HALEL
El alma en el relato de la Torá
Shemot
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¿Cómo nos educamos espiritualmente?

« Tal como en el plano material la tecnología nos ayuda a canalizar la energía de modo que podamos utilizarla para el bienestar de la humanidad, la Torá nos ofrece la «tecnología» educativa y espiritual para encauzar armónicamente la energía más poderosa

Y estas son las leyes (mishpatím) que habrás de exponer ante ellos.

La concepción de la realidad de cada individuo, cultura y civilización, es el resultado de cómo todo el conjunto de fenómenos y aspectos existentes, aún más allá de la conciencia individual, influyen en la forma en que interpretamos nuestra percepción de la realidad. Nuestra percepción de la realidad, por lo tanto, se puede dividir en dos aspectos generales: a) La realidad expuesta a la forma y al sistema a través del cual la percibimos. b) La realidad que existe aún más allá de nuestra percepción. El aspecto a) relativiza la realidad a nuestro modo de pensar y/o sentir, siendo imposible así percibir al objeto en sí mismo. Sin embargo, es la base, y comprende a todas las formas y sistemas de percepción y concepción de la realidad, ya que es muy difícil superar nuestra subjetividad. El desafío consiste en alcanzar una forma de percepción que contenga el mecanismo que le permita al individuo expandir su conciencia más allá de sí mismo -aspecto b)– para poder trascender en forma constante su actual percepción de la realidad en pos del Infinito, Ein – Sof, transformando gradualmente el conocer en ser. El logro de este objetivo depende de la forma en que el hombre es educado a utilizar su intelecto: a) Justificando sus instintos, deseos y debilidades. b) Discerniendo en base a Principios Universales y objetivos la consecuencia de sus actos. El aspecto a) limita la realidad al individuo, imposibilitándolo de expandir su percepción. En cambio, el esfuerzo en prever la consecuencia de cada uno de sus actos en pro del bien colectivo, más allá de sus intereses inmediatos -aspecto b)-, le des-cubre nuevos ámbitos, siendo que la energía generada por este proceso fortalece la voluntad; lo cual activa las potencias cognoscitivas en dirección a terrenos aun inexplorados, expandiendo así, permanentemente, la percepción de la realidad.

La búsqueda de la verdad
En sus intentos por comprender la realidad el hombre ideó variados sistemas de pensamiento: a) Aquellos que consideran que la naturaleza controla los procesos de la vida, postulando que una fuerza mecánica denominada naturaleza impulsa a todos los estratos y seres, tanto minerales, vegetales y animales como humanos, a «desarrollarse» a través de «procesos de selección natural»; creando así nuevas formas sin otro objetivo que la supervivencia física. b) Algunos sistemas determinaron que la casualidad y la selección natural no pueden crear nada inteligente, y que por detrás de todo debe haber una conciencia y una voluntad. Llegaron entonces a la conclusión de que hay dos fuerzas: una que genera el bien y otra el mal. c) A partir de estos sistemas surgieron aún otros, según los cuales cada acción y cualidad es generada por otra fuerza. Así, la belleza, la música, el tiempo, etc. eran cada una producto de una «deidad» determinada. d) Otros, finalmente, reconocieron que toda la realidad está interrelacionada aceptando que hay «una fuerza única» que rige todos los procesos.

Una fuerza única
A partir de la concepción que proclamó «una fuerza única» se consolidaron, de diferentes formas, muchas de las religiones y filosofías que hoy conocemos: 1) Los que creen que los actos humanos tienen una influencia insignificante en la realidad y por lo tanto la existencia sigue casi indiferentemente su curso. Esta percepción de la realidad conduce a la humanidad a actuar de acuerdo a lo que sienta y piense, «liberando» a los seres humanos de todo compromiso y responsabilidad con respecto al prójimo, la sociedad y todas las formas en que la vida se manifiesta. Toda concepción educativa que se base en este modo de pensar está destinada inevitablemente a justificar el egoísmo. Estos sistemas en última instancia se relacionan con los de la naturaleza –a)-, antes expuestos; es decir que a pesar de «reconocer» una única energía creadora, la perciben como una fuerza automática completamente desligada de la conciencia y la actitud humana. 2) Los que piensan que las acciones de los hombres sí influyen aunque sólo a nivel general. Aquí encontramos una conciencia un poco más desarrollada, siendo que a partir de esta forma de entender la realidad comienza un «cierto compromiso» con respecto a los otros seres. 3) Los que comprenden que los actos humanos influyen en todos los aspectos de la realidad. En este grado la conciencia y el compromiso con el prójimo, la sociedad y la vida son mayores, puesto que surge la certidumbre de que cada acción tiene su consecuencia. Pero aún no es suficiente para corregir el egoísmo y transformarlo en altruismo, dado que poseen muchas sabidurías y modos de evaluar la realidad pero aún carecen de criterios objetivos para aprehender los principios que rigen y generan las acciones humanas. 4) La Torá codifica y define la conducta humana a través de la tradición escrita y oral, educando al ser humano a prever objetivamente los efectos de sus actos. La percepción judía de la realidad le revela al hombre, si éste la aplica correctamente, las consecuencias de cada pensamiento, emoción y acto. Por ello la ley judía, la Halajá, a partir de las 613 mitzvót-normas de conducta que describe la Torá, codifica un sistema integral que nos educa a relacionarnos con todas las formas en que el deseo se manifiesta. La Halajá especifica meticulosamente la relación del hombre con su prójimo y con todos los seres y ámbitos de la realidad, tal como está codificado en el Talmud, el Shulján Arúj, etc.

Lo general y lo particular
Anojí-Yo (soy) IHV”H () el primer postulado del Decálogo, señala el objetivo y fundamento esencial de la Torá: La unificación de toda la realidad en la Fuente Infinita de Altruismo. Inmediatamente la Torá nos enseña cómo llevarlo a cabo: mediante los nueve postulados restantes (No tendras deidades ajenas, No tomaras el nombre de IHV”H en vano, Recuerda y cuida el dia de Shabat, Honra y respeta a tu padre y a tu madre, No asesinaras, No cometerás adulterio, No robarás, No engañaras, No codiciaras). La tradición oral de Israel: Halajá, Kabalá, etc., nos describe la forma de cómo implementar esos principios generales. En otras palabras, para alcanzar el objetivo -la unificación de toda la realidad en la Fuente Infinita-, lo general, debemos comprender y realizar las particularidades que lo conforman. Las 613 mitzvót son esas particularidades que reactivan el objetivo ante cada situación que nos toca vivir, de no ser así la Torá sería una filosofía más basada, como tantas otras, en desarrollar el pensamiento abstracto pero que sin el desafío de educar la energía del deseo terminaría también justificando la debilidad humana. Tal como en el plano material la tecnología nos ayuda a canalizar la energía de modo que podamos utilizarla para el bienestar de la humanidad, la Torá nos ofrece la «tecnología» educativa y espiritual para encauzar armónicamente la energía más poderosa de la Creación: el deseo de recibir. Todo el sistema espiritual judío se basa en el desarrollo conciente de la voluntad humana en pos de la Fuente y modelo arquetípico de altruismo. Ello es lo que le otorga a los diez postulados y a la forma de implementarlos -las 613 mitzvót y sus particularidades- la dimensión divina con carácter de leyes objetivas y no meras convenciones hechas por los hombres. Hoy más que nunca, en un mundo de terror, la Torá de Israel impulsa, de la misma forma que lo viene haciendo por miles de años, el desafío de alcanzar la Armonía Universal. No asesinar, no robar, no cometer adulterio, el respeto por los padres, etc., no son postulados intelectuales proclives al cambio de acuerdo a la «evolución humana», sino que son estos principios los que activan el mecanismo que induce a la verdadera evolución.

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