HALEL
El camino del hombre
La iniciación
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Emuná y omanut

Oculto por nuestros sentidos, en nuestro interior, se aloja el Profeta [*], nuestra Neshamá, quien nos ayudará a develar el orden que rige la vida y la Creación. La música y el arte en general pueden ser un instrumento que nos lleven a los dominios del Profeta y luego, de su mano, a los reinos de la eternidad.
En el judaísmo no hay fragmentación de la realidad, hay causas y efectos que se desencadenan de la causa primera, el Infinito/ Ein-Sof.
Dichas causas y efectos unifican lo material con lo espiritual, designando a lo material como un efecto – consecuencia de lo espiritual.
Lo que sucede en el plano material es consecuencia directa de nuestra voluntad, pensamientos y emociones. Es decir que la realidad se desencadena desde los planos más sutiles hasta los más densos.

Al ocultarse la Luz Infinita, tzimtzúm, surgen los mundos, entendiéndose por mundos el espacio espiritual donde el alma se manifiesta (ver el “El espacio espiritual del Alma”). La realidad desde los planos espirituales – elevados hacia los más concretos – densos (ver “Atzmút, Ein-Sof, Neshamá” ), nos indica la forma en que la realidad se manifiesta. En cambio, cuando se refiere a la percepción de la realidad desde nuestra perspectiva, desde los planos más densos del deseo de recibir/ ratzón lekabel en dirección a los mundos superiores, al deseo de dar/ratzón lehashpía, nos indica el proceso inverso, o sea la toma de conciencia a través de nuestra labor espiritual.

La vida y la realidad son un todo indivisible de causas y efectos. Los estratos materiales de la realidad reciben su vitalidad de los estados superiores – espirituales. Pero para que los estratos materiales reciban la realidad armónicamente deberán elevarse a los planos superiores y no limitar la realidad a ellos mismos. Cuando transformamos nuestro egoísmo en altruismo nos elevamos a un grado superior, ya que trascendemos los límites de nuestro yo para entender al otro.
El hombre siempre se encuentra en un plano intermedio ya que recibimos y también damos, y por encima de toda la realidad está la raíz y fuente de la vida el Kadósh Barúj Hú, EL UNICO que sólo da, ya que de quién va a recibir?

El Rabino y Sabio Kabalista Iehudá Leib haLevi Ashlag nos enseña que hay 4 grados en nuestro deseo de recibir:

a) Quien recibe por el mero hecho de recibir.
Este es el estado más denso de la realidad en el cual nuestro deseo de recibir se traduce en egoísmo puro. En este estado el hombre está centrado en sí mismo sin dar la más mínima importancia a las consecuencias de sus actos.

b)Quien da para recibir algo.
Este estado es superior al anterior, ya que a pesar de haber un interés el hombre comienza a expandir su realidad, dado que comienza a pensar y tener conciencia de su semejante. Es el primer grado del deseo de dar / ratzón lehashpía.

c) Quien da y siente satisfacción en que el otro reciba.
Este estado es incalculablemente superior al anterior, ya que quien alcanza dicho nivel de altruismo en sus actos, logra vencer su egoísmo y expandir su realidad a todos los aspectos de la vida. Es como el corazón que sólo desea impartir vitalidad a todo el cuerpo. Es el segundo grado del deseo de dar, ya que ahora no espera recibir nada a cambio, pero desea dar a su manera. Es decir, que aún hay cierto grado de deseo de recibir no resuelto, ya que piensa en el otro pero de acuerdo a la forma en la que él quiere dar.

d) Quien recibe para dar.
Este estado es la perfección y resolución de todos los estados de la realidad y la vida. Cuando el hombre logra este grado del deseo es como la mente que sabe recibir todo lo que le sucede al cuerpo y ubicarlo en su justo lugar. Es el tercer grado del deseo de dar. El hombre que llega a este grado es capaz de recibir todos los aspectos de la realidad y orientarlos hacia el bien colectivo. En el estado anterior el hombre logra vencer su egoísmo mientras que en éste también concretiza el objetivo de la Creación, ya que el Kadósh Barúj Hú manifiesta la Creación para que recibamos toda Su plenitud, de la misma forma en que un hombre y una mujer crean su familia para darle a sus hijos lo mejor de sí.

En la realidad y la vida no hay casualidades sino causalidades, causas y efectos que se encadenan sin dejar espacio para el azar.
Debemos ver la sabiduría que hay detrás de cada aspecto y hecho de la vida. Nos enseña la Torá que el Kadósh Barúj Hú todo lo hizo con Sabiduría / Jojmá y descubrirla es el objetivo de la vida, ya que la verdadera Sabiduría es el arte de transformar nuestro egoísmo / ratzón lekabel en altruismo / ratzón lehashpía.
El vocablo arte, en hebreo omanút, proviene de la raíz amén, al igual que lehitamén /entrenarse en la generosidad y la entrega, oménet /nodriza, quien da de sí misma, imún / entrenamiento y emuná, que se traduce insuficientemente como fe.

Emuná es el entrenamiento en el conocimiento espiritual. Emuná es la base del trabajo espiritual de Israel y tiene dos aspectos que la conforman: emuná simple (pshutá), y emuná con conocimiento (shebedáat). La emuná es como el amor que no mide ni limita; pero que no puede subsistir sino es alimentado por el conocimiento. Cuando realmente hay amor hay entrega, fundiéndome y unificándome con quien amo. Para poder hacerlo debo conocer en profundidad a quien amo para brindarme de acuerdo a su necesidad y deseo. Entonces, ese amor es completo. De aquí que la emuná de Israel es un entrenamiento constante en la generosidad, la entrega y el dar para servir al prójimo y a la sociedad y ser Uno con el Uno sin segundo.

El artista, en hebreo omán, es quien perfecciona su instrumento para dar y entregar de sí en la forma más perfecta y armoniosa posible. En este perfeccionamiento hay dos aspectos, uno exterior: su obra, y otro interior: su deseo, su intención y voluntad, su Neshamá.
El arte del pueblo de Israel no consiste en una búsqueda de la belleza estética, sino que es la materialización del deseo del alma por la paz y la armonía. En el arte judío lo estético aislado no tiene un valor trascendente. Cada elemento es resaltado y valorado sólo en relación al objetivo total que es la fusión de nuestra voluntad con la Voluntad Superior: el Kadósh Barúj Hú, a través de la aplicación de las leyes objetivas codificadas en la Torá.
Toda manifestación que lleve al hombre a dicho objetivo es arte judío. Para ello el artista debe entrenarse en su entrega /ratzón lehashpía, y corresponde que estudie conjuntamente con su arte (donde su ratzón lekabel se encuentra) las leyes que rigen la vida y la creación a fin de hacer su trabajo concientemente y en la dirección correcta. Es así que dicho artista logra la armonía del deseo, como fue explicado al principio del capítulo en el item d), es decir recibir para dar.
El arte judío, nuestra emuná y omanút es el proceso de realización y concretización de esa perfección que abarca todos los estratos de la existencia. El arte judío es fundamentalmente una forma de vida.

El Rey David , Betzalel y el Rey Salomón, cuando crean música, poesía y arquitectura respectivamente, nos enseñan y transmiten qué es el arte judío por excelencia, y ésa es nuestra fuente. Este arte ha sido cultivado por el pueblo de Israel, aunque no siempre con conciencia colectiva, es decir a nivel de todo el pueblo. Esto se debe a la dispersión que sufrimos por casi veinte siglos. Sin embargo, y a pesar de ello, no olvidamos jamás nuestro centro inamovible en el cual confluyen la unidad indivisible de la Torá de Israel, el Pueblo de Israel y la Tierra de Israel.
El fortalecimiento de esta unidad es el entrenamiento constante y la base de la emuná de Israel, arte judío por excelencia, lo que lo hace universal y lo acerca gradualmente a la raíz de todo lo creado: el Infinito/Ein-Sof.

*En hebreo el término Profeta / Naví proviene del verbo entender, discernir, inteligir…/ lehavín , el cual se relaciona con la sefirá Biná.
El Profeta es quien discierne en los grados superiores de la Jojmá / Sabiduría, a través de la sefirá Biná (ver cap. “El árbol de las Vidas”). En cambio el Sabio/Jajám, discierne a través de la sefirá Jojmá. Nuestro Profeta interior, la Neshamá, capta la realidad superior, pero de acuerdo a nuestro grado de Sabiduría, así será nuestro discernimiento. Por eso nuestra tradición nos enseña que un Sabio es preferible a un Profeta.

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