El
rey Salomón construyó el Primer Templo 480 años
después que los judíos salieron de Egipto. Siete
años se prolongó su construcción y durante
este período ninguno de los obreros del rey sufrió
enfermedad alguna; ninguna herramienta se rompió, ningún
material se extravió. Una vez concluida la tarea, el
Templo fue erigido, y el rey Salomón convocó a
todo el pueblo en el Beit Hamikdash en el mes de Tishrei, para
que todos juntos celebraran su inauguración. En este
instante tan aguardado y festivo, el rey Salomón profundamente
emocionado bendijo al pueblo.
Tras la inauguración del Beit Hamikdash, Hashem
se reveló al rey Salomón a través de un
sueño y le dijo: "He escuchado tu plegaria y tu
ruego... y si marchas por mi senda... íntegra y rectamente...
mantendré eternamente tu reino en Israel". Mas Hashem
le aclaró qué sucederla si ellos y sus descendientes
si no cuidaban los mandamientos y las leyes: "Y arrancaré
al pueblo de Israel de sobre esta tierra y también esta
Casa destruiré. Y entonces todos preguntarán:
¿Por qué Hashem hizo tales actos con esta tierra
y esta Casa?".
Este
fue el mensaje divino revelado al rey Salomón. Y ciertamente,
durante la época del rey Salomón, el pueblo cuidó
estrictamente las mitzvot (preceptos), e Israel mereció
vivir una etapa brillante de paz y tranquilidad. El reino de
Salomón logró estabilidad y cada cual pudo sentarse
calmamente "bajo su viña y bajo su higuera".
El Beit Hamikdash permaneció en pie durante 410
años. Mas el pueblo de Israel se apartó del camino
indicado por Hashem y marchó tras otros dioses, y ya
en los días de Rejavam, hijo de Salomón, el reino
de David fue dividido. Diez tribus de Israel proclamaron por
rey a Ierovam ben Navat, conformando el reino de Israel y estableciendo
a Shomrón por capital. Por otra parte, las tribus de
Iehudá y Biniamin proclamaron por rey a Rejavam, hijo
de Salomón, continuando con el reino de Iehudá
y aceptando a Jerusalén por capital.
A partir de entonces el reino de Israel quedó separado
en dos reinos, generando entre ellos una gran disputa hasta
el punto de provocar la guerra entre los mismos hermanos. Por
desgracia, tanto la tribu de Iehudá como las diez restantes
continuaron pecando. Rendían culto a dioses extraños,
colocaron altares en cada montaña y debajo de cada árbol,
y siguieron el camino de las demás naciones. Mas Hashem
no los castigó inmediatamente. Durante cien años
les envió profetas que advirtieron al pueblo y les rogaron
que se arrepintieran. Sin embargo todo fue en vano. Ellos no
se arrepintieron y continuaron pecando y transgrediendo.
En
especial continuó pecando el reino de Israel, hasta que
la copa se rebasó. Hashem envió a Shomrón
a Shalmaneser, el rey de Ashur, quien exilió a las diez
tribus y al rey Hoshea ben Ela a la tierra de Ashur, y hasta
nuestros dias nadie conoce su exacto paradero. En la Tierra
de Israel sólo quedaron los miembros de la tribu de Iehudá.
En aquellos dias reinaba Jizkiahu, quien siguió rectamente
el camino de Hashem, tal tomo lo hiciera el rey David. Fortificó
y profundizó en el pueblo el estudio de la Torá
y el cumplimiento de las mitzvot; terminó con los altares
y destruyó los ídolos a los que el pueblo servía.
Así, el rey logró el arrepentimiento y la recomposición
de su generación. Mas al morir ascendió al trono
su hijo Menashé, y nuevamente volvió a apartarse
del buen camino. Hizo, rotundamente, lo malo para el Creador.
Construyó nuevamente los altares de culto al Baal, y
dentro mismo de los patios del Beit Hamikdash construyó
altares para servir a todas las constelaciones celestiales.
Colocó un ídolo dentro del Beit Hamikdash,
y renovó el culto a Molej. Durante su reinado también
fue derramada la sangre de muchos hombres justos e inocentes.
Los
actos de Menashé terminaron por colmar la paciencia divina
en referencia al reino de Iehudá. Hashem les envió
a los profetas Najum y Jabakuk, quienes profetizaron sobre el
final de Jerusalén y el reino de Iehudá. Por medio
de tanta dura profecía era advertido el pueblo, mas sin
resultado alguno. También el hijo de Menashé,
Amón, siguió los pasos de su padre y arrastró
al pecado al pueblo entero.
Sin embargo tras la muerte de Amón, ascendió Ioshiahu
al trono de Iehudá, e hizo lo recto ante el Creador,
quemando y terminando con todos los ídolos. Mas ya se
había establecido el decreto divino y no alcanzó
a calmar la ira divina provocada por las transgresiones de Menashé.
Durante la vida de Ioshiahu no acaecieron calamidades, y gracias
a su justicia el reino de Iehudá se mantuvo seguro y
el Beit Hamikdash no perdió su estabilidad. Solo
después de su muerte comenzaron los primeros signos de
destrucción en Jerusalén y Iehudá.