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El concepto que la Torá
tiene del tiempo difiere profundamente de la visión del tiempo que las
naciones gentiles han tenido a lo largo de la historia. Estas perspectivas difieren
entre sí tan profundamente como Israel y esas naciones difieren entre
sí, y son un componente esencial de lo que los separa. Percepciones distintas
del tiempo conducen directamente a diferencias profundas en la comprensión
de lo que Moed es.
Para las demás naciones,
el tiempo constituye un flujo linear sin relación con algo externo [1].
Más todavía, ningún instante en el tiempo está realmente
conectado con otro; cada momento existe como un punto aislado a lo largo de
una línea infinita. Como Sir Isaac Newton afirmó:
El tiempo, absoluto,
verdadero y matemático, de sí mismo y de propia naturaleza, fluye
igualmente sin relación con algo externo... Principia Mathematica**
[2]
Para la Torá, el
tiempo es una dimensión cíclica que involucra en forma íntima
al observador. Al igual que el espacio, el tiempo es una dimensión dentro
de la que podemos movernos y efectuar mediciones. La "regla" que asigna
la ubicación en el tiempo es llamada "reloj", es decir, cualquier
fenómeno repetitivo: la vibración de un cristal de cuarzo, un
péndulo o un resorte hecho en Suiza. El reloj de la Torá, que
consiste en la percepción de los cambios cíclicos que se dan en
el sol y la luna, no sólo mide el tiempo: lo define.
Esta dimensión cíclica
no es un simple círculo, pues en tal caso constantemente nos tropezaríamos
con nuestro pasado cada vez que un instante del tiempo volviera a repetirse.
En vez de eso, el tiempo es un ciclo en espiral en el cual ciertas coordenadas
son las mismas que antes, mientras que otras son diferentes. De igual modo que
podemos visitar de nuevo una misma ubicación en el espacio sin que nos
topemos con los seres que anteriormente éramos, así también
cada año estamos expuestos a ubicaciones temporales equivalentes. Las
diferencias en nuestras personalidades y en nuestra historia se convierten en
parte íntegra de la medida del tiempo.
Los griegos también
poseían una noción cíclica del tiempo y para ellos también
la definición del tiempo estaba en función de los cambios astronómicos
cíclicos. No obstante, su visión contrasta tan marcadamente con
la de la Torá que las guerras de Janucá fueron en parte por la
definición de la naturaleza del tiempo. Ellos creían que el ciclo
del tiempo era un "Año Grande" en el que el universo nacía
y perecía una y otra vez. Esta periodicidad implicaba una recurrencia
eterna de todo lo que existe:
Todo eventualmente regresará
al mismo orden propio, y yo conversaré contigo con el báculo en
la mano, y tú estarás sentado en la misma posición en la
que estás sentado ahora, y así será con todo lo demás...
Eudemo de Rodas
La diferencia entre el ciclo
griego del tiempo y el ciclo en espiral de la Torá radica en la importancia
del cambio y el crecimiento. La Torá afirma que los logros del Hombre
constituyen el sentido de la existencia del mundo y del tiempo. Conforme cada
nuevo giro en la espiral del tiempo hace una muesca en el tejido del universo,
la Creación progresa hacia el tikún, su culminación
triunfante. Es por eso que en la Torá el tiempo mismo constituye el punto
focal de la abodá, del empeño y el proyecto humano en la
Creación. Cada momento debe ser absolutamente único, tan singular
como el ser humano que actúa dentro de y en él. Esta
combinación de recurrencia y de diferencia se refleja en el vocablo hebreo
que designa el año: shaná, que tiene el doble significado
de "repetición" y de "cambio".
Se puede percibir con facilidad
las dramáticas implicaciones divergentes que tienen estas dos perspectivas
distintas. Aquellos que concibieron el tiempo como un ciclo interminable que
no logra nada y no progresa hacia ninguna parte, dejaron al Hombre fuera del
tiempo completamente. No había lugar para abodá; no había
posibilidad de búsqueda y de lucha por alcanzar la perfección
y la plenitud universal. [3]
Quienes conciben el tiempo
como puntos desligados entre sí a lo largo de una línea consideran
el calendario como una conveniencia, no una realidad. Conmemorar consiste en
un repaso mental arbitrario de memorias románticas y asociaciones temporales.
Los pueblos del mundo manipulan sus calendarios como si fueran juguetes, y avanzan
o recorren sus días festivos a voluntad. [4]
La Torá, en cambio,
concibe el tiempo como nuestro contacto con la realidad, lo que define nuestro
medio ambiente y nuestras actitudes espirituales y nuestros modos de ser, la
base de los sucesos que abarcan nuestra historia y nuestras vidas individuales.
Conmemorar es más que una mera remembranza de las cosas: constituye una
vivencia renovada en el tiempo de los aspectos que crearon los sucesos, sintiendo
de nuevo los modos de ser y las sensaciones asociadas con ellos.
Desde la perspectiva de
la Torá, el calendario es justamente lo contrario de la arbitrariedad,
ya que representa la manifestación más profunda de kedushat
Israel, la santidad de Israel. En el inicio mismo del viaje de Klal Israel
hacia la elección, Dios nos dio nuestra primera mitzvá: kidush
hajódesh [la santificación de la luna nueva], el primer paso
hacia vivir una vida como pueblo que realmente responde ante Dios y ante Su
universo.
En todas sus distintas manifestaciones,
nuestra relación con Dios se realiza mediante la diversidad de instantes
dentro de ciclos de tiempo. Este nexo que el observador tiene con el tiempo
explica la intensidad de la relación que Israel tiene con la cronología:
nos hemos convertido en socios del tiempo. Las mitzvot estipulan que
nos involucremos con el tiempo por medio del estudio de las fórmulas
astronómicas que lo regulan, la percepción de los cambios que
lo determinan, el acto de definirlo en el Bet Din, el acto de declararlo
desde las cimas de las montañas y haciéndolo parte integrante
de nuestros rezos y de nuestras vidas. Las naciones nos percibieron como el
pueblo del tiempo, los custodios del calendario:
Pues esa es la sabiduría
y el entendimiento de ustedes a los ojos de las naciones... Debarim 4:6
Esto se refiere a los cálculos de los ciclos y de las constelaciones.
Shabat 75a
Para la Torá, el
tiempo no es algo dentro de lo que vivimos; él vive dentro de nosotros.
Somos un pueblo en virtud de nuestro calendario, una nación santificada
junto con el tiempo. Y para honrar cada festividad, pronunciamos la bendición
que celebra esta relación especial: "[Dios] santifica a Israel y
a las temporadas".
1*Aquí
nos referimos solamente a la noción popular del tiempo y no a las definiciones
filosóficas y científicas del mismo, las cuales se extienden desde
Parménides y Heráclito en la antigüedad hasta Poincaré
y Einstein.
2**Se podría
afirmar que sólo recientemente se ha aceptado que no existe una duración
de flujo absoluta: en su misma esencia, el tiempo involucra lo externo, e incluso
al observador mismo.
3*Más adelante veremos de qué modo esta divergencia misma constituye
un tema central del conflicto cultural entre Grecia e Israel y de qué
modo Janucá gira en torno a ella.
4**Los emperadores
romanos disponían del poder de interferir con el calendario a voluntad
y con frecuencia hicieron uso de esta prerrogativa como instrumento para acortar
o alargar ciertas magistraturas, hasta que el calendario alcanzó "un
estado de desorden extraordinario". Al año 46 a.e.c. se le agregaron
ochenta y cinco días. Ese año fue conocido como "el último
año de confusión", descripción inexacta, puesto que
en 1582 el Papa Gregorio XIII agregó diez días, haciendo que al
jueves Octubre 4 le siguiera el viernes Octubre 15. A los protestantes eso les
pareció como un complot romano, y no fue sino hasta 1752 que Inglaterra
y las colonias americanas del norte finalmente sucumbieron a la necesidad de
corregir el calendario e instituyeron la reforma gregoriana. (Dicho sea de paso,
esta demora es responsable de la ambigüedad sobre el aniversario de George
Washington, que a veces es dado como Febrero 11 y a veces como Febrero 22,1732.
Él nació bajo el calendario juliano, y posteriormente hubo que
quitarle once días.) Los primeros cristianos cambiaron arbitrariamente
el Shabat por el domingo y en el Concilio de Nicea (325 e.c.) se decidió
que sería mejor que la Pascua siempre cayera en domingo. Más o
menos en la misma época, las Iglesias del Este y del Oeste comenzaron
a tener diferencias con respecto a qué días festivos eran importantes,
y qué calendarios seguir. Esas diferencias continúan hasta nuestra
época, y abarcaron muchas conmociones y cambios en el intervalo.