Festejando
Shavuot
Sobre el origen Divino de la Tora
+100%-

El Origen Divino de la Torá II

Del Origen Divino de la Ley Oral (por Rab Simjá Cohen)

En la introducción a su obra Mishné Torá escribe RaMBaM: “Todas las mitzvot le fueron dadas a Moisés en el monte Sinaí, con su correspondiente significado, como está escrito: “Y te doy las tablas de piedra, la Torá y la mitzvá; la Torá es la Ley escrita y la mitzvá es la Ley oral”. Antes de su muerte Moisés puso por escrito toda la Torá. Le dio un libro a cada una de las tribus, y otro libro fue puesto en el Arca para todo tiempo… No puso por escrito la mitzvá, que es la explicación de la Torá, pero la enseñó a los ancianos, a Iehoshúa y a todo Israel”.

¿Por qué no la puso Moisés por escrito? ¿Por qué nos dio D-s parte de la Ley por escrito y su interpretación general en forma oral?

Si examináramos los métodos de enseñanza de las distintas instituciones educacionales veríamos que la instrucción se basa, usualmente, en material escrito al que se le agrega una explicación oral. La lección escrita no puede, por sí misma, presentar la substancia de un modo totalmente carente de ambigüedad, ni puede agotar efectivamente todas las posibilidades que ofrece la explicación oral. Por consiguiente, nuestra Ley nos fue dada del modo más efectivo combinando los preceptos escritos concisamente con una amplia y detallada explicación oral tendiente a ilustrar la implementación de los preceptos en uso.

Además, puesto que la nuestra es una Ley viva, que liga al judío a cualquier sociedad en la que viva, aquélla debe ser claramente entendida a la luz de las civilizaciones cambiantes y las distintas sociedades. ¿Qué requiere la Ley en distintos sistemas de comercio, cómo nos orienta para vivir en una era tecnológica de avanzada, cuál debe ser nuestra posición moral en vista de los efectos del avance tecnológico sobre la sociedad? Por ejemplo:

a) ¿Cuál es la actitud de la Ley respecto de la polución ambiental, los derechos de privacidad o los precios exorbitantes?
b)¿Cuál debe ser nuestra actitud hacia los numerosos artefactos eléctricos? ¿Puede el hígado ser asado sobre un artefacto eléctrico en lugar de serlo sobre fuego? ¿Puede cumplirse el precepto de la bendición después de la comida haciendo uso de un micrófono? ¿Los platos de carne o leche tratados químicamente son casher?

Para la Historia

Aun cuando la explicación hubiese sido puesta por escrito, habría sido necesario agregar, con el correr del tiempo, nuevas interpretaciones. Y así fue como Rabí Iehudá Hanasí decidió que la Ley Oral debía ser registrada pues “es tiempo de realizar la obra de D-s y difundir Tu Ley” (Berajot LIVa). Recopiló todas las leyes existentes hasta fines del siglo II de la era actual y le dio a esta colección el nombre de Mishná. Con la ayuda de esta obra la gente de su generación pudo estudiar la Ley y recordarla más fácilmente. Pero pronto resultó obvio que esa explicación era solo apropiada para su generación.

Las explicaciones de la Mishná requirieron trescientos años en ser compiladas y son conocidas con el nombre de Talmud. Rabina y Rav Ashi, que lo organizaron y completaron, confiaron en que sirviese como una clara exposición de la Ley para los estudiosos de su generación y las siguientes. Pero el Talmud tuvo que ser interpretado ya para la siguiente generación y de este modo, los comentarios de los Gueonim y los Rishonim fueron anexados a él.

En la introducción a su Mishné Torá, compilada en 1180 e. a., RaMBaM escribe: “En ese tiempo hubo muchas aflicciones y nuestros problemas inmediatos ensombrecieron todo lo demás, y la sabiduría de JaZaL (sabios) se perdió, y el conocimiento de nuestros eruditos se tornó oscuro. En consecuencia, las interpretaciones, leyes y respuestas escritas por los Gueonim, que parecían perfectamente claras, se tornaron difíciles de entender y solo unos pocos pueden interpretar correctamente su sentido. Obviamente esto es también cierto respecto de los comentarios sobre el Talmud jerosolimitano, el babilónico, Sifra, Sifre y la Tosefta, que requieren conocimiento, reflexión e inteligencia, además de mucho tiempo para estudiar en ellos qué está prohibido y qué permitido, como así también los demás preceptos de la Torá. Por esta razón me animé a mí mismo, yo, Moisés Ben Maimón, el sefaradí, y tomando fuerzas de D-s estudié todos esos libros y decidí compilar lo que he entendido de ellos respecto de lo que está prohibido y lo que está permitido, de modo que haya aquí una Ley oral completa, comprensible para todos, sin necesidad de cuestionamientos ni disecciones”.

En el año 1565 apareció la primera edición del Shulján Aruj, escrito por Rabí Iosef Caro, quien se basó en los estudios de los Rishonim, los Gueonim, los Amoraím, los Tanaím y así sucesivamente hasta Moisés (Séfer Haikarim III, 23).

Durante nuestro siglo XX el Jafetz Jaím compiló la Mishná Berurá. Este libro es un compendio de las decisiones halájicas de nuestros sabios de bendita memoria respecto de todos los aspectos de la vida cotidiana. En la introducción a su obra el autor escribe: “Estudiar cada precepto del Shulján Aruj, tanto en su sentido llano como en el más profundo, desde el Tur y Bet Iosef, puede ser ahora muy dificultoso para una persona porque en nuestra gran iniquidad la cantidad de creyentes se ha reducido en tanto que nuestras ansiedades se han acrecentado, de modo que si una persona desea efectuar este estudio para aprender cabalmente un tema simple debe trabajar en él unos cuantos días y, en ocasiones, hasta varias semanas…” No cabe duda de que si RaMBaM y el autor del Shulján Aruj hubieran podido ver la Mishná Berurá, la hubieran aprobado, al igual que lo hubieran hecho Rabí Iehudá Hanasí y todos los tanaítas y amoraítas que compilaron el Talmud, aun cuando no hubiesen juzgado necesario redactar una obra así en su generación.

Muchos lectores seguramente sabrán que desde que la Mishná Berurá fue escrita se publicaron otros libros basados en esta obra y en las resoluciones de grandes rabinos contemporáneos, que contienen nuevos temas y dictámenes que surgieron desde entonces y que continúan apareciendo cada año.

De esta revista histórica, entonces, resulta claro que a pesar de que la Ley oral fue registrada, eventualmente, permaneció, básicamente, como una tradición oral totalmente distinta de la Ley escrita. Todo lo que ha sido consignado después del cierre de la Torá es considerado como Ley oral, la que sigue siendo expuesta actualmente. Todo aquél que se dirige a un rabino o a un maestro respecto de algún problema contribuye a la continua creación de la Ley oral. Se entiende, también, que muchos de esos asuntos exigen un estudio cuidadoso de lo que fuera escrito por las generaciones anteriores y una explicación pormenorizado en una forma comprensible para nuestra generación.

Más aún, al poner a consideración actualmente nuevas cuestiones cumplimos el precepto de la Torá consignado en Devarim XVII, 8-11: “Cuando alguna causa te fuera oculta en juicio entre sangre y sangre, entre causa y causa, y entre llaga y llaga, en negocios de litigio en tus ciudades; entonces te levantarás y recurrirás al lugar que el Señor, tu D-s, te escogiere. Y vendrás a los sacerdotes y levitas, y al juez que fuere en aquellos días, y preguntarás; y te enseñarán la sentencia del juicio. Y harás según la sentencia que te indicaren los del lugar que el Señor escogiera, y cuidarás de hacer según todo lo que te manifestaren. Según la ley que ellos te enseñaren, y según el juicio que te dijeron, harás: no te apartarás ni a diestra ni a siniestra de la sentencia que te mostraron”.

Manual de la Mitzvá

La explicación que nos fuera dada por D-s con la Torá nos capacita para comprender Su intención y nos orienta de tal modo que podemos cumplir los preceptos en la actualidad. Sin esta explicación no entenderíamos, en realidad, la intención subyacente de gran parte del texto, ni sabríamos cómo llevar a la práctica los preceptos de la Torá.

Por ejemplo, entre las instrucciones para sacrificar una res se consigna: “… matarás de tus vacas y de tus ovejas que el Señor te hubiera dado, como te he mandado Yo, y comerás en tus puertas…” (Devarim XII, 21). Pero en ningún lugar de la Torá se explica con precisión cuál es el lugar del cuerpo escogido para efectuar el sacrificio del animal. En ningún lugar de la Torá se discute este tema, a pesar de que el texto afirma: “como te he mandado”. ¡El precepto fue transmitido en forma oral, y no por escrito!

En Devarim XXII, 13-29, leemos que una joven prometida que transgrede no recibe el mismo castigo que una mujer casada que incurre en el mismo pecado. Pero en ningún lugar de la Torá se definen con precisión los términos compromiso y casamiento. El alcance y significado de estas dos palabras a las que alude la Torá fueron dados oralmente.

También hay versículos que parecen contradecirse mutuamente. En Vaikrá XII, 15: “Sietedías comerás ázimos y en Devarim XVI, 8: “Seis días comerás ázimos”. De la Ley Oral entendemos que la comida de ázimos es obligatoria el primer día, pero no los seis días siguientes.

De modo semejante sabemos por la Ley Oral que el precepto sobre la “cidra” en Sucot se refiere al Etrog, ya que conocemos qué son, exactamente, las aristas y sinuosidades laterales que la Torá prohibe sean dañadas. Asimismo el versículo “y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos” (Devarim VI, 8) indica que las filactelias o tefilín deben ser colocadas en el brazo y la cabeza. Sin la explicación oral no sabríamos qué es la “señal”, qué debemos atar o en qué lugar del brazo o cabeza colocarlas.

Rabí Shimshón Refael Hirsh compara la relación entre la Ley oral y la escrita con la existente entre los apuntes tomados durante una disertación y la disertación misma. Los apuntes taquigráficos le resultan suficientemente claros al que ha escuchado la disertación, pero le pueden resultar incomprensibles al que no la ha oído. Las pocas palabras, letras o signos son suficientes para recordarle al primero la progresión de ideas y comentarios de la disertación, pero para el último constituyen solo un rompecabezas.

Como hemos visto, solo una comprensión total de la Ley escrita puede capacitarnos para profundizar sus requerimientos e instrucciones. El problema que le sigue es, naturalmente, qué cualidades son necesarias para estar en condiciones de lograr este conocimiento de la Torá. Para obtener una respuesta debemos efectuar un paralelo con la disciplina de la poética, a la que D-s se refiere en la Torá.

En Devarim XXXI 19, leemos: “Ahora, pues, escribíos este cántico y enséñalo a los hijos de Israel; ponlo en boca de ellos para que este cántico Me sea por testigo contra los hijos de Israel”.

D-s le ordena a Israel copiar la Ley que El dio oralmente y en Su precepto se refiere a la Ley como un cántico, es decir, poesía. El análisis de la poesía es una materia enseñada en muchas escuelas y en distintos niveles. Una persona que no tiene sensibilidad poética la considerará carente de importancia. Pero quien sí la posee comprenderá el tema y aprenderá mucho de la estructura de los versos, la rima y la forma en la cual se expresa el tema del poema. Los poemas son distintos a los ensayos y los relatos, pues están escritos en un estilo peculiar y sólo aluden al tema que tratan. El análisis de la poesía nos hace deducir las aplicaciones, obtener un panorama claro del tema abordado y observar la actitud del poeta (HaNaTziv en su introducción al comentario sobre la Torá, Haémek Davar).

Veamos si una persona de cierto país puede ser capaz de analizar la obra del poeta nacional de otro país. Lo primero que le hace falta es un sentimiento natural por la poesía, o adquirido a través del estudio. Aún cuando se lo considerase una autoridad en Poética, tendría que estudiar el idioma del poeta. Su comprensión se vería enriquecida, ciertamente, por el conocimiento de la historia, sociología y geografía de su país, su infancia, educación y aspecto. Además, debe leer permanentemente las obras del poeta.

En todos los campos hay expertos cuyas opiniones deben ser conocidas porque desarrollan un entendimiento instintivo de su materia como resultado de su permanente y esforzado estudio. Esto es aún más cierto en el caso del estudio de la Torá. El conocimiento completo de la Torá no consiste sólo en conocer lo escrito actualmente, aunque para ello uno deba concentrar todas sus facultades para adquirir el vasto conocimiento contenido en los veinticuatro libros de las Sagradas Escrituras. El conocimiento cabal consiste en comprender el sentido de la Torá, esto es: como resultado de su vasto conocimiento de la Torá, una persona ilustrada percibe intuitivamente el sentido de los preceptos de D-s. Cuando ha absorbido todas las instrucciones de la Torá se vuelve naturalmente capaz, con la ayuda de su experiencia e instintos adquiridos, de ponerlas en práctica. La concentración total no le es suficiente, al estudiante, para adquirir ese instinto. Esto le exige la entrega total de todo su ser. Solo aquél que posee la cualidad de la dedicación íntegra a sus estudios puede ser considerado una autoridad en la Ley y merecer el título de “sabio”. Los sentidos e instintos de este hombre han sido agudizados y su ser interior ha adquirido la capacidad de entender las sutiles diferencias en las palabras de la Torá y sus leyes.

Nuestros sabios poseían estas cualidades. Es interesante leer, en este sentido, las palabras del historiador Flavio Josefo al final de su libro “Antigüedades de los judíos”:

Nosotros, los judíos, no reverenciamos a aquéllos que conocen distintos idiomas y pueden mejorar su habla, dado que éstas son cosas que cualquiera puede hacer; no sólo los hombres libres sino incluso los esclavos liberados lo saben. Los únicos a los que llamamos sabios son aquéllos que poseen un total conocimiento de la Torá, que pueden explicar e interpretar la Biblia de acuerdo con su sentido y palabras. Si bien hay muchos que trabajan y se esfuerzan por estudiar la Torá, solo dos o tres han alcanzado este grado de perfección.

Además, la Torá es esencialmente un código que orienta e instruye al hombre en todo lo que hace, y no siempre en la forma en que su naturaleza lo dirige o induce. Por consiguiente, la capacidad de estudiar la Torá y entender su sentido puede darse solo en un hombre preparado de antemano para practicar todo lo que le demanden sus investigaciones, aunque ello atente contra su cuerpo, su alma o su propiedad. Una persona que pone reparos instintivos para cumplir la Ley o cualquiera de sus preceptos, dejará a menudo de entender correctamente estos preceptos.

Fuente Insondable

Además de las instrucciones específicas respecto de cómo cumplir los preceptos, nuestros sabios eran capaces de obtener de los pasajes de la Torá la necesaria orientación acerca de cómo conducir sus vidas en asuntos que parecieran no tener una relación directa con el tema en discusión.

La Guemará (tratado Guitín LVI) habla de Rabí Iojanán Ben Zakai, quien abandonó Jerusalén para reunirse con Vespasiano, que pusiera a la ciudad bajo sitio. Cuando Rabí Iojanán vio a Vespasiano, exclamó: “¡Salud, rey!” Vespasiano respondió: “Usted se hace pasible de ejecución por llamarme rey cuando, en realidad, no lo soy”. (Si Vespasiano no lo hubiese castigado, él mismo se expondría a ser acusado de rebelión contra el reino.) Rabí Iojanán respondió: “Usted será rey, pues de lo contrario Jerusalén no sería suya, como está escrito: Y el Líbano caerá con gran fuerza (Ieshaiahu X, 34), y no hay fuerza sino en un rey, como está escrito: “Y de en medio de él saldrá su príncipe” (Irmiahu XXX, 21), y no hay Líbano más que el Templo, según reza Devarim III, 25: “Aquel buen monte y el Líbano”.
La misteriosa declaración de Rabí Iojanán al rey sólo puede ser comprendida cuando se la explica con las mencionadas citas de Ieshaiahu, Irmiahu y Devarim. Líbano significa Templo Sagrado, pues los sabios dan a entender que el “monte y el Líbano” significan Jerusalén y el Templo Sagrado; “gran fuerza” no puede significar otra cosa que un rey, de acuerdo con la explicación tradicional de las palabras de Ieshaiahu e Irmiahu, dado que en ambos lugares se utiliza el mismo término. Así, Jerusalén (el Líbano) caerá solo ante un rey (“con gran fuerza”); por lo tanto, Vespasiano, el conquistador de Jerusalén, será rey. Las palabras de Rabí Iojanán revelan cómo nuestros sabios de bendita memoria profundizaron las Escrituras con la ayuda de la tradición oral.

En el tratado talmúdico Ketuvot LXXVII hay un relato acerca de Rabí Iehoshúa Ben Leví, quien deambulaba entre gente que sufría de graves enfermedades contagiosas sin importarle su propia salud porque entendía que el versículo: “como cierva amada y graciosa corza” (Mishlé V, 19)signíficaba que la Torá protege a sus estudiosos.

Estos dos ejemplos fueron tomados de entre muchos casos mencionados en el Talmud, en los que los sabios aplican sus estudios a asuntos prácticos. Resulta claro que esos amoraím y tanaim no tenían la menor duda acerca de la veracidad de interpretaciones de la Torá debido a que su experiencia se basaba incuestionablemente, en ellas.

Nuestros sabios de bendita memoria también registraron discusiones científicas que mantuvieron con los estudiosos de que eran por aquellos días reputados como los más sabios en ciencias. Las explicaciones de nuestros sabios respecto de los fenómenos de la naturaleza se basaban, a menudo, en interpretaciones de versículos de la Biblia. Nunca dejaron de sorprender a los sabios griegos. El profesor Alvin Radkowski, el renombrado físico atómico, ha dicho que “no hay mejor ejercitación para un científico que el estudio del Talmud. El razonamiento de los sabios del Talmud es muy científico. Utilizan los principios científicos para reflexionar sobre los problemas y resolverlos. Creo que ante todo un hombre de ciencia debe saber cómo formular, las preguntas correctas y desde este punto de vista no hay nada como el Talmud, que está lleno interrogantes y problemas difíciles” (Maariv, 1 de octubre de 1972).

El Talmud es una fuente insondable de información, el único libro de historia que es estudiado a diario, tanto en días hábiles corno festivos, por numerosa gente de profesiones diferentes. Tal devoción solo puede ser explicada por la enorme validez y continuidad de la original interpretación de la Torá que fuera transmitida de sabio a sabio hasta nuestros días.

Rab Simjá Cohen

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top