HALEL
Bamidbar
El alma en el relato de la Torá
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Bamidbar

Los seres humanos somos activados por un impulso esencial a trascender los límites, el tiempo, el espacio, a superar la muerte.

La dualidad humana
El hombre puede tomar decisiones de dos formas: 1) Discerniendo entre lo que lo hace sentir bien y lo que lo hace sentir mal. 2) Discerniendo entre lo verdadero y lo falso.
La primera opción es el producto de las resoluciones impulsivas basadas en los instintos, en la información que recibimos a través de los sentidos. El discernimiento sensible se basa en la impresión que nos causan las formas, los colores, los aromas, los gustos, etc. Aunque pueda parecer muy elaborado se basa en última instancia en los sentidos y desemboca en una forma de valorización de la realidad a partir de sensaciones. Lo que creo, lo que siento y no lo que es objetivamente la realidad.
La segunda, en cambio, es la que nos eleva por sobre el reino animal, ya que requiere de un proceso que involucra una serie de causas y consecuencias de resolución no inmediata y por lo tanto de pensamiento abstracto. El hombre es la única creatura que posee escritura y memoria histórica. La búsqueda de la verdad es exclusiva del ser humano.

Cuerpo y alma
Los seres humanos somos parte del mundo material pero también le somos extraños, ya que poseemos el potencial de trascender la naturaleza y de modificarla. Tanto a la naturaleza exterior, ríos, montañas, etc., como a la interior, nuestras debilidades y tendencias personales. El ser humano es la única creatura capaz de algo semejante, eso se debe a que el potencial del alma humana es infinito y por ello está por sobre el mundo que es finito. Nuestro cuerpo esta conformado por las mismas substancias que el mundo. Como está expresado en Bereshit (el libro del Genesis): del polvo fuiste sacado y al polvo volverás. Ello nos otorga, como al resto de la creaturas, la percepción sensible. Pero el alma pertenece a otra dimensión, a la espiritual, de ahí el potencial humano de poder discernir en el ámbito inteligible.

No hay imposición en lo espiritual
El funcionamiento del plano espiritual es análogo al amor, cuando surge la imposición significa que en lugar de amor y espiritualidad hay deseo egoísta. Imponer es un síntoma de temor y debilidad, quienes carecen de los principios espirituales utilizan la fuerza para imponer lo que ellos creen y/o sienten: la percepción sensible separada de la inteligible: la ley de la selva, donde sobrevive el más fuerte.
Sólo el estudio de los principios superiores, la meditación y reflexión espiritual conducen a los actos de bien que inspiran a los seres humanos a sobreponerse al mero discernimiento sensible y a unirse en pos del bien común. Ello fue, es y será lo que en definitiva sobrevivirá ante todas las formas que el egoísmo adquiera en nuestro camino en pos de la Armonía Universal.

Religión o espiritualidad
El hombre posee un deseo infinito y un cuerpo finito. Lo finito no puede contener a lo infinito.
Formar una familia, desarrollar un proyecto, ser parte de un pueblo, una tradición, etc. son las formas en que el hombre concretiza ese impulso y se proyecta más allá de lo inmediato, a una dimensión atemporal y aespacial.
Toda civilización surgió de a partir de ese impulso esencial, pero cuando lo inmediato, el egoísmo, eclipsa lo trascendente la espiritualidad se burocratiza y surge la religión.
El vocablo religión proviene del latín re-ligare y significa volver a ligar aquello que ha sido desconectado. Este concepto no aparece en los textos de la tradición hebrea ni en nuestra tradición oral hasta la Edad Media. En este período los sabios judíos se vieron presionados a tomar parte en confrontaciones verbales a fin de demostrar la validez de la espiritualidad del pueblo de Israel. A raíz de ello Sabios tales como el Rabino, Médico y Poeta Iehudá Halevi (siglo X) en su libro «El Cuzarí» y Maimónides (siglo XIII), específicamente en su «Guía de los Perplejos», se vieron forzados a declarar que la Torá de Israel es también una religión. Para ello recurrieron al vocablo Dat , que significa norma e iniciación.

Principios espirituales
La espiritualidad de Israel consiste en la iniciación en las normas-mitzvót (no codiciar, no asesinar, etc.) que nos guían a sobreponernos a nuestros instintos y transformar los deseos egoístas en voluntad altruista. Las mitzvót son los Principios Objetivos Espirituales, como las leyes que rigen la naturaleza que el hombre no inventa sino que des-cubre, a partir de las cuales se estructura armónicamente las relaciones del hombre con el prójimo y con la Energía Infinita que nos vivifica y que codificadas nos son transmitidas a través de la Torá .
La palabra religión no es adjudicable al judaísmo, puesto que confunde y lleva a interpretarlo en base a doctrinas ajenas. El concepto religar implica el acto de volver a ligar dos o más cosas separadas. Así como nuestro hogar está conectado a la usina central de electricidad, así la Creación está permanentemente unida a su Fuente Infinita, de lo contrario no tendría existencia. La electricidad que activa los artefactos hogareños y la generada por la usina son en esencia la misma, la diferencia radica en la intensidad y forma en que se manifiesta. La Torá especifica que todos los aspectos de la vida son diversos grados de una misma y única realidad Infinita, Ein-Sof, por ende contiene todos los estados posibles y es ilimitada e indivisible.
La Creación es el proceso temporal-espacial, necesario, a través del cual el alma toma conciencia de su identidad y origen. Pero nuestra esencia, el alma, existe eternamente en un plano infinito, Ein-Sof. Allí es donde realmente somos, en HaKadósh Barúj Hú, hasta entonces el tiempo va consumiendo nuestra identificación con lo ilusorio hasta que finalmente tomamos conciencia de lo esencial, lo eterno e infinito.

¿Discrepancias de forma o de contenido?
La forma de implementar una ideología nos revela sus objetivos. En lo espiritual como en el amor la imposición no es efectiva. Tanto en el uno como en el otro es el libre albedrío, la decisión personal el único modo de alcanzar auténtica espiritualidad.
Todos fuimos creados por la misma Energía Creadora, sólo que cada civilización lo articula en su forma característica y le adjudica nombres particulares. A ese nivel la discusión sería semántica. Pero, más allá de las denominaciones que cada cultura le adjudique a lo que considera esencial, a la realidad espiritual, es la forma de implementar esos ideales lo que revela la veracidad de los objetivos. Cuando una civilización transmite sus ideales por imposición religiosa, como la inquisición o las «guerras santas» y no a través de una educación espiritual está revelando sus debilidades su temor e impotencia en inspirar a los seres humanos y en última instancia su falta de espiritualidad.

La valentía de vivir
El funcionamiento correcto de cualquier organismo y/o sistema se basa en la forma en que procesa la información. A nivel de la conciencia humana el procesamiento sería cómo la mente discierne la información que recibe.
Cuando una civilización pierde la conciencia del objetivo humano todos sus sistemas educativos, que son los destinados a enseñar a discernir correctamente, se tornan obsoletos. Entonces el sentimentalismo, la imposición y el egoísmo ocupan el lugar de la conciencia, así la burocracia religiosa ocupa el lugar de la auténtica espiritualidad y los gobiernos se tornan corruptos en lugar de incentivar el altruismo.
El amor por la vida es la esencia del alma lo que nos da la valentía de vivir intensamente y de arriesgarnos por un ideal. El terror suicida asesino o el asesinato en nombre de «valores espirituales», en cambio, incentiva el odio por la vida.

Altruismo, nuestra verdadera esencia
Nuestro mundo finito recibe su vitalidad de un mundo superior-infinito. La recepción de la energía vital sólo es posible cuando depuramos los conductos a través de los cuales esa energía fluye. El altruismo genera la alegría que expande esos conductos y el egoísmo la tristeza que los contrae.
Altruismo es el afán de procurar el bien del prójimo aun a costa del propio. Únicamente a través de este gran esfuerzo la humanidad puede alcanzar la justicia y su armonía, siendo que altruismo es la cualidad de lo completo de HaKadósh Barúj Hú.
El altruismo es nuestra verdadera esencia luminosa e infinita; el egoísmo, por el contrario, es lo que nos identifica con lo finito y transitorio. Nuestro cuerpo existe dentro de los límites tiempo-espacio y así como todo lo que se encuentra en los dominios de la naturaleza finalmente deberá morir. Nuestra alma, en cambio, pertenece a un mundo infinito, no conoce límites, ya que sabe que es infinita, de ahí la poderosa atracción que lo infinito ejerce sobre los seres humanos. Pero es necesario aprehender la forma correcta para que este mundo se transforme en el espacio adecuado para ayudar a los hombres a revelar armónicamente lo esencial e indestructible, lo realmente infinito.

Bamidbar, en el desierto
El libro Bamidbar relata la travesía del pueblo de Israel por el desierto en su preparación para entrar en la Tierra Prometida. Esta travesía señala el itinerario espiritual del alma hasta alcanzar la conciencia superior. De esa generación que salió de Egipto sólo los menores de 20 años entrarán en la Tierra de Israel, quienes la idolatría pagana, «la religión de Egipto», sólo había afectado parcialmente en su forma de discernir. En cambio, los mayores de 20 años ya no podían diferenciar entre el discernimiento galútico y la percepción judía de la realidad que recibieron a través de la Torá. El galút aún era parte del estado espiritual de esa generación, por lo que no podían alcanzar el nivel espiritual que los hacía aptos para acceder a la tierra de Israel. Pero esa generación del desierto pensó más allá del momento, pensó en la continuidad y ese objetivo les dio la fuerza para formar a los primeros habitantes de Eretz Israel hace más de 3300 años. De una generación que conoció la amargura de la esclavitud surgieron los padres y abuelos de la generación que sí logró esa conciencia superior que unifica a la Tierra con el Pueblo y con la Torá, la conciencia de HaKadósh Barúj Hú en toda su dimensión. La Torá nos enseña que no importa qué tenemos y qué somos, ricos pobres o aún esclavos, lo importante es qué hacemos con ello. Esa es la grandeza de la Torá que le da al hombre la fuerza para ver más allá de sí mismo, la generación del desierto, del galút, reconoció sus límites e invirtió sus esfuerzos en que sus hijos alcancen lo que ellos no podían alcanzar. Ese es el secreto de quien sabe que su alma es infinita, el altruismo que hace que cada judío discierna a partir del objetivo, del futuro, a tal punto que está dispuesto a trascender sus intereses personales en pro de los ideales espirituales que guían a la humanidad a la Armonía Universal. Sólo la Torá es capaz de revelar ese potencial humano y unir a todas las generaciones bajo un objetivo común. El Zóhar nos dice 2000 años atrás que la Sabiduría Interior de Israel, la Kabalá se revelará finalmente en su totalidad, y el pueblo de Israel pondrá fin a su exilio que es básicamente de carácter espiritual y así el mundo comenzará ha retornar a su estado original en donde se cumplirá la profecía de Isaías: «Y convertirán sus espadas en arados, y sus lanzas en hoces. No levantará espada nación contra nación, ni se entrenarán más para la guerra».

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