HALEL
El camino del hombre
La Torá, un proyecto universal
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El Decálogo

« El Decálogo es la síntesis del mensaje judío y nos hace ver, a través de su comprensión, la forma de educar nuestra voluntad y deseo hacia el bien y la armonía universal »

El Decálogo

1) YO (SOY)

2) NO TENDRAS DEIDADES AJENAS

3) NO TOMARAS EL NOMBRE DE EN VANO

4) RECUERDA Y CUIDA EL DIA DE SHABAT

5) HONRA Y RESPETA A TU PADRE Y A TU MADRE

6) NO ASESINARAS

7) NO ADULTERARAS

8) NO ROBARAS

9) NO ENGAÑARAS

10) NO CODICIARAS

Shemót (Exodo) 20:1 y Devarím (Deuteronomio) 5:1

El Decálogo es la síntesis del mensaje judío y nos hace ver, a través de su comprensión, la forma de educar nuestra voluntad y deseo hacia el bien y la armonía universal.

Como ya lo mencionamos, la raíz del mal es el egoísmo, producto de la codicia por lo material-sensorial.
La originalidad de la Torá reside en que nos educa a relacionarnos con el ámbito material-sensorial como un medio para lograr el bien colectivo, y no como sucede generalmente que se lo concibe como un fin en sí mismo.

Previamente a la revelación de la Torá no existía un proyecto universal cuyo objetivo fuese transformar el deseo egoísta en altruismo.
Así como en el plano material la tecnología nos ayuda a canalizar la energía de modo que podamos utilizarla para el bienestar de la humanidad, la Torá nos ofrece la «tecnología» educativa y espiritual para encauzar armónicamente la energía más poderosa de la Creación: el deseo de recibir.

La Torá le brinda al hombre, si éste se educa verdaderamente a través de ella, una conciencia superior que lo mantiene alerta en todos los ámbitos de la realidad para prever y diluir cualquier manifestación egoísta.

Las «Tablas de la Ley» son otorgadas dos veces al pueblo de Israel. En la primera, Israel aún no estaba preparado, siendo cautivado por la idolatría, el becerro de oro (Shemót /Exodo 32:19). La segunda vez, en cambio, el pueblo las acepta y las recibe (Devarim / Deuteronomio 5:1).

Israel en el desierto, como nos pasa muchas veces en la vida, necesitó equivocarse (el becerro de oro) para poder posteriormente recibir las segundas tablas.
Las primeras tablas representan la «medida rigurosa» («midát hadín»), y las segundas la «flexibilización de la rigurosidad» («midát harajamím»), como fue explicado en Sabios.

La primera vez el Kadósh Barúj Hú transmite la Torá directamente, la segunda lo hace a través de Moshé Rabéinu.
Generalmente aceptamos algo cuando nos llega a través de alguien «cercano a nuestra forma de ser». En cambio, la transmisión directa de HaShem [39] o a través de grandes Sabios, «lejanos a nuestra forma de ser», requiere una voluntad y un nivel espiritual muy desarrollados. Para recibir la Torá directamente de HaShem debemos forjar el nivel de voluntad altruista y amor al prójmo de Moshé Rabeinu.

Cuando logramos alcanzar «nuestra índole de Moshé», conseguimos trabajar espiritualmente a través de incentivos interiores, entonces podemos «aproximarnos» a las primeras tablas. Este logro activa en nosotros, guiados por los Sabios, las condiciones que permiten despertar el discernimiento altruista.

En el ámbito de las segundas tablas, en cambio, dependemos de estímulos exteriores, es decir, que alcanzamos ciertos grados de voluntad con la ayuda de guías y maestros, quienes perciben la realidad más objetivamente y por lo tanto pueden trabajar espiritualmente al nivel de las primeras tablas (consultar items 61,62 y 63).

Los Sabios son quienes logran, inspirados e influenciados a su vez por otros Sabios, la voluntad de autoincentivarse. Los entendidos dependen de los estímulos que le proporcionan los Sabios. Los creyentes son quienes dependen, constantemente, de la seguridad que le proporcionan los entendidos y/o los Sabios.

Los verdaderos Sabios de la Torá son aquellos hombres que alcanzaron el grado de altruismo que fusiona su voluntad con la fuente infinita del dar: el Kadósh Barúj Hú.
Cuanto mayor es la voluntad y por lo tanto la automotivación y emuná (ver items 44 y 45), más clara será la comprensión del objetivo implícito en la Creación. En cambio, al haber menos voluntad y perseverancia surgen la inseguridad y la dependencia.

Debemos recordar en todo momento que toda interpretación que conduzca a justificar nuestro egoísmo será siempre una intelectualización limitada de la realidad. Sólo a través del conocimiento espiritual, denominado en hebreo emuná (consultar items 25, 26, 27 y 44) logramos trascender nuestras barreras mentales y emocionales.

Los maestros nos inician y guían activando nuestras cualidades interiores-espirituales que conducen al altruismo. Así el ego, nuestro yo, en hebreo aní, se va integrando gradualmente a nuestro Yo superior, Anojí, donde se encuentra el verdadero deseo, la voluntad e identidad, como lo indica el primer postulado del Decálogo: Yo –Anojí– (Soy)

El maestro es quien ayuda al discípulo a fortalecer su voluntad, para que éste finalmente alcance su independencia espiritual y logre relacionarse con la Sabiduría, Jojmá, por su propia iniciativa. Ello sucede cuando el ser humano está dispuesto a trascender sus deseos egoístas y pasajeros, entonces el plano material-sensorial deja de ser un fin en sí mismo para transformarse en un medio para el bien colectivo. De este modo el hombre alcanza nuevos grados de discernimiento en la «voluntad superior», donde se encuentra, como ya vimos, su verdadera identidad (ver Si lo conociera sería El).

Pero no todos logran rápidamente su independencia espiritual, y es precisamente por esto que dependemos de Sabios y entendidos para relacionarnos con la Sabiduría; pues ellos nos guían hacia los grados superiores de la voluntad y el altruismo donde comenzamos a alcanzar nuestra propia esencia e identidad. Entonces, como dice el profeta Jeremías: “Y no enseñará más ninguno a su prójimo… porque todos Me conocerán”.
Esa es la etapa de real «desarrollo»: la denominada era mesiánica.

[39] HaShem es otra de las denominaciones que se utiliza para nombrar a la Esencia Creadora

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