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Estudiando El Libro de Vaikrá (Levítico) 5. Ajarei Mot - Kedoshim
Maor Hashabat: El Tenedor Mágico

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

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veahabta lereaja kamoja
amaras a tu projimo como a ti mismo

Desde hace más o menos medio año, mi suegro, que tenga larga vida, se encuentra internado en un hospital, afectado por una grave enfermedad que hace peligrar su vida.

Su enfermedad ocupa mis pensamientos durante la mayor parte del día, y no me da descanso.
Cuanto me sorprendí una mañana, luego de la Tefilá de Shajrit, cuando se acercó a mí una persona preguntándome como se encontraba el señor tal, hijo del señor tal, repitiendo con exactitud los nombres de mi suegro y de su padre, justo en estos momentos, en los que él está atravesando por una situación tan difícil, y cuando es tan necesario hacer Tefilá por su salud.
Le pregunté al caballero de donde conocía los nombres de mi suegro y de su padre, ya que su delicado estado no había sido publicado en ningún medio.

La respuesta me sorprendió.
"Acaso no recuerdas que hace algunos meses trasladé a un familiar tuyo al hospital", respondió el hombre. Pero yo seguía sin comprender de qué me estaba hablando.
Este buen hombre, un simple vecino de nuestra ciudad, me recordó que en los comienzos de la enfermedad de mi suegro, se le presentó la oportunidad, como voluntario de transporte de la Organización Ezer Mitzion, de trasladar a un familiar al hospital donde él está internado.

Mi costumbre, continuó mi amigo-transportista, cuando tengo el mérito de cumplir con la Mitzvá de transportar en mi auto a personas que van a llevarle comida a un enfermo, es preguntarles el nombre del paciente y el de su padre, para poder hacer Tefilá yo también, y rogarle a Hakadosh Baruj Hu que lo cure.

También en este viaje le pregunté a tu familiar el nombre del enfermo, y por supuesto me lo dijo. A partir de ese momento hago Tefilá por él constantemente, y al verte ahora, quise saber cual es su estado, para saber si debía continuar rezando, o quien sabe, quizás ya se restableció, y es necesario por esto agradecer y alabar al Creador.

A decir verdad: en ese momento sentí deseos de abrazar a mi compañero delante de todo el mundo.

Todavía en esta época es posible encontrar Iehudím para quienes el sufrimiento del compañero es su propio sufrimiento, y están ansiosos por hacer Tefilá por él, como si fuera un pariente cercano y querido.

En esta generación, en la que vivimos rodeados de tanta tecnología, donde el máximo confort pareciera ser la meta, los equipos electrónicos acompañan y envuelven a la persona en una nube que la aísla del resto de la gente, y hace que no le importe lo que le ocurre a su compañero.

Todos reconocemos que el egoísmo es la característica sobresaliente de la sociedad actual, y esta cualidad es consecuencia directa de esta forma de vida.
Quién de nosotros puede levantar su mano y atestiguar sobre sí mismo que cuando va al casamiento del hijo de un vecino, se siente tan feliz como si estuviera viviendo una alegría propia? Ya que la máxima expresión de amor al prójimo, es disfrutar con sus alegrías.

Por otra parte, cuando alguien debe atravesar por circunstancias no tan buenas, quién es aquel que puede compartir realmente el sufrimiento de su compañero, y bajar hasta lo más profundo de las emociones?

Por eso, cuando este hombre me contó cual era su costumbre, y me mostró una agenda que lleva siempre en su bolsillo, con los nombres de los enfermos por los que hace Tefilá, casi no pude contenerme de tanta emoción.
Con su actitud, él nos enseña el verdadero significado de ´amar al compañero´, con su comportamiento demuestra hasta cuanto le importa su sufrimiento.

Hubiera podido conformarse solo con el traslado del familiar, y sentirse orgullos de sí mismo por transportar a las personas gratuitamente, y cumplir con la Mitzvá de Bikur Jolim (atender a los enfermos).
Pero no. A él no le alcanza con esto. Él toma el nombre del enfermo para hacer Tefilá por él.

Dichoso del pueblo de Israel, que es poseedor de esta característica, que aunque algunas veces esté algo adormecida, basta con sacudirse un poco el polvo para que surja con todo su esplendor, y seamos dignos de ser distinguidos por esta cualidad, y puedan volver a contarse sobre nosotros historias como la ocurrida en la ciudad de Vilna hace 300 años, cuando frente al reclamo de un consejero real, celoso porque los Iehudim se distinguían del resto, el Rab le pidió autorización al rey para invitar a destacadas personalidades del reino, por un lado, y a un grupo de Iehudim por el otro, a sendos banquetes, para mostrarles la diferencia.

En dichos banquetes les fueron entregados a los comensales cubiertos de un metro y medio de largo, y mientras que los cortesanos se fueron contrariados y sin haber podido probar bocado, los Iehudim encontraron la forma de disfrutar de los manjares, pensando cada uno que ya que él no podía comer, por lo menos que lo hiciera su compañero…

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