Estudiando
Devarim
Estudio de los libros de la Torá
+100%-

Devarim

Primer comentario (Rab Daniel Oppenheimer, www.ajdut.com.ar)

Segundo comentario

 Tercer comentario (Selección de comentarios del Lubavitcher Rebe M.M. Schneerson, www.jabad.org.ar)

Primer comentario – ¡Los hombres no lloran!

Itzy y Shloime andaban distraídos por la calle, corriendo delante de sus padres, jugando a ver quién llegaba primero a la esquina. ¡Sucedió lo inevitable! Itzy se cayó y se lastimó. Volvió corriendo hacia su mamá. “¡Me caí!” -exclamaba en medio de sus llantos, mientras la madre lo limpiaba y consolaba: “¡Vamos! ¡Dejá de llorar! ¿No ves que no te pasó nada? ¡Los hombres no lloran!” Itzy “obedeció” y dejó de llorar (por lo menos no sollozaba en voz alta, y no le hacía pasar vergüenza a la madre). Esto le habrá sucedido a Ud. de chico y le volverá a suceder a sus pequeños. La pregunta será: ¿es así? ¿es verdad que “los hombres no lloran?” O, si lo queremos poner en otras palabras: ¿tiene algo de malo llorar, que por esa razón se vuelve motivo de menoscabo y embarazo?

La Torá nos cuenta que los judíos en Egipto sufrían a manos de los egipcios silenciosamente. Llegó el momento que murió el Faraón, aquel que había instituido todos aquellos terribles decretos en contra de los judíos. Fue entonces, que los judíos alzaron sus voces hacia D”s, Quien los escuchó y determinó que era el momento de redimirlos (Shmot 2:23-25).

La pregunta obvia es: ¿porqué los israelitas esperaron la muerte del Faraón para clamar y suspirar? ¿qué relación guarda el deceso del rey con el dolor de los judíos y su decisión de expresar su congoja? Existen distintas respuestas a esta cuestión. El Rav Avraham Twersky (“Growing each day”) responde que hasta ese momento no querían manifestar públicamente su sufrimiento pues sentían vergüenza y timidez de hacerlo (“Los hombres no lloran”). Aprovecharon, pues, el duelo nacional de los egipcios para gemir por su dolor particular sin que “se note” que sufrían.

¿Es incorrecta esta actitud? ¡No! – responde R. Twersky. Llorar por las pérdidas que uno sufrió es perfectamente humano. La necesidad de mostrarse estoico e imperturbable, es un invento de los seres humanos que responde al síndrome del “superman”, que todo lo puede y que existe únicamente en las revistas (en la literatura antigua tenía otros nombres como “Aquiles” que era vulnerable únicamente en su talón y “Sigfrido” que era inerme solamente en su espalda, donde no había llegado la sangre del dragón…).

El Ramá (R. Moshé Isserles) escribió en “Torat Olá”, que cuando el rey Nevujadnetzar vino a destruir el primer Bet HaMikdash (gran templo) , lo acompañó el filósofo griego Platón. Después de la destrucción, Platón encontró al profeta Irmiahu que estaba llorando y condoliéndose amargamente por la pérdida y el estrago. Le hizo, pues, dos preguntas: “1. ¿Acaso corresponde que un Sabio de su jerarquía intelectual esté llorando por un edificio que no es más que un montón de maderas y piedras?, y 2. ¿De qué sirven sus lágrimas ahora, cuando, de todos modos, ya está todo arruinado?” Irmiahu le respondió: “Platón: filósofo de renombre, Ud. sin duda debe tener muchas preguntas sorprendentes.” Platón inmediatamente comenzó a enumerar las cuestiones que lo conmovieron durante toda su vida, una por una. Irmiahu las escuchó y con breves frases respondió humildemente a los enigmas de Platón. “¡No puedo creer que exista una persona tan sabia!” – exclamó Platón asombrado. Irmiahu señaló las ruinas del Bet HaMikdash y respondió: “Toda esta profunda sabiduría la estudié a partir de estas “maderas y piedras”. Ahora, acerca de tu segunda pregunta: “¿Porqué lloro sobre el pasado?”, no te lo puedo responder pues no comprenderás la respuesta”.

El R. Eliahu Lopian sz”l explicó la respuesta de Irmiahu en nombre de R. Simja Zisel de Kelm. La razón por la cual lloramos, no radica en el pasado, sino que, aunque los portales del cielo se cerraron en el momento del Jurbán (destrucción del Bet HaMikdash), los portales de las lágrimas no se clausuraron jamás (Talmud Berajot 32:). Cada lágrima que vertimos, se acumula en el cielo y se suma a la reconstrucción del próximo Bet HaMikdash. Este concepto tan simple que cualquier judío lo puede entender, estaba más allá del alcance “racional” del famoso Platón. (R. Avraham Jaim Feuer shlit”a en su introducción a las Kinot de Artscroll)

A esta altura debemos aprender a diferenciar entre un llanto y otro. La naturaleza del llanto de la gente puede variar enormemente. En la misma Torá encontramos al pueblo sollozar y lamentarse por todo tipo de causas. En primer lugar está la aflicción y el desconsuelo por la pérdida de un ser querido, como ser el caso de la muerte de los hijos de Aharón, en donde Moshé ordenó que el pueblo lamentara su muerte llorando (Vaikrá 10:6). Encontramos otras ocasiones en las cuales los personajes más importantes lloraron al conocer un futuro triste por medio de visiones proféticas, tal como Ia”acov, cuando se encontró por primera vez con Rajel, sabiendo sobre la muerte prematura de ella y Iosef que lloró junto a su hermano Biniamín al vaticinar (ambos) la destrucción del Santuario de Shiló y los dos Bet HaMikdash (Bereshit 45:14). Hay demostraciones de alegría que se manifiestan por las lágrimas, como el caso donde Iosef se encuentra con sus hermanos y se las da a conocer finalmente (45:2). La emoción vuelve a dar lugar a lágrimas, cuando murió Ia-acov y Iosef se percató que los hermanos aún sospechaban de él que tomara venganza en su contra, demostrando así que la herida aún no había cicatrizado.

Eisav lloró exasperadamente, a su vez, cuando se enteró que la bendición que él había creído que había de recibir de su padre Itzjak, le había sido conferida a Ia-acov (Bereshit 27:38). Como pueblo, estas lágrimas que Ia-acov causó a Eisav, las debimos pagar con creces: “Les has dado de comer lágrimas por pan y los has abrevado con lágrimas en abundancia” (Tehilim 80:6). Sin embargo, como veremos, la naturaleza y la causa del llanto de Tishá Ba-Av es muy distinta. Cuando nos referimos a Tishá Be-Av, sumamos todas las consecuencias nefastas de la destrucción del Bet HaMikdash en la forma del exilio que sufrimos hasta el presente.

El origen de Tish-á Be-Av es muy anterior a la destrucción del Bet HaMikdash. Ya en el desierto, cuando parte de los espías que envió Moshé a la tierra de Israel trajeron un informe adverso, los judíos lloraron. Sin embargo, en aquella oportunidad, el llanto no solo no fue considerado y admitido por D”s, sino que fue duramente censurado por él: “¿Uds. han llorado un llanto innecesario? ¡Yo os daré razón válida para llorar!” ¿Qué diferencia existe entre ambas ocasiones? Por qué vale la lamentación de Tish-á Be-Av, mientras que fue castigada la generación del desierto por llorar? La respuesta pasa por la característica del llanto. El duelo de llorar por una pérdida es humano y aceptable. El berrinche de los judíos en el desierto no se debió a una carencia o privación ocurrida, sino por la desconfianza en el futuro. Descreían del hecho que realmente podrían conquistar la tierra de Israel, con sus habitantes y guerreros fuertemente pertrechados. Habiendo visto los macabros milagros que ocurrieron frente a sus ojos en Egipto y durante el cruce del Mar Rojo, comiendo diariamente un pan celestial, bebiendo un agua maravillosa y estando protegidos por nubes Di-vinas, se esperaba de ellos más confianza en D”s. Este llanto de temor y prejuicio, fue el testimonio que efectivamente no estaban a la altura de ingresar a la tierra y la causa de los males posteriores. Una queja similar ya había ocurrido poco antes cuando dice el versículo que el pueblo “lloraba por sus familias” (B-Midbar 11:10), molesto por el rigor de lo que se les exigía como judíos.

Dicen en nombre del Jafetz Jaím que muchos judíos se alejaron a causa de la expresión que “es difícil ser judío”. Si bien es cierto que nuestra ley es muy exigente con nosotros, sin embargo, el sentir el judaísmo como una “dificultad”, un escollo o una fatiga, provoca en uno mismo y en los oyentes (muchas veces los propios hijos) un sentimiento de rechazo. Ser judío, más allá de la complejidad de ciertos preceptos, es fundamentalmente un orgullo y un privilegio, y, sin duda, un desafío.

¿Lloran los hombres? No tiene nada de malo. Solo depende del porqué.

Daniel Oppenheimer


Segundo comentario

“Estas son las palabras que hablo Moshe a todo Israel” (Devarim 1:1)

Existen dos tipos de personas. Por un lado las personas que reflexionan sobre sus actos y meditan sobre sus caminos. En el otro extremo estan los que viven “anestesiados”, su mente inmersa en la rutina sin detenerse a pensar hacia donde van. En la parasha y en la haftara (lectura de los profetas) de esta semana encontramos a estos dos tipos bien definidos.

Los hombres pensantes eran la generacion del desierto, a quienes Moshe solamente tuvo que insinuar los pecados que cometieron mencionando los lugares por los que pasaron para que ellos entendieran el mensaje y se arrepintieran. A buen entendedor…pocas palabras. Estas palabras (devarim) tan sutiles fueron suficientes para que entendieran.

En contraposicion, Ishaiahu el Profeta reprocha al pueblo en esta haftara y les dice: “El toro reconoce a su dueño y el burro su bebedero, pero Israel no sabe, mi pueblo no reflexiona”. Es decir, compara al hombre, cuspide de la creacion, al toro y al burro, simples criaturas animales. Y todo esto, por que? El toro o el burro cumplen su funcion por instinto propio, en cambio la calidad del ser humano esta dada por su poder de eleccion, su capacidad de reflexion. Cuando la utiliza, es considerado la corona de la creacion. En caso contrario se dice que “el mosquito esta por sobre el”, el hombre desciende en la escala y se situa por debajo del reino animal. La generacion del desierto erro en mas de una ocasion, pero ante la incentiva de su inigualable lider – Moshe Rabenu – reflexiono y se avergonzo. Muchas generaciones mas tarde, hizo falta que el profeta Ishaiahu los reprochara haciendo un paralelo con la conducta del animal. Y todo esto, por que? Porque “Israel no sabe, mi pueblo no reflexiona”. En esta epoca en que rememoramos tantos sucesos aciagos acaecidos a nuestro pueblo, es importante detenernos a reflexionar. Es ese poder de reflexion el que nos ayuda a gobernar nuestros impulsos y a elevarnos a niveles mas altos. Estudiemos al respecto con avidez las profundas enseñanzas que nuestros Sabios nos regalan a manos llenas en sus libros de Musar (Etica y buen comportamiento). No dejemos de aprovechar sus enseñanzas!

(Basado en Ialkut Lekaj Tov)

 

* * * * *

Jazon Ishaiahu (La Visión de Isaías) En el Shabat previo a Tisha beAv, parashat Devarim, leemos la Haftara (lectura adicional de los Profetas) del libro de Isaias que comienza diciendo: “Jazon Ishaiahu ben Amotz…”, la vision de Isaias hijo de Amotz, en que el Profeta advierte al pueblo en los dias previos a la destruccion del Templo, que se arrepienta de sus malas acciones a fin de evitar la tragedia. La Haftara finaliza sin embargo con un mensaje optimista, pues si bien Tisha beAv es la exteriorizacion de un hondo dolor, tambien conlleva la semilla de la esperanza en una pronta Redencion. En nuestras manos esta que se concrete. Recordemos que toda vez que hemos tratado de asimilarnos a otras culturas abandonando el cumplimiento de los sagrados preceptos de la Tora, hemos provocado nuestro propio castigo, por mano de distintos enemigos que han sido los ejecutores de turno.

Fortalezcamonos todos los dias en el estudio de la Tora, la unica fuente para mantener bien firme nuestra fe, amemos a nuestros semejantes y practiquemos mucho jesed (bondad, solidaridad) y tzedaka (caridad) en cuanta ocasion se nos presente. El Ahavat Jinam, amor “gratuito” entre hermanos conseguira sin duda que el Todopoderoso envie la ansiada Redencion y nos saque de nuestro largo exilio.


Tercer comentario – Shabat de Visión

Y solo, yo, Daniel, vi la visión, pero la gente conmigo no la vio; con todo, un gran terror cayó sobre ellos, y huyeron a ocultarse.

— Daniel 10:7

Pero si no vieron la visión, ¿por qué estaban aterrorizados? Porque si bien ellos mismos no vieron, sus almas sí vieron.

— Talmud, Meguilá 3a

En el noveno día del mes de Av (Tishá BeAv) ayunamos y guardamos duelo por la destrucción del Gran Templo de Jerusalén. Tanto el Primer Templo (833-423 antes de la era común) como el Segundo (-353 a 69 de la era común), fueron destruidos en esta fecha. El Shabat que precede al día de ayuno se llama “Shabat de Visión” (Shabat Jazón), pues en éste leemos un capítulo de los Profetas denominado “Visión de Isaías”[1].

Pero el nombre de “Shabat de Visión” también tiene un significado más profundo, expresado por el maestro jasídico Rabí Leví Itzjak de Berdichev [2] con la siguiente metáfora:

Un padre preparó cierta vez un hermoso traje para su hijo. Pero el niño descuidó el regalo de su padre y el traje pronto estuvo convertido en harapos. El padre dio al niño un segundo traje; también ése fue arruinado por la negligencia del niño. Entonces el padre hizo un tercer traje. Esta vez, sin embargo, no se lo dio a su hijo. De vez en cuando, en ocasiones oportunas y especiales, le muestra el traje al niño, explicándole que cuando aprenda a apreciar y cuidar adecuadamente el regalo, se lo dará. Esto induce al niño a mejorar su comportamiento, hasta que gradualmente se convierta en su segunda naturaleza, momento en el que será digno del regalo de su padre.

En el “Shabat de Visión”, dice Rabí Leví Itzjak, a todos y cada uno de nosotros se le otorga una visión del tercer y final Templo, una visión que, para parafrasear al Talmud, “aunque nosotros mismos no la vemos, nuestras almas sí la ven”. Esta visión evoca una profunda respuesta en nosotros, aun si no estamos conscientemente percatados de la causa de nuestra súbita inspiración.

La Morada Divina

El Gran Templo en Jerusalén era el asiento de la presencia manifiesta de Di-s en el mundo físico. Un principio básico de nuestra fe es que “La tierra está colmada de Su presencia” [3] y “No hay lugar vacío de El” [4]; pero la presencia e involucración de Di-s en Su creación está enmascarada por los en apariencia independientes y arbitrarios caprichos de la naturaleza y la historia.

El Gran Templo era una brecha en la máscara, una ventana a través de la cual Di-s irradiaba Su luz al mundo. Allí, la involucración de Di-s con nuestro mundo era manifiestamente mostrada por un edificio en el que los milagros eran parte “natural” de su funcionamiento diario [5] y cuyo espacio mismo expresaba la absoluta condición infinita y todo-saturante del Creador [6]. Allí, Di-s Se mostraba al hombre y el hombre se presentaba ante Di-s [7].

Dos veces se nos dio el regalo de una morada Divina en nuestro medio. Dos veces fracasamos en la tarea de estar a la altura de este regalo y hemos desterrado la presencia Divina de nuestras vidas. De modo que Di-s construyó para nosotros un tercer templo. A diferencia de sus dos predecesores, que eran de construcción humana y por lo tanto sujetos a la degradación por los equívocos del hombre, el Tercer Templo es tan eterno e invencible como su omnipotente arquitecto. Pero Di-s nos ha negado momentáneamente este “tercer traje”, confinando su realidad a una esfera celestial más alta, más allá de la vista y experiencia del hombre terrenal.

Cada año, en el “Shabat de Visión”, Di-s nos muestra el Tercer Templo. Nuestras almas perciben una visión de un mundo en paz consigo mismo y con su Creador, un mundo bañado por el conocimiento y la conciencia de Di-s, un mundo que ha concretado su potencial Divino de bondad y perfección. Es una visión del Tercer Templo en el cielo -en su estado espiritual y escurridizo- como el tercer traje que el padre del niño ha hecho para éste pero lo retiene de él. Pero también es una visión con una promesa, una visión de un suspendido templo celestial para descender a la tierra, una visión que nos inspira a corregir nuestra conducta y acelerar el día en que la visión espiritual se convierta en una realidad táctil.

A través de estas repetidas visiones, vivir en la presencia Divina se vuelve cada vez más una “segunda naturaleza” en nosotros, elevándonos progresivamente al estado de mérito para experimentar lo Divino en nuestras vidas diarias.

Casa Para Vestir

Las metáforas de nuestros Sabios continúan hablándonos mucho después que la substancia de su mensaje se ha asimilado. Debajo de la superficie del sentido más obvio de la metáfora se ocultan capas tras capas de significado, en las que cada detalle de la narración es significativo.

Lo mismo se aplica a la metáfora de Rabí Leví Itzjak. Su significado básico es claro, pero muchos pensamientos sutiles yacen ocultos en sus detalles. Por ejemplo: ¿Por qué, podríamos preguntar, son retratados los tres templos como tres trajes? ¿No sería más apropiado el ejemplo de un edificio o de una casa?

La casa y el traje, ambos, “albergan” y envuelven a la persona. Pero el traje lo hace de una manera mucho más personal e individualizada. Mientras es cierto que las dimensiones y el estilo de una casa reflejan la naturaleza de su ocupante, lo hacen de una manera más generalizada, no tan específica e íntima como un traje se ajusta a quien lo viste.

Por el otro lado, la naturaleza individual del traje limita su función al uso personal de uno. Una casa puede alojar a muchos; un traje sólo puede vestir a una persona. Puedo invitarte a mi casa, pero no puedo compartir mi traje contigo: aun si te lo doy, no te sentará como me sienta a mí, pues él se “ajusta” a mi medida.

Di-s eligió revelar Su presencia en nuestro mundo en una “morada”, una estructura comunal que va más allá de lo personal para abrazar a todo un pueblo y a la comunidad humana por entero. Con todo, el Gran Templo en Jerusalén también tuvo ciertos aspectos similares a la ropa. Son estos aspectos los que Rabí Leví Itzjak desea enfatizar al retratar el Gran Templo como un traje.

El Gran Templo era una estructura altamente compartimentada. Había un Sector Femenino y un sector reservado a los varones, un área restringida a los kohaním (sacerdotes), un “santuario” (heijal) imbuido con una santidad mayor que los “sectores”, y el “Santo de Santos”, una cámara a la que sólo el Sumo Sacerdote podía ingresar y sólo en Iom Kipur, el día más sagrado del año. El Talmud enumera ocho dominios de santidad variante dentro del complejo del Templo, cada uno con su diferente propósito y función. En otras palabras, aunque el Templo expresó una única verdad -la todo-penetrante presencia de Di-s en nuestro mundo- lo hizo para cada individuo de una manera personalizada. Aunque era una “casa” en el sentido de que servía a muchos individuos – de hecho, el mundo entero- como su punto de reunión con lo infinito, cada individuo lo encontró un “vestido” hecho a medida de sus necesidades espirituales específicas, acordándole una relación íntima y personal con Di-s.

Cada año, en el Shabat anterior a Tishá BeAv, se nos muestra una visión de nuestro mundo como un hogar Divino, un lugar donde todas las criaturas de Di-s experimentarán Su presencia. Pero ésta es también una visión de un “traje” Divino, la relación claramente personal con Di-s, amoldada particularmente a nuestras aspiraciones y carácter individual, que cada uno de nosotros disfrutará cuando el Tercer Templo Divino descienda a la Tierra.

— Basado en Likutéi Sijot, Vol. XXIX, págs. 18-25

Notas: 1. Isaías 1:1-27. Esta lectura es la tercera de una serie llamada “Tres de Reprimenda” que se lee en los tres Shabatot que preceden al 9 de Av (véase “Distanciamiento Intimo”, en “El Rebe Enseña” #186). 2. 1740-1810. 3. Isaías 6:3. 4. Tikunéi Zohar, Tikún 57. 5. Pirké 5. Pirké Avot 5:5. 6. El Talmud (Iomá 21a) relata que el Templo y su moblaje desafiaban la más fundamental de las características de los objetos físicos -que ocupan un espacio- en que “el espacio del arca no era parte de la medida”. La cámara que alojaba al arca que contenía las tablas sobre las que se escribieron los Diez Mandamientos medía 20 codos (aprox. 10 metros) por 20 codos; el arca misma medía 2,5 x 1,5 codos; sin embargo, la distancia desde cada una de las paredes exteriores del arca hasta la paredes de la sala era de exactamente 10 codos, significando que el arca, aunque él mismo un objeto físico con dimensiones espaciales, no ocupaba nada del espacio de la sala. 7. Exodo 23:17, según Talmud, Sanhedrín 4b.

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