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El espacio espiritual del alma
Los estados del alma
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El espacio espiritual del alma

« Los hijos entienden a sus padres cuando ellos mismos se transforman en padres. El hombre comienza a entender al Creador cuando él mismo se transforma en creador, es decir cuando da »

Observamos en nuestro ” mapa ” (ver diagrama No. 4 ), que la raíz del alma está en el Infinito/Ein – Sof, como nos lo transmite la Sabiduría de la Kabalá :

Previo a la Creación, la plenitud de la Luz Infinita llena toda la realidad no habiendo espacio para que el vacío ni la necesidad se manifiesten (“Etz Jaím”).

A nivel de nuestra percepción diríamos que la plenitud satisface todos nuestros pensamientos, emociones y deseos, de modo que no queda ningún otro aspecto de la realidad que pueda surgir y atraer nuestra atención. Antes de que surja cualquier deseo o voluntad, la plenitud de la Luz Infinita lo colma, tal como sucede con el feto en el vientre materno que recibe alimento y calor antes de desearlo. Estaríamos plenos, sin conciencia del deseo, ya que antes de que surja cualquier deseo la plenitud lo llena. Es como la historia del príncipe que vive en el palacio de su padre, el rey. Al príncipe nada le falta. Todo lo del rey es suyo, pero él no es el rey. Luego, y continuando con el texto del “Etz Jaím”, surge el tzimtzúm/contracción del deseo de recibir la plenitud de la Luz Infinita.

El príncipe desea igualarse a su padre, ser rey, pero para ello deberá dejar el palacio y crear su propio reino. Como consecuencia de la contracción del deseo de recibir/tzimtzúm, la plenitud de la Luz Infinita se oculta dejando un vacío de ella misma.

Ello sucede dado que no hay imposición en el terreno espiritual, por lo tanto el tzimtzúm permite que surja el libre albedrío y podamos optar por la Luz – el bien – por nuestra voluntad, y no por imposición.

Nuestro príncipe se va del palacio y surge el deseo y la conciencia de todo lo que poseía dentro del reino. Ahora el príncipe comienza a comprender a su padre, ya que ante la carencia toma conciencia del valor de todo lo que poseía, y de la gran responsabilidad que implica ser rey. Como resultado del ocultamiento de lo pleno aparece el deseo. El deseo estaba incluído en el estado anterior, pero no tenía la posibilidad de manifestarse, ya que la plenitud infinita colmaba al deseo sin dejarle espacio para que se manifieste. El príncipe en el palacio tenía deseos, pero el rey saciaba todas sus necesidades y el príncipe no tenía conciencia de lo que poseía. Al dejar el palacio surge en el príncipe el deseo de volver a poseer lo que ya era suyo, sólo que ahora es por su propia necesidad y no porque su padre se lo dio.

El estado de Infinito / Ein-Sof incluye la Luz (plenitud) y el deseo de recibir la Luz en equilibrio, pero como la Luz llena el deseo, por consiguiente no lo percibimos. Ello es análogo al verdadero amor que unifica sin dejar espacio para que otro sentimiento lo extinga.

Luego del tzimtzúm/contracción del deseo de recibir, aparecen los dos estados en forma independiente: la Luz – plenitud, y el deseo de recibir la Luz. Después de que el príncipe deja el palacio, surge la nostalgia de su vida anterior. Esa nostalgia es la que mueve al príncipe a querer recuperar dicha realidad. El espacio creado por el deseo, la nostalgia de la Neshamá de recuperar el estado de plenitud / Ein – Sof, es la Creación. La Creación es el proceso gradual que acerca el deseo a la plenitud de la Luz hasta unificarlos nuevamente como en el estado de Infinito/Ein – Sof, previo al tzimtzúm.

¿Cuál es la finalidad de volver a realizar lo ya existente antes de la Creación ? Como vimos: “Previo a la Creación la Luz del Infinito llena toda la realidad”. Este proceso es necesario para la voluntad y deseo de la Neshamá, siendo que en la Luz, en la plenitud, no hay absolutamente ningún cambio ni movimiento. La Luz es completa en sí misma. En cambio, al perder la plenitud de la Luz, el deseo de la Neshamá debe lograr reconstruir el estado de Infinito por su propia necesidad, y no recibir la Luz por imposición como sucede previo a la Creación.

Un ejemplo claro para entender dichos conceptos es la relación entre padres e hijos. Cuando el hijo forma una familia y deja la casa de los padres, aprende a ser independiente y autosuficiente como siempre quisieron sus padres, pasando a ser ésta su propia necesidad y no, como lo era anteriormente, sólo el deseo de sus padres.

” Por eso dejará el varón a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne.” ( Genesis 2:24)

Los hijos entienden a sus padres cuando ellos mismos se transforman en padres. El hombre comienza a entender al Creador cuando él mismo se transforma en creador, es decir cuando da.
El deseo del alma toma conciencia de la Luz cuando la necesita por su propia voluntad y conciencia, y no por imposición. La independencia del deseo con respecto a la Luz genera nuevos espacios espirituales indicados en nuestro “mapa” por los 3 mundos: Briá, Ietzirá y Asiá, que indican los diferentes grados de recepción de la Luz Infinita. Los estratos del alma, también denominados grados de la Luz, señalan los grados de aproximación del deseo hacia la Luz. En el lenguaje de la Kabalá, el deseo es denominado klí y la Luz Or.

Los 5 grados de la Luz/Or y los 5 mundos/olamót que reciben dicha Luz están situados en nuestro “mapa” (diagrama 4) uno frente al otro, indicando así la relación directa de cada grado de la Luz/ Or con su respectivo espacio y mundo.

El tiempo y el espacio sólo se manifiestan a partir de los 3 mundos inferiores Briá, Ietzirá y Asiá. Esto sucede ya que los 2 estratos superiores del alma – la voluntad (Jaiá) y el placer (Iejidá) – se encuentran por encima de la influencia temporal y espacial. Ello se debe a que la voluntad y el placer del alma no dependen de cambios sino que son permanentes. El alma sólo desea unificarse a la plenitud de la Luz como el amor que unifica al hombre y a la mujer para crear y dar de sí mismos. Pero cuando la voluntad y el placer se revisten de pensamientos, sentimientos y acciones comienza el movimiento en pos de la plenitud de la Luz en los 3 mundos inferiores, Asiá, Ietzirá y Briá. Ello produce movimiento a nivel humano, generando así tiempo y espacio.

La Kabalá y el Judaísmo en general, a través del estudio de la Torá y la aplicación de las mitzvót, se basa en el desarrollo de todos estos aspectos orientados hacia el objetivo fundamental: guiar al deseo, la voluntad y el placer del hombre hacia el bien colectivo

“AMARAS A TU PROJIMO COMO A TI MISMO”

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