the Practice of Taharat Hamishpaja).

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Miriam le estaba abriendo su corazón a la esposa del Rab. Había visitado a varios consejeros y, después de muchas horas de sesiones, hasta ahora nada había ayudado a su inestable matrimonio. La esposa del Rab escuchó atentamente hasta que Miriam terminó de hablar y luego preguntó: “¿Todo funciona bien entre ustedes en el dormitorio?”
“Ahí no pasa nada”, contestó Miriam. “¿Cómo podría pasar algo? ¿Primero no tiene que haber paz en el living?”

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Esta actitud es muy común, quizás porque parece que tiene sentido común. Pero no tiene en cuenta los elementos místicos que abarca esta expresión única de acercamiento entre marido y mujer que D’s nos otorgó.
El valor numérico de las letras de la palabra amor, “ahavá” y de la palabra uno, “ejad”, es trece en ambos casos. Y si sumamos los valores de las dos palabras juntas nos da veintiseis, que es el valor numérico del nombre de D’s. Esto expresa simbólicamente la visión judía sobre la intimidad. Como aprendemos del Zohar, es el cumplimiento del objetivo fundamental del matrimonio, que es unir los dos cuerpos que comparten dos medias almas para que se conviertan en “un solo cuerpo, una sola alma”.

Este acercamiento extremo, por lo tanto, tiene el poder de ayudar a una pareja a superar las diferencias. Les da la fuerza que emana de la unificación de un solo cuerpo y de una sola alma. Ya no son dos individuos separados, sino más bien uno solo, que manejan juntos los difíciles desafíos. Por eso, es en realidad un grave error suponer que sólo cuando una pareja está “en paz en el living” y sólo entonces, se puede crear paz en el dormitorio.

Podemos ver este concepto expresado en el contexto más amplio de la ceremonia de casamiento judía, dado que se considera que el matrimonio realmente se ha convertido en un matrimonio sólo después de que la pareja se ha unido físicamente. “¡Pero casi ni se conocen!” podemos pensar. “¿Acaso no siguen siendo dos extraños?” podemos preguntarnos. Y sin embargo, D’s decretó ésto como el primer paso juntos, ya que es este “convertirse en uno solo”, de hecho, lo que tendrá un efecto positivo en la relación en el living, en la cocina y en cualquier lugar del ancho mundo.

Cuanto más se acerquen las dos partes, más se unirán sus dos mitades y más se fortalecerá el vínculo. Y por último, ésto dará fuerzas a la pareja para superar sus numerosas diferencias y aprender a adaptarse uno al otro en todos los frentes.

“Pero si me siento distanciada de mi esposo, ¿cómo esperas que intime con él?” Esta es un pregunta común. Lógicamente, una pareja no puede intimar cuando está discutiendo. Antes tendrán que solucionar el problema. De hecho, éste es un prerequisito de la Halajá. Es definitivamente un desafío luchar para vencer tanto los pequeños problemas como los más serios; pero podemos hacerlo. Podemos tratar de resolverlos inmediatamente o dejarlos para tratarlos en otro momento, para darnos la posibilidad de acercarnos más a nuestra pareja de la manera que D’s nos dio y que estimula la reconciliación.

De hecho, será mucho más fácil encarrilar todo cuando tenemos el dormitorio en orden. El primer paso para poner en orden el dormitorio es, como hemos mencionado, la observancia de taharat hamishpajá. El segundo paso es entender que cuanto más nos podamos acercar, más santidad penetrará en nuestro hogar. D’s es uno y cuando una pareja se convierte en uno como se supone que tiene que ocurrir, entonces D’s puede poner Su Presencia Divina en esta unión. Por lo tanto, cuanto más cerca están, más sagrada la unión. La clave para la unión de la pareja está en el dormitorio, que es comparado con la cámara del Kodesh Hakodashim (el lugar más sagrado del Santuario) en el Bet Hamikdash (Melajim 2, 11:12). Así como el recinto del Kodesh Hakodashim es el lugar más sagrado en el Templo, así también el dormitorio es el Kodesh Hakodashim en nuestros hogares, que se comparan a pequeños santuarios.

Evidentemente, cuando pensamos en la unión de la pareja como una oportunidad para que la Presencia Divina penetre en nuestros hogares, veremos que excusas tales como “estoy demasiado cansada”, “demasiado tensa”, “demasiado ésto” y “demasiado aquéllo” serán mucho menos frecuentes. Nuestras actitudes son las que determinan cómo funcionamos. Cuando recordemos que es una oportunidad para consolidar la relación, vamos a detestar pasar por alto la posibilidad de hacerlo.

Tehila Abramov

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