HALEL
El alma en el relato de la Torá
Shemot
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9) Ki Tisá «Emuná»

« Moshé -la comprensión superior- y Aharón –la emuná- enmarcan dos aspectos imprescindibles que nos guían tanto para «discernir en la Luz» como para «ver en la oscuridad »

Y vio el pueblo que Moshé tardaba en descender del monte y se congregó en contra de Aharón diciéndole: ¡Reacciona! haznos ídolos que estén delante nuestro, ya que a Moshé, el hombre que nos elevó por sobre Miztraim-Egipto, no sabemos que le ha ocurrido

Cuando todo es obvio y funciona de acuerdo a nuestra lógica la vida es «simple». Pero cuando los acontecimientos escapan a nuestra comprensión significa que nos aguarda un desafío, estamos ante una posibilidad de aprendizaje. En ese momento debemos activar todo nuestro potencial para comprender algo nuevo, algo que hasta ahora no tomamos en cuenta. Ello lo logramos a través de la emuná que, traducido insuficientemente como fe, nos revela un modo de conocimiento el cual trasciende las formas puramente mentales.

Emuná, la fuerza espiritual
La conciencia del ser humano es resultado de la sabiduría, imaginación y experiencia adquiridas en su afán de concretizar sus aspiraciones. Pero cuando queremos adquirir sabiduría y experiencia que aún no poseemos, ¿cuáles son los mecanismos que activamos para conseguirlas?
Emuná es el conocimiento judío por excelencia y se traduce comúnmente como fe y creencia. El vocablo emuná proviene de la raíz amén, al igual que lehitamén que significa entrenarse, oménet (nodriza) quien da de sí misma, imún (entrenamiento), omanút (arte), etc.
Emuná es el entrenamiento en el deseo de dar y beneficiar. Emuná es la disciplina espiritual, toma de conciencia de la voluntad y deseo original del alma. Emuná es la capacidad de entregarse.

Expandiendo la conciencia
La emuná activa todos los mecanismos de percepción expandiendo paulatinamente el espacio mental, emocional y de acción a partir del fortalecimiento de la voluntad y la perseverancia en la realización de actos altruistas: mitzvót .
Toda sabiduría y experiencia que no poseemos se encuentra fuera de nuestra conciencia y dominio. Para lograr que se transforme en parte de nuestra realidad debemos atravesar dos etapas básicas: a) Definir el objetivo: la nueva sabiduría y experiencia que queremos lograr. b) Adquirir la fuerza de voluntad para conseguir aprehenderlas. Estas dos etapas se alcanzan a partir de una educación que active todo el potencial cognoscitivo del hombre. De acuerdo al judaísmo la educación no es solamente un proceso intelectual, sino que debe involucrar todas las potencialidades humanas.

Pedagogía y espiritualidad
El hombre, en todas las etapas de su desarrollo, aprende al comienzo por medio de la imitación y luego a través de su propio discernimiento y elaboración. Por ello es fundamental que la educación se desarrolle en un ambiente de Sabiduría que incentive el altruismo. Es imprescindible encontrar maestros interiorizados en los principios de la Kabalá, así como amigos que nos sirvan de modelo orientándonos e inspirándonos a lo largo de todo el proceso de aprendizaje. Tal como nos indica el tratado Pirkéi Avot de la Mishná : Provéete de un maestro y conquista un amigo. La emuná es la fuerza espiritual que nos ayuda a realizar este proceso y a expandir gradualmente nuestra conciencia: El deseo es la fuerza innata en pos del conocimiento, posesión y/o disfrute de «una cosa». El deseo es anterior al pensamiento. Cuando el hombre piensa no hace más que articular y darle forma mental a su deseo. Posteriormente y a través de su esfuerzo podrá lograr un grado mayor de voluntad para alcanzar su objetivo y tomar conciencia de otros ámbitos del deseo. De acuerdo a la Sabiduría de la Kabalá el pensamiento no es la causa del deseo sino su consecuencia. El acto de pensar es el resultado de cómo percibimos e intelectualizamos nuestra voluntad y deseo. La función del pensamiento consiste en discernir entre nuestros deseos previendo las consecuencias de nuestros actos.

El mecanismo cognoscitivo
En todas las áreas del saber, la emuná es la única forma posible de adquirir conocimiento. Cuando un alumno quiere ingresar a un centro de estudios se le exige rendir determinados exámenes, adquirir ciertos libros, asistir en horas preestablecidas a clase, etc. El alumno, en principio, debe neutralizar sus deseos respetando el orden existente y a los maestros, creando así un espacio de recepción y discernimiento entre sus ideas y los nuevos conocimientos. El nuevo espacio sólo puede surgir si hay emuná.
En el ámbito espiritual es similar. Sin emuná no logramos ampliar nuestro espacio mental y aprehender la Sabiduría. Sin embargo, hay una diferencia substancial que consiste en que cuando la emuná es aplicada al ámbito espiritual y de acuerdo a la Torá, no sólo genera nueva información sino que nos da la formación a través de la cual logramos la verdadera transformación: egoísmo en altruismo. Cuando el conocimiento queda en la esfera de lo meramente intelectual y especulativo, no logramos ampliar nuestra percepción de la realidad; dado que el ser humano tiende naturalmente a adaptar la realidad a las experiencias y conocimientos previos. Ello conduce a la inercia espiritual en la que no cabe alteración en el modo de percibir la vida ni en el fortalecimiento de la voluntad altruista.

¿Qué es la mente?
El Maharal de Praga nos dice que la Torá es la Mente Superior. Como vimos, cuando el ser humano piensa no hace más que articular y darle forma mental a su deseo. El pensamiento es el resultado de la forma en que articulamos nuestros deseos. La mente es como un lente a través del cual vemos la realidad. Nuestra forma de comprender, lo que denominamos lógica, es la consecuencia de la interacción de nuestro potencial con el modo en que fuimos educados. Lo que es armónico para una cultura puede no serlo para otra. Lo comprobamos en el arte, la música y en los valores de cada civilización. La Torá lo prevé, y nos enseña que la diversidad es parte de la totalidad y debemos respetarla y armonizarla. El esfuerzo en captar el orden de la Creación nos revela sus principios y leyes a través de lo cual descubrimos la ecología tanto del ámbito material-sensorial como la de los planos inteligibles. La Torá nos da una óptica superior que puede ordenar todas la tendencias humanas, de esa forma el ser humano logra trascender su subjetividad y se encamina hacia la Armonía Universal.

Discernimiento y emuná
Moshé representa el discernimiento superior, que no surge inmediatamente, sino que debemos madurar espiritualmente hasta alcanzarlo (Moshé tardaba en descender del monte). Los idólatras que exigieron el becerro de oro señalan nuestros miedos, lo que aun nos mantiene identificados con un pasado aun no superado. Aharón indica la emuná, la intuición que nos impulsa a aprehender el discernimiento que aun no poseemos y así identificarnos con la Luz a pesar que aun vemos oscuridad. Cuando Moshé sube al monte Sinai, Aharón no logra evitar que parte del pueblo retome ciertas prácticas de idolatría egipcias -un pasado aun no superado-. Asimismo nos sucede en nuestro desarrollo espiritual idealizamos recuerdos «un pasado aun no superado» que actúa como un lastre que no nos permite liberarnos y ver la Luz que trae Moshé. Moshé -la comprensión superior- y Aharón –la emuná– enmarcan dos aspectos imprescindibles que nos guían tanto para «discernir en la Luz» como para «ver en la oscuridad»; así alcanzamos la perseverancia que genera la continuidad espiritual que nos permite finalmente revelar la Armonía Universal.

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