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La Armonia Universal
La armonía universal
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El triunfo de la Luz

« Moshé asciende a través del Monte Sinaí a unirse al Kadósh Barúj Hú para luego darle a los hombres un código universal, una fuerza civilizadora, la Torá. Los dioses griegos, inclusive los dioses categóricos y filosóficos de Aristóteles, descienden del Olimpo y actúan en forma completamente contraria al ideal de sociedad y familia que nos propone la Torá »

El monte Sinái versus el Olimpo Januká: El conflicto entre la voluntad altruista y la especulación filosófica

Micro y macrocosmos
La humanidad es análoga a un gran cuerpo compuesto por distintos órganos, cada uno con diferentes funciones pero con el objetivo común de servir al bienestar del hombre. El hombre está sano cuando cada célula de cada órgano trabaja para que éste pueda servir al cuerpo. En cambio, si una célula se desliga de su función y responsabilidad con respecto al órgano al cual pertenece y trabaja para sí, descuidando su relación con el resto del cuerpo, ello afectará a todo el sistema debilitando también a la propia célula que generó dicho desequilibrio.

Aquél que produce más y aquél que produce menos son iguales en tanto sus corazones estén dirigidos hacia el cielo.
Talmud de Babilonia,tratado Brajót pag.17a

La raíz de los conflictos
Toda cultura y civilización cumple una función en el contexto del gran cuerpo de la humanidad. Cada individuo tiene una función irreemplazable dentro del «órgano» al cual pertenece. Los conflictos entre diferentes pueblos y civilizaciones son similares a un cuerpo enfermo. Cuando el deseo de recibir egoísta induce a un individuo o a un grupo a pretender que el «órgano» al cual pertenece es el único válido, está actuando en contra de la ecología espiritual, o sea de las leyes con las cuales el Kadósh Barúj Hú manifestó la Creación.

La armonía universal
Cuando todos los pueblos se unen con la intención de beneficiar al gran cuerpo que conforma la humanidad, todos reciben por igual: uno produce materia prima, otro la desarrolla, y así sucesivamente. Cada ser, comunidad, nación, etc., aporta de acuerdo a su verdadera naturaleza y vocación y de esa forma comparte todo y se unifica en torno al objetivo común: el bienestar del hombre. Es así como cada ser humano, sociedad, cultura y civilización, logra expresar su potencial en forma constructiva de acuerdo a sus características. Sólo así podrá surgir el bien que conduce a la armonía universal.

El desafío
La conmemoración de Januká desafía a cada generación a tomar conciencia de la disyuntiva que a menudo buscamos evitar: la confrontación entre el sistema judío de pensamiento y de vida y el sistema occidental producto de la filosofía y la percepción griega politeísta de la realidad.
El primer encuentro entre ambas culturas fue bélico y ocurrió durante la época de nuestro segundo Templo, al conquistar los ejércitos griego-siríacos todo el Medio Oriente incluyendo la tierra de Israel. Militarmente nuestro pueblo no tenía con qué contrarrestar la fuerza del Imperialismo Helénico, potencia dominante en la época. A pesar de ello, el pueblo de Israel se negó a renunciar a su mundo espiritual.

Qué celebramos en Januká
Muchos son los motivos por los cuales celebramos Januká:
La victoria en la guerra ante el Imperialismo Helénico, la reinauguración del Templo de Jerusalem, el triunfo de nuestro sistema espiritual ante la imposición del politeísmo griego, el triunfo de la Luz ante la estática estética de la estatua de piedra.
Todas las conmemoraciones del pueblo de Israel nos ayudan a enfrentar el presente y proyectar el futuro y no son una simple reseña del pasado. La sabiduría de Israel no es un museo el cual visitamos esporádicamente. La Torá, la fuente de la sabiduría judía, es el instrumento que ayuda al hombre a lograr una lectura lúcida y objetiva de su vida, ya que nos enfrenta a nuestros deseos y nos da los elementos para relacionarnos sabiamente con el prójimo y la realidad.

La percepción filosófica de la realidad
La dominación del Imperio Griego no era sólo física, militar y económica, sino también cultural. Luego de imponerse en Europa, prácticamente todo el mundo asiático se había doblegado ante su influencia e imposición, adorando a sus dioses. La percepción y concepción griega de la realidad, como la de muchas otras culturas y corrientes filosóficas e intelectuales, están basadas en el efecto que producen en el hombre las impresiones emocionales e intelectuales desligadas de la realidad espiritual. Es decir que en vez de ayudar al hombre a entender la vida como un todo, tal como comprende los fenómenos materiales de causa y consecuencia, lo conduce a una ruptura y división entre los planos emocionales e intelectuales del plano espiritual, ética-estética, arte-ciencia, espíritu-materia, etc. Todo ello genera una percepción de la realidad en la cual el hombre tiende permanentemente a adaptar y justificar la realidad a sí mismo, lo que genera un estado general de impaciencia e intolerancia con respecto a la necesidad y comprensión de su semejante, dado que la realidad deja de ser objetiva, todo depende de cómo yo entiendo y siento momentáneamente lo que son las cosas y no cómo las cosas son realmente.
Esta percepción parcial de la realidad incentiva al hombre, y por ende a la sociedad a dividir, parcializar y subjetivizar su comprensión, alejándonos así cada vez más y más de los ideales de la Torá: Shemá Israel HaShem Elokeinu HaShem Ejad.
La cultura griega produjo las bases para todo el pensamiento occidental. Para dicha filosofía, como para el positivista occidental moderno quien sólo admite el método experimental y rechaza toda noción a priori y todo concepto universal y absoluto, su cultura era y es la única posible.

La Torá y la filosofía
El ideal de justicia que la Torá propone alcanzar es “lo mío es tuyo, y lo tuyo es tuyo”, lo cual educa nuestro deseo hacia el altruismo y a amar al prójimo como a sí mismo. Por el contrario, la percepción griega de la realidad refuerza “lo mío es mío y lo tuyo es tuyo” generando así indiferencia hacia las necesidades del prójimo y la sociedad y un aparente respeto hacia el prójimo, lo cual incentiva el egoísmo y finalmente destruye el respeto.
La sabiduría de la Torá, como la de cualquier otra forma de conocimiento, es efectiva cuando la llevamos a la práctica y no cuando sólo queda en el plano ideal. Por dicha razón el estudio de la Torá como una forma de conocimiento conceptual, una filosofía, no fue prohibido por los griegos, sino que lo prohibido era el estudio que llevaba a la práctica. Los griegos conocían sólo la filosofía, por eso cuando se trataba de lo verdaderamente espiritual, el bien colectivo, el altruismo, todo quedaba en el plano conceptual y abstracto: lo bello, el bien, etc. En cambio, cuando se trataba de justificar sus deseos eran muy prácticos. La conclusión a la que arribaron fue que sin prohibir la práctica de las mitzvót no cabía la posibilidad de que los judíos se asimilen a su cultura. Al no poder quebrar el espíritu de nuestro pueblo, dado que el judaísmo como vimos está basado en una educación que fortalece constantemente la voluntad altruista y comprendiendo que nuestra vida estaba y está basada en un comportamiento diario (mitzvót) y no sólo en pensamiento abstracto separado de la acción, comenzaron los decretos.

La imposición Helenista
Los conquistadores griegos prohibieron mediante pena de muerte a todo “transgresor”, el cumplimiento de 3 mitzvót:
1) Shabat.
2) La conmemoración del comienzo de cada mes en el Templo (Rosh Jodesh).
3) La circuncisión.
Mediante el cumplimiento del Shabat y el comienzo del mes (Rosh Jodesh) el hombre se libera de la tiranía del espacio, el materialismo y la mecanicidad del tiempo.
Mediante la Circuncisión y la limitación sobre sus instintos, el hombre se libera de la tiranía de los deseos inferiores y egoístas.

El estudio de la Torá
La Torá nos des-cubre las leyes que rigen los diferentes planos de la Creación sólo cuando confrontamos lo que estudiamos con el desafío de llevarlo a la práctica. Sólo así el hombre libera su mente de la especulación sin objetivo. Son precisamente las mitzvót, esas acciones concretas las que liberan el alma de la soberanía de la materialidad a la cual el sistema politeísta griego induce.
El verdadero desafío al cual Januká nos enfrenta fue y es : la superación del egoísmo y por ende de la especulación mental que sólo tiende a justificarnos constantemente. La Torá y las mitzvót le brindan al hombre un sistema que lo entrena permanentemente en transformar sus instintos, emociones, pensamientos y deseos en altruismo.

El monte Sinai versus el Olimpo, judaísmo versus politeísmo.
Moshé asciende a través del Monte Sinaí a unirse al Kadósh Barúj Hú para luego darle a los hombres un código universal, una fuerza civilizadora, la sabiduría contenida en la Torá. Los dioses griegos, inclusive los dioses categóricos y filosóficos de Aristóteles, descienden del Olimpo y actúan en forma completamente contraria al ideal de sociedad y familia que nos propone la Torá. El confrontamiento con la idolatría no era nuevo para el pueblo judío. Abraham Avinu, el iniciador del pueblo de Israel, comprendió miles de años antes la dificultad y las debilidades del hombre en su camino espiritual; siendo aún un niño destruyó las estatuas de Téraj, su padre, quien se encontraba inmerso en la idolatría reinante. La representación de imágenes fija la realidad en un momento histórico, a una estética, a una determinada cosmovisión.
El impedimento de darle forma material a la realidad espiritual nos exige sobreponernos a las propias limitaciones mentales y emocionales, y así des-cubrir lo universal. La imagen parcializa y proclama la independencia de lo particular y pasajero en vez de elevar e integrar la individualidad a lo universal. Abraham Avinu des-cubre que la aparente multiplicidad de seres y aspectos que conforman la realidad, tanto de orden material-sensorial como espiritual, son diversos grados de una misma y única Realidad Infinita, denominada en el lenguaje interior de la Torá: Ein – Sof.
Dicha Realidad es generada por la Esencia Creadora, la cual es llamada en dicho lenguaje espiritual: Kadósh Barúj Hú, HaShém, Atzmút, etc.

Conclusión
De todos estos enfrentamientos, inclusive entre judíos, a causa de los colaboracionistas helenistas, restó un pueblo luminoso, vencedor y reforzado. Sin embargo, nosotros no festejamos una victoria física con grandiosas prosesiones. Nosotros nos alegramos y recobramos un triunfo espiritual con luz. El Creador Infinito da Vida a los mundos con su Luz Infinita, proyectándola desde Si Mismo. El envía y emana Su Luz, para revelarla en este mundo material. Nosotros encendemos Luz a fin de manifestarla en nuestras vidas a través de acciones concretas. Cada mitzvá que el hombre realiza lo hace apto para recibir nuevos grados de la Luz Infinita contenida en la Torá:“kí ner mitzvá ve Torá Or”, la vela es la mitzvá y la Torá su Luz.
Para revelar Luz hace falta implementar las situaciones que la revelen, y cada uno llena su vida, de acuerdo a su deseo, conocimiento y conciencia. La Luz es la realidad en sí misma, en tanto que la oscuridad, ausencia de la Luz, es un espejismo, una ilusión. No debemos luchar contra la oscuridad sino poner Luz en nuestros actos.

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