Revelación
¿Aceptable para el hombre Pensante?
Toda
discusión acerca de la autoridad de la Torá descansa,
en último instancia, en si aceptamos a la Torá
como Palabra Revelado de Di-s, o la consideramos el producto
de los esfuerzos humanos.La mente contemporánea no se
siente a sus anchas con conceptos tales como Revelación
Divina o la autoría Celestial de un libro.Los libros,
bien sabemos, son escritos por los hombres, ¿por qué
habría de ser este Libro diferente?
Entre paréntesis, podríamos considerar este punto
en determinar los reclamos de los críticos bíblicos.
Momentáneamente asúmase que no existen "contradicciones"
o discrepancias de ninguna índole en los Cinco Libros
de Moisés, de modo que sería obvio para cualquiera
que el Jumash por entero es obra de una sola mano. ¿Cuál
mano, preguntamos nosotros a los críticos Bíblicos,
puede ser ésta? ¿La de Di-s? El crítico
Bíblico probablemente no lo consentirá. El autor
debe haber sido Moisés o algún otro humano. El
rechazo de la Torá como documento Divino por parte de
los críticos Bíblicos no es consecuencia de su
análisis. Ellos partieron de la premisa de que la Biblia
es obra de los mortales, y de allí proceden a recabar
evidencias a fin de refutar los argumentos que contradicen sus
estimaciones.
Revelación es un concepto esquivo, insubstancial, impalpable,
no familiar con nuestra experiencia humana común. Resulta
poco sorprendente que la persona se evada de tener que enfrentar
el concepto. Intenta obviarlo mediante suaves eufemismos tales
como describir la Torá como un documento "inspirado".
Pero ello no resuelve el problema. Shakespeare también
estaba, probablemente, "inspirado", pero ello no nos
inspira, ni debe inspirarnos, a emular compulsivamente -moralmente-
SUS modos. Virtualmente todo lo "bueno" de este mundo
puede ser descripto como "inspirado". Después
de todo, la inteligencia humana -de hecho, todo lo que existe-
proviene de Di-s. Al describir la Torá como "Revelación",
declaramos nosotros que acatar la Torá es acatar la Voluntad
Divina, y que ignorar la Torá es violar la Voluntad del
Creador. Nadie, jamás, declaró que Shakespeare
estaba enunciando la voluntad de Di-s en sus escritos.
Estamos enfrascados en una categoría "religiosa";
utilizamos este término para describir una relación
entre el ser humano y Di-s, y la conducta que tiende a cementar,
o quebrar, aquella relación. No estamos preocupándonos
en este momento con estéticas o valores utilitarios,
sino con Di-s y el hombre. Ambos, tanto Beethoven como la física,
pueden ser emocionantes o causar impresión, arrastrando
al hombre a la conciencia de algo más allá y superior
a sí mismo, pero los artistas y los científicos,
en igual medida, podrían insistir resueltamente en que
sus obras no son "religiosas". El estudio y los laboratorios
no son "casas de culto" y los indudables efectos espirituales
que ellos pueden generar, y frecuentemente lo hacen, no son
el resultado directo y primario de sus esfuerzos.
Otra aclaración entre paréntesis, para evitar
posibles concepciones erróneas. La Torá, por cierto,
enfatiza el carácter universal de la experiencia religiosa
- "Conócelo a Di-s en todos tus caminos". Uno
puede transmutar una experiencia ordinaria como comer, hacer
negocios, o dedicarse a los negocios, en algo espiritualizante.
Aquí, un acto "neutral" resulta santificado,
tanto como una sinfonía o una fórmula matemática
puede dar lugar al surgimiento de emociones sublimes, incluso
emociones "religiosas". La experiencia "religiosa",
en contraste, no precisa de transmutaciones. La Plegaria y la
Caridad no se inician como "neutrales".
Volviendo
a nuestro problema original, la autoría Divina de la
Torá.
"¿Puedes probarlo?" -es la demanda arrojada
a los tradicionalistas. Existe abundancia de argumentos y pruebas,
más o menos convincentes - generalmente menos que más.
La discusión puede tornarse un tanto calurosa, pero,
por regla general, es estéril. Una vez que el temporal
ha amainado, frecuentemente encontramos a los participantes
del debate sin haber cambiado sus enfoques. Aquellos que ya
están convencidos, no precisan ser persuadidos; los escépticos,
no cambian con la persuasión. Probablemente algún
otro tipo de acercamiento brindará una respuesta más
apropiada al desafío de "¿puedes probarlo?".
Veamos qué prueba resultaría aceptable cuando
se trata de una discusión de este tipo.
Si se anunciara haber hallado un método curativo para
el resfrío común, el nivel de prueba es obvio.
Si se declara haber encontrado el método de convertir
el plomo en oro, alguien presentará una masa de plomo
para verificar si realmente puede ser transformado. Pero si
se propondría que la Torá fue entregada por Di-,s
¿cómo se puede comprobar esta declaración?
Pruébese con la Torá misma: la Torá dice
haber sido entregada por Di-s. ¿Es ello suficiente para
convencer al que cuestiona? Probemos otro enfoque: Mi maestro
me dijo que la Torá fue entregada por Di-s. ¿Cómo
lo sabía él? Pues su propio maestro así
se lo dijo, y así sucesivamente, a través de las
generaciones, en todo el recorrido regresivo hasta Sinaí.
"¿Aún no estás convencido?" -pregunta
usted a su interrogador. "¿No lo estás? Pues
entonces dime tú qué es lo que aceptarlas como
prueba de que la Torá fue dada por Di-s".
Un
desafío o una pregunta "válida" es aquella
que está sujeta a solución. Una pregunta que,
por su propia naturaleza, no puede ser respondida, no es "válida".
Si, por la propia definición del concepto, no podemos
"probar" la autoría Divina de la Torá,
pues entonces la demanda de pruebas no es válida. Las
discusiones pueden resultar estimulantes y chispeantes pero
del mismo modo serán en vano. En lugar de buscar una
prueba acerca de Revelación, yo sugiero que mantengamos
la pregunta en suspenso y exploremos otras facetas de Revelación.
"Asumiendo,
a los solos efectos de la discusión", preguntó
cierta vez un joven estudiante en una Peguisha (encuentro)
con Jabad, "que Di-s en efecto habló con Moisés.
Pero incluso entonces, las palabras de Di-s fueron transcriptas
por Moisés, un mortal falible. ¿No da a suponer
que en el proceso el texto de la Torá haya sido cambiado,
de modo que lo que nosotros tenemos ahora no es el revelado
documental original en absoluto, sino uno que carga las impresiones
de una mente humana? El jasidismo, recogiendo como lo hace con
frecuencia sus conceptos de fuentes anteriores, tiene una respuesta
para la pregunta del estudiante.
La
Torá se divide en dos partes. La Ley Escrita (conformada
por la Biblia Hebrea) y la Ley Oral (que fue revelada a Moisés
en el Monte Sinai simultáneamente con la Ley Escrita,
y solo fue inscripta en el Talmud varias centurias después).
Ambas leyes fueron dadas por Di-s, pero, en tanto que la "y
Escrita fue "dictada" por Di-s a Moisés palabra
por palabra, la verbalización de la Ley Oral fue menos
precisa. El texto de la Ley Escrita, desde el mismo comienzo,
fue copiado por escribas, palabra por palabra. La Ley Oral,
del otro lado, fue transmitida por la expresión oral
de boca en boca, de una generación a la otra, tal como
fue comunicada oralmente a Moisés por Di-s, con menos
preocupación por la exactitud verbal. En la Ley Escrita
la palabra es crucial; en la Ley Oral, las ideas son el factor
más importante. Un Rollo de la Torá con sólo
una palabra o una letra incorrecta, no es adecuado para el uso.
No es "kasher". Semejantes restricciones no se aplican
a la Ley Oral.
Palabras
o, en el uso jasidico, "letras", son vehículos
para las ideas. La "palabra" es inerte, estática,
precisa. La palabra dictada por una persona a otra es la misma
palabra, inmutable no importa quién la repita. Cuando
se nos dice que la Ley Escrita fue "dictada" palabra
por palabra por Di-s debemos entender que Moisés escribió
las palabras tal cual las oyó, sin cambio o modificación
alguna. En cierto sentido, Moisés solo fue el primero
de muchos escribas, todos los que desarrollaron la misma función,
aquella de registrar la Ley Escrita tal cual la oyeron o la
vieron, palabra por palabra.
La situación difiere en el caso de la Ley Oral, donde
el énfasis está puesto en ideas. Puesto que una
idea puede ser presentada en diversos modos, un pensador puede
seleccionar un grupo de palabras en tanto que su colega lo haga
con otras. Un pensador puede ser suscinto y otro verboso.
Aquí,
la personalidad del disertante es evidente en la selección
de palabras, e incluso la idea puede ser sutilmente modificada
debido a la elección de las palabras utilizadas. Por
supuesto, palabra e idea no están separadas, pero para
nuestro cometido es importante recordar la diferencia en el
énfasis: la Ley Oral subraya la idea; la Ley Escrita
acentúa el rol de la palabra. Así, se considera
una mitzvá el recitar los Salmos aún cuando no
se comprende el significado de lo recitado. Colóquese,
en lugar de ello, el recitado de pasajes del Talmud mecánicamente.
Es un cabal desperdicio de tiempo, puesto que en la Ley Oral
la idea es lo dominante y la palabra es secundaria. La Ley Oral
exige que la entendamos. (Maimónides dijo que cada letra
registrada en la Torá Escrita es sagrada. Así
el pasaje en el cual Timná es descripta como la concubina
de Elifaz, el hijo de Eisav (Génesis 36:12) no es considerado
de menor santidad al Shemó Israel (Deut. 6:4-9) o la
declaración de "Yo soy Tu Di-s" (Ex. 20:2),
que inicia los Diez Mandamientos. Nuestra falta de pericia en
entender la Ley Escrita crea lo que nosotros consideramos anomalías
como esta declaración de Maimónides. Mientras
que interpretaciones tales como el Midrash y la Cabalá
ofrecen otro estrado de significado, aparte del literal, la
Biblia, a fin de cuentas, permanece en misterio. Pronunciamos
las palabras pero no podemos concebir las ideas hasta sus más
minuciosos significados).
El
punto central aquí enfatizado es que Moisés no
verbalizó la Torá que
Di-s le dicté. El no verbalizó una visión.
La Torá le fue revelada en forma de palabras, de modo
que su función era de orden pasivo. El era el escriba,
no el comunicador de las ideas.
¿Cómo se comunicaba Di-s con Moisés? Desafortunadamente,
esta es una especulación predestinada al fracaso. Nunca
lo sabremos, al menos hasta que Di-s, o Moisés, nos lo
digan. Fue un evento de única oportunidad, realmente
singular. Carecemos de otra experiencia similar en nuestra historia
para utilizar como ejemplo. Empero, la doctrina de la Torá
declara que, sin mirar en los medios que Di-s utilizó
para revelar Sus palabras a Moisés, El comunicó
Su revelación en la forma de palabras.
¿Cómo,
en realidad, sucedió la Revelación en el Monte
Sinaí? Básicamente, esta pregunta es similar a
aquella respecto del modo de comunicación de Di-s a Moisés,
de la Torá. La respuesta también sería
la misma; simplemente no lo sabemos ni lo podemos saber. Pero
la especulación puede resultar placentera. Supóngase
que alguien tuvo una grabadora en el Monte Sinaí. ¿Hubiera
grabado la voz de Di-s proclamando "Yo soy el Señor..."?
¿La Revelación fue una experiencia oral-auditiva,
una voz en el sentido literal, físico, de la palabra,
medible por ondas sonoras? ¿O era una Revelación
de algún orden diferente? Es mejor presentar la pregunta
que pretender resolverla. Sea lo que sea que sucedió
en el Monte Sinaí no tuvo paralelo, fue singular, incomparable
a cualquier cosa que seamos capaces de comprender a partir de
nuestra propia experiencia limitada.
Al
comienzo hemos sugerido que los intentos de probar la Revelación
Divina son estériles a menos que haya un consenso acerca
de qué ha de ser considerado una prueba válida.
El peso inicial de definir "prueba" recaería
con propiedad en aquel que demanda aquella prueba. De otro modo
nos encontraríamos en una lucha interminable de arbitrariedades
y niveles fluctuantes. O, en lugar de sentirnos tan sólo
frustrados por una intrínseca insuficiencia de la prueba
propuesta, nos encontraremos simplemente imposibilitados de
aceptar el concepto de Revelación.
Obviamente,
hay algunos que quizás no hayan articulado sus concepciones
de qué, a sus ojos, sería considerado una prueba
válida. Ellos aún no han formulado sus pautas,
pero el mero hecho de que están en la búsqueda,
que están abiertos a la persuasión, demuestra
que aún no han rechazado la autenticidad de la Torá
por completo. Por supuesto, no hay objeción en buscar
pruebas a la existencia de Di-s, a la Revelación Divina,
o a cualquier otro principio religioso. Lo que queremos dejar
en claro es que en planteos de religión, el criterio
de prueba no es el mismo aplicable a la ciencia o a la historia.