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El Jaiéi Adám
escribe: Por el amor que siente Di s por Su pueblo -conforme Su modo, desear
la benevolencia, no querer que el hombre muera, sino, más bien, que abandone
su senda [de mal] y viva, y no motivado por alguna necesidad suya o algún
beneficio- no espera uno o dos días para que el pecador se arrepienta,
sino que nos amplía el tiempo, y en el comienzo mismo del año
-Rosh HaShaná- y del mes, abre todos los portones -el Portón
del Arrepentimiento, del Perdón y de la Expiación- y estos permanecen
abiertos hasta el momento de Neilá, su "cierre" al final
de Iom Kipur.
De El emana la siguiente
proclama: Retornad a Mí, hijos errantes; Yo sanaré vuestras iniquidades
(Jeremías 3:22). Quién puede permanecer tranquilo y no estremecerse
al oír al shofar anunciar: ¡Durmientes, despertad de vuestro sueño!
¡Levantaos y clamad a vuestro Creador pues El es benevolente y misericordioso!
Cuán grave es la
transgresión de quien, durante estos días, no presta atención
ni se ocupa de aumentar el tiempo dedicado al estudio de la Torá y las
buenas acciones, más que el resto del año. ¡Ojalá
seamos considerados entre aquellos individuos cuyas buenas acciones y pecados
pesan por igual, cuyo juicio pende hasta el día de Iom Kipur!
Mientras el hombre vive,
Di-s no aplica Su atributo de benevolencia para inclinar la balanza en favor
de aquellos cuyas buenas acciones y pecados son equivalentes. Sólo después
de su muerte, cuando Di-s, con Su bondad, al ver la balanza equilibrada entre
buenas acciones y pecados, quita un pecado o agrega un mérito. Es sólo
entonces que Di s actúa de este modo, ya que el hombre no puede sumar
más méritos. Pero mientras vive, Di s le dice: "La puerta
está abierta. En tus manos está el cumplir otra mitzvá
y ganarte el mérito; si eres perezoso, tuya es la culpa".
Por lo tanto, cada persona
debe esforzarse para lograr el arrepentimiento por el pasado e incrementar sus
mitzvot y buenas acciones, y de ese modo poder estar limpio y puro antes
de llegar este día sagrado, como declara el versículo (Levítico
16:30): Ante Di s, purificaos.
Que nadie diga: "Me pongo los tefilín, visto tzitzit,
recito las bendiciones, y digo mis plegarias. ¡Seguro que la balanza está
inclinada a mi favor!" ¡Solamente una persona insensible puede hablar
de este modo, pues cuántas transgresiones se cometen también a
diario, desperdiciando su tiempo, hablando mal de otros y pecando de otras maneras
con el habla, y asimismo con los demás órganos del cuerpo! Muchos
han incurrido en este mismo error, creyendo que deben arrepentirse solamente
de los pecados graves, como ser la idolatría, las relaciones inmorales,
el asesinato, la violación de las leyes del Shabat y similares. Este
punto de vista es absolutamente falso, puesto que existen muchos otros pecados
que el hombre pasa por alto y son mucho más graves que los mencionados.
Observa qué dicen
nuestros Sabios respecto del chisme, considerándolo mucho más
grave que la idolatría, las relaciones prohibidas y el asesinato, cosa
que dedujeron de las Escrituras. Este es un pecado muy generalizado, y los Sabios
dijeron: Toda persona es seducida por el lashón hará (la
mala lengua). Mira la fuerza del lashón hará, al grado de que
quien sólo diga: "¿Dónde hay fuego? En la casa de
fulano, donde siempre están cocinando algo", ya incurre en "indicios
de difamación" [avak lashón hará, ya que insinúa
una crítica respecto de aquel sujeto].
Análogamente, existen
otros grupos de pecados que el hombre comete habitualmente, demasiados como
para enumerarlos. Jura en falso o en vano -a menudo mentimos a nuestros amigos
o los convencemos de algo, y juramos "por Di s" que es verdad; el
pecado de jurar en falso en Nombre de Di-s equivale a la idolatría e
incluso es más grave aún, como expresa el versículo (Exodo
20:7): Y [Di-s] no absolverá a aquél que jura falsamente con Su
Nombre-, maldice su destino o a otras personas, utilizando el Nombre de Di-s
-y es lo mismo si lo hace en hebreo o en cualquier otro idioma-, recita una
bendición o pronuncia el Nombre de Di-s sin motivo alguno -de hecho,
si reflexionamos acerca de nuestras plegarias, podremos darnos cuenta de que
son recitadas sin la devoción adecuada, apenas como un hábito,
por costumbre-.
Humillamos a nuestros semejantes
en público, y nos enaltecemos a costa de la vergüenza ajena. Lastimamos
y afligimos a nuestro prójimo, tanto con acciones como con palabras.
Si lo hacemos a una viuda o a un huérfano, seremos merecedores de morir
a manos del Cielo. Cobramos [y pagamos] intereses sin utilizar un `heter iská´
(contrato Rabínico legal mediante el cual la operación deja de
ser un préstamo y se convierte en una sociedad). Cada cual encuentra
justificativos que le permiten realizar todo tipo de acciones, sin consultar
a los maestros halájicos y rabinos respecto del modo en que debemos
conducir nuestros asuntos. Esto es especialmente así en aquellos que
se dedican al comercio, donde es muy difícil evitar el violar las leyes
relativas al cobro y pago de intereses.
Guardamos rencor hacia nuestros
semejantes, actuamos con ira, contemplamos a las mujeres con avidez y deseo,
adulamos, nos burlamos, malgastamos el tiempo en conversaciones vanas, hablamos
de negocios en Shabat y en las Festividades - todo esto nos hemos acostumbrado
a hacer. Incluso quienes son grandes eruditos de la Torá descubrirán,
de reflexionar sobre sus acciones, que muchos incurren en estas conductas y
cometen varios pecados más. El peor es la negligencia en el estudio de
la Torá, que equivale a todos los demás, puesto que al alejarse
de la Torá, uno se distancia del servicio a Di-s. Es por este motivo
que los Sabios vincularon ambos temas en una misma bendición en la Amidá:
Haznos retornar, Padre nuestro, a Tu Torá; acércanos, Rey nuestro,
a Tu servicio (Sidur, pág. 53). Cuanto mayor sea la dedicación
al estudio de la Torá, tanto más se acercará el hombre
al servicio a Di-s.
Por este motivo, los Sabios
de antaño establecieron que se haga sonar el shofar desde el comienzo
del mes de Elul, un mes antes de Rosh HaShaná: para que cada uno
tome conciencia de que está siendo convocado para el juicio... El día
del ajuste de cuentas se aproxima, todas sus acciones están registradas
-incluso su más leve movimiento- y en ese momento Di s revisará
todos sus actos, decidiendo si fueron buenos o malos.
Ahora bien, si el hombre
tuviera que comparecer en juicio ante un rey de carne y hueso, ¿no temblaría
y estaría sobrecogido de temor? Como dijo Rabí Iojanán
ben Zakái [al describir el pensamiento del hombre ante el juicio de un
rey humano]: Si el rey aplica un castigo a mis finanzas, éste no será
eterno, ya que en algún momento podré ganar más dinero.
Si me encarcela, no será para siempre, pues es posible que el rey muera
y su sucesor me deje en libertad. Si me mata, tampoco mi muerte será
eterna, ya que él sólo puede tener dominio sobre mi cuerpo, más
mi alma regresará a Di-s, Quien me la ha concedido.
Sin embargo, pese a esto,
el hombre siente temor de todos modos y acude a cualquier recurso posible cuando
enfrenta un juicio humano, procurando medios para mitigar la sentencia o eludir
el castigo. Nunca se le ocurriría desperdiciar su tiempo en actividades
cotidianas. No labraría su parcela; más bien, en el momento de
su tormento abandonaría todo otro pensamiento y preocupación y
se dedicaría de lleno a la búsqueda de alguna posibilidad de salvación.
Y si esto es cierto tratándose de un juicio humano, ¡cuánto
más aún debe serlo al estar -junto a sus hijos y todas sus pertenencias-
frente al Rey de los reyes, el Santo, bendito sea! Si El castiga al hombre en
sus bienes y le decreta pobreza, el castigo es eterno. Si lo hace físicamente,
el dolor perdura por siempre. Y si decreta su muerte o la de su hijo, también
es para siempre.
Cuán necias son entonces
aquellas personas que continúan con sus actividades cotidianas durante
este período -especialmente durante los días de Selijot y los
Diez Días de Arrepentimiento- sin saber cuál será su sentencia.
Por lo tanto, es imperioso
que cada uno tome conciencia y se dedique menos a sus actividades regulares,
fijando tiempos específicos durante el día y la noche para la
introspección y el autoanálisis. Debe levantarse más temprano
y reflexionar sobre las formas de teshuvá y el modo de enmendar su conducta,
abriendo su corazón al Creador y confesando sus pecados. Aumentará
su cumplimiento de mitzvot y buenas acciones, y dedicará más tiempo
de lo que acostumbra habitualmente al estudio de la Torá. Será
más generoso al dar caridad, puesto que éste es un tiempo de gracia
y benevolencia Divina en el que las plegarias son escuchadas.