HALEL
El alma en el relato de la Torá
Shemot
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7) Truma «¿Expandir la conciencia o sucumbir al miedo?»

« En un mundo finito, la medida es necesaria sólo como un medio para alcanzar lo infinito. Nuestra limitaciones –lo finito- señala nuestra índole creada. Cuando el altruismo nos proyecta más allá de nuestros límites comenzamos a revelar lo increado, lo et

Harán para Mi un Mishkán-Tabernáculo y residiré en ellos

La Torá realiza una minuciosa descripción de cómo se debe construir el Mishkán-Tabernáculo y la Kabalá nos revela que el Mishkán representa al alma humana y su centro nuestro corazón. La construcción del Mishkán conforma nuestra toma de conciencia del sutil mecanismo inteligible que utiliza el alma para aprehender la realidad. Por ello la Torá expresa: Harán para Mi un Mishkán-Tabernáculo y residiré en ellos. Lo «lógico» debería ser que diga y residiré en él, o sea en el Mishkán pero dice en ellos, en el pueblo de Israel, en sus corazones, en sus vidas. La kedushá-santidad depende de la intención del corazón siendo que los objetos exteriores son sólo un medio, necesario, para despertar la conciencia humana.

Lo temporal y lo eterno
Nuestra realidad -la Creación- enmarca la actividad finita de una fuerza infinita. Lo finito no puede contener a lo infinito. Lo finito tiene comienzo y fin y no posee existencia propia, existe sólo en relación a lo infinito. La Creación es por lo tanto una apariencia temporal de un aspecto de lo infinito. Nuestro hábitat –la Creación- nos induce a discernir desde lo finito; así establecemos nuestra escala de valores a partir de lo mesurable en términos puramente cuantitativos. La Torá le da a la mente la dirección para que a partir de lo finito –la Creación- des-cubra lo infinito. La Creación enmarca el reino de la cantidad, de la medida y lo medible es temporal. Es por ello que todo lo que no trasciende la escala de valores del mundo tiene comienzo y fin. Así como el «amor» mundano que todo lo mide deja vacíos sin llenar, así sucede con el trabajo espiritual: cuando el estudio de Torá y la realización de las mitzvót se realizan únicamente en el ámbito de lo mesurable, sin armonizar la mente con el corazón se congela el desarrollo espiritual. El objetivo debe ser la Gueulá-Armonía Universal, sólo así la Torá y las mitzvót nos impulsan dándonos la energía para alcanzar lo Infinito, la conciencia de cómo expandir el amor más allá de toda medida, entonces, ese amor nunca detiene su crecimiento.

La infinitud de lo finito
En un mundo finito, la medida es necesaria sólo como un medio para alcanzar lo que no posee medida, lo infinito. Nuestra limitaciones –lo finito- señala nuestra índole creada. Pero nuestra esencia es infinita, increada. Cuando el altruismo nos proyecta más allá de nuestros límites comenzamos a revelar lo increado, lo eterno, nuestra esencia infinita.El desafío en realizar mitzvót de acuerdo a la Kabalá nos enfrenta a nosotros mismos, a nuestros límites reales diluyendo la fantasía e imaginación. De este modo podemos tomar verdadera conciencia de «dónde estamos» y cómo activarnos para trascender nuestras limitaciones y llenar todos los vacíos. Al discernir a través de la Torá alcanzamos una voluntad superior, Su voluntad, entonces manifestamos lo infinito en lo finito unificándolos. De ahí que en hebreo no existen los verbos tener y poseer, decimos hay para mi- iesh li, hubo para mi- haiá li y habrá para mi- ihié li . Ello señala que todo lo que HaKadósh Barúj Hú puso a nuestra disposición es un medio para alcanzar lo infinito. Tampoco existe conjugación en tiempo presente de los verbos ser y estar, se conjugan sólo en pasado y en futuro. Fuimos y volveremos a ser en la Esencia, en el ámbito del «ser» donde reina el placer infinito. La propia estructura del hebreo nos transmite que la medida sólo posee realidad mientras estamos identificados con lo creado y finito. Cuando alcanzamos la conciencia de que hay una realidad infinita la medida se transforma en un medio, un escalón en pos de lo infinito. Lo que somos y poseemos señalan nuestras limitaciones, nuestra índole creada, lo importante es qué hacemos con ello: justificamos lo finito o lo trascendemos.

Más allá de sí mismo
El egoísmo designa lo que nos limita, lo finito mientras que el altruismo señala expansión, la forma de alcanzar lo infinito. La mente humana establece un plano intermedio entre lo finito y lo infinito ya que de acuerdo a su forma de discernir: egoísmo o altruismo, será la conciencia y percepción de la realidad que desarrolle. La búsqueda es finita: la mente cuando no encuentra la finalidad se choca con los límites y entristecemos. Infinita, en cambio, es la intensidad de la plenitud, la alegría que no cesa cuando trasciende toda medida.

De la teoría a la práctica
Mientras no llevamos a la práctica nuestro proyecto todo queda en el plano ideal, un infinito aparente siendo que todo es posible. Sólo al confrontar nuestros pensamientos y prejuicios con la experiencia concreta podemos discernir lo real de lo imaginario. La Torá nos expresa que el Kadósh Barúj Hú le transmite a Moshé la siguiente enseñanza para que instruya a Israel: Harán para Mi un Mishkán-Tabernáculo y residiré en ellos. La Torá nos desafía a que tomemos conciencia de un espacio: el Mishkán– Tabernáculo, nuestro corazón y entonces activemos nuestra mente discerniendo a través de principios superiores –mitzvót– pero cuidando de realizarlas en su correcta proporción –halajá-. El corazón puede expandir nuestra mente y por ende nuestra conciencia a lo infinito o sucumbir a nuestros miedos y debilidades justificando lo finito. Cuando el corazón discierne a partir de convenciones mundanas genera egoísmo. Por el contrario, cuando trasciende lo mundano des-cubre «otro mundo» en este mundo, el altruismo que prevé la consecuencia de nuestros actos en base a principios infinitos.

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