HALEL
El alma en el relato de la Torá
Jaguim
+100%-

Amor y temor

En busca de un modelo
Los niños generalmente temen a la oscuridad, la soledad, etc. y buscan protección en sus padres y mayores. Cuando crecen, el conocimiento y la experiencia que adquieren de los adultos les permite superar aquellos temores de la infancia.
Cuando los adultos no logran superar desafíos desarrollan temores, distorsionan su percepción de la realidad y detienen su crecimiento espiritual. Sea un niño o un adulto la causa del temor es la misma: la ignorancia, consecuencia de una percepción parcial de la realidad que resulta en la falta de voluntad para enfrentar desafíos.

Temores
El miedo surge para enseñarnos a buscar más allá de lo inmediato. Pretendemos limitar la realidad a lo que conocemos, pero tarde o temprano la vida nos enfrenta a situaciones que nos superan y queramos o no finalmente deberemos resolver. El miedo no es sino el resultado de una vida concentrada en lo cotidiano sin tomar conciencia de los trascendente: los desafíos que expanden nuestra conciencia y percepción de la realidad. El miedo paraliza nuestro potencial de desarrollo y señala la falta de objetivos. Así como los niños se desarrollan imitando a sus padres y mayores, los adultos también necesitamos un propósito trascendente y un modelo de quién aprender.

El temor a IHV”H es el principio del conocimiento (Mishlei-Proverbios 1:7)
El aprendizaje, en todas las etapas, se basa en superar conflictos. Temor y amor son los dos aspectos que inducen al aprendizaje. El temor me aleja y el amor me acerca. Temor y amor son formas de relacionarme tanto con el prójimo como con la vida como con HaKadósh Barúj Hú. El temor me relaciona pero negativamente, hace que me vea separado del objeto temido; mientras que el amor me unifica al objeto amado. No obstante, el amor sin temor destruye los límites y el respeto. Hay un temor que es el comienzo, la etapa infantil del conocimiento, pero si una relación se basa sólo en temor y no desarrolla amor es incompleta. Si te amo temo perderte, si no temo perderte significa que aun no te amo. El temor a sufrir produce movimiento en pos del conocimiento y el conocimiento produce amor y el amor des-cubre lo que nos une.
La Ketuba-Acuerdo de casamiento judío establece que el hombre debe respetar a su esposa aun más que a su propio cuerpo. Cuanto más respeto más amor. El amor es una energía tan poderosa que puede destruir si no se establecen los límites y la forma de implementarlos. De ahí las mitzvót-preceptos de expansión y contención de la energía que determina la Halajá-Código legal judío en todo lo referente al cuidado que debemos tener en todas las formas que manifestamos nuestros deseos. El deseo en su forma instintiva es egoísmo y concluye en desprecio. En cambio el deseo depurado es el altruismo que genera amor.

Tu biShvat: lo espiritual en la naturaleza
El propósito del trabajo espiritual de Israel consiste en refinar el deseo de forma tal que cada uno de nuestros actos sea una expresión que potencie y proclame la unidad armónica de toda la realidad. Cuando actuamos, sentimos y pensamos lo hacemos en “una dirección” que puede construir o diluir nuestra conciencia de la armonía. En Tu biShvat aprendemos que los frutos de los árboles y todos los reinos de la naturaleza son una manifestación de la Luz Infinita a través de la cual podemos potenciar nuestra conciencia hasta alcanzar la Armonía Universal. De acuerdo a la Torá toda actividad puede revelar lo sagrado, lo que une, si la implementamos con objetivos altruistas. Cuando comemos transformamos la energía del alimento en pensamientos, sentimientos y actos. De acuerdo a la forma en que lo hagamos estaremos colaborando a espiritualizar y revelar el bien que existe en cada aspecto de la realidad o, por el contrario, a ocultar la unidad armónica que rige toda la realidad. La Torá nos ayuda a des-cubrir en cada acción que realizamos, de qué forma lo sagrado se manifiesta y cómo el ser humano, centro y objetivo de la Creación, lo conecta y unifica.

El hombre y el árbol
Los árboles como los hombres tienen raíz, tronco, ramas y dan frutos. La raíz de los seres humanos es la voluntad, la fuerza interior que nos sostiene. La tierra está siempre dispuesta a dar, depende del hombre que pueda extraer la vitalidad y transformarla en fruto. El deseo atrae hacia sí la plenitud, pero para que esta llegue a su destino debemos absorber las energías que estamos preparados para transformar en altruismo y posponer las que aun no alcanzamos la voluntad para dominar. Para ello la Torá nos brinda un sistema de discernimiento que entrena el deseo confrontándolo a principios superiores lo cual, por ende, desarrolla la voluntad. Las ramas son las emociones que se mueven con el viento (rúaj). Elevaciones y descensos emocionales que el hombre debe atravesar para que la vitalidad llegue al fruto: los actos de bien, las mitzvót que generan el altruismo que le permitirá al mundo, finalmente, alcanzar la Armonía Universal.

Tres clases de frutos – tres desafíos del alma
La tradición de Israel menciona tres clases de frutos que representan tres formas de discernimiento generales que los seres humanos atravesamos para resolver las dificultades y superar nuestros miedos. Los que son puro fruto, como la frutilla. Los que el fruto está por fuera y el carozo dentro, como la aceituna. Los que la cáscara está afuera y el fruto adentro, como la nuez. Cada uno manifiesta la dureza, la dificultad, el temor en una forma diferente. Nuestra tradición menciona 30 frutas generales, 10 de cada una de las características mencionadas que se relacionan con 30 sefirót, 10 de cada uno de los mundos-olamót: Briá, Ietzirá y Asiá respectivamente.
Las del mundo-olam haBriá son puro fruto, representan el pensamiento donde podemos discernir y superar los temores del olam haIetzirá concretizando nuestros actos armónicamente en el olam haAsiá. En el plano mental comprendemos lo que debemos hacer y de no implementarlo dejamos un hueco, una falta en el interior del fruto, el carozo, un vacío en el corazón. La esencia del alma es Luz y bondad. Cuando lo que comprendemos no lo aplicamos en nuestra vida nuestra esencia no lo soporta y la Luz deja de fluir armónicamente. Los pensamientos se tornan entonces negativos y surge el sentimiento de culpa que activa las emociones y finalmente el miedo que paraliza. La cáscara que envuelve al fruto y nos sume en la oscuridad.

Savia espiritual
A través de la savia llega la energía que vivifica al árbol y le permite crecer y dar de sí sus frutos, así la voluntad altruista nos impulsa a superar desafíos, el temor, el egoísmo y alcanzar la energía para dar “nuestro fruto”. Como el árbol necesita de buena tierra, aire y agua para dar de sí, el hombre debe rodearse del ambiente que lo estimule a desarrollar su potencialidad. La raíz extrae su vitalidad de la tierra y cada árbol es parte indispensable de un ecosistema. Similar ocurre con cada hombre y grupo humano, se universalizan cuando proyectan su particularidad -dan su fruto- para el beneficio de toda la humanidad. Para ello necesitamos del ambiente mental-emocional adecuado y guías como Moshé Rabeinu que nos ayuden a revelar nuestra verdadera esencia.

Los desafíos que revelan
Israel -la conciencia- en pos de IHV”H -la Armonía Infinita- reiteradas veces transita por los mismos caminos cómodos y por lo tanto que no ofrecen ningún desafío. Moshé -el discernimiento superior- nos incentiva a desarrollarnos y expandir nuestra realidad a IHV”H -la Armonía Infinita-, pero como muchas veces no lo captamos, surge la esclavitud en Mitzráim, las cáscaras y durezas -los límites- que nos acorralan a orillas del mar. No obstante Moshé nos guía con mano firme, nos hace ver que las dificultades son sólo desafíos y la realidad es el objetivo que surge cuando las superamos.

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