HALEL
Bereshit
El alma en el relato de la Torá
+100%-

3) Lej Lejá «Antes y después de Abraham»

…Sir Ernest Rutherford, quien fuera presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1928, relataba la siguiente historia:

En un examen de física se planteaba el siguiente ejercicio: Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro.

Un estudiante respondió: Se lleva el barómetro a la azotea del edificio y se le ata una cuerda muy larga. Luego se lo baja hasta la base del edificio, la longitud de la cuerda será igual la altura del edificio.

El estudiante había respondido a la pregunta correctamente, pero no demostró saber física. El profesor de la clase no sabía si calificarlo con un cero o con un diez.

Le propuse al profesor que le diera al estudiante otra oportunidad y fui elegido para hacerlo. Le di seis minutos para que conteste la misma pregunta pero basado en sus conocimientos de física.

Ya casi había transcurrido el tiempo prefijado y al ver que el alumno no había escrito nada le pregunté si deseaba irse. Me contestó que tenía muchas respuestas al problema y su dificultad era elegir la mejor de todas. Me disculpé por perturbar su concentración y le pedí que continuara.

Al finalizar el plazo escribió la siguiente respuesta: Tirar el barómetro desde la azotea del edificio y calcular el tiempo de caída con un cronómetro. Aplicar la fórmula altura = 0,5 por A por T2. Así obtenemos la altura del edificio. El profesor lo calificó con el puntaje más alto.

Luego de finalizado el examen le pedí que me cuente sus otras respuestas. Hay muchas maneras: tomar el barómetro en un día soleado y medir la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.
Muy bien, le dije ¿y qué otra forma pensaste?. Tomar el barómetro en las escaleras del edificio, en la planta baja. A medida que se sube las escaleras se marca la altura del barómetro y se cuenta el número de marcas hasta llegar a la azotea. Finalmente multiplica la altura del barómetro por el número de marcas que ha hecho y así obtiene tiene la altura.

Otra forma, continuó explicándome, es atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro se encuentra a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores y aplicando una sencilla formula trigonométrica podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio. En fin, concluyó, existen otras muchas posibilidades. Aunque la mejor, sin lugar a dudas sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del portero y decirle: señor, aquí tengo un precioso barómetro, si usted me dice la altura de este edificio se lo regalo.

Finalmente le pregunté si no conocía la respuesta «convencional» al problema: la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares. Evidentemente dijo que la conocía, pero que durante sus estudios sus profesores le habían enseñado a pensar y a ser creativo y no simplemente a repetir fórmulas.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue un innovador de la teoría cuántica.

Saber pensar
Hay pocas personas que se ocupan de aprender a pensar, en general se considera que pensar es algo que adquirimos naturalmente. Lo que se adquiere naturalmente es una forma personal de razonar de acuerdo a nuestra personalidad y a las situaciones a las que estuvimos expuestos. Pero ello no significa que nuestra forma de pensar se puede generalizar a las demás personas. Discernir correctamente o comprender el mecanismo que induce a otra persona a pensar de tal o cual forma no es un don natural, es una sabiduría que requiere ser cultivada.

El sentido común
Los valores y la forma de vida de una sociedad son el resultado de su forma de pensar, de lo que cada cultura considera «lógico», lo denominado «sentido común».
La Torá nos relata que Abraham Avinu vivió en una sociedad en la cual el egoísmo era «la lógica, el sentido común». Lo que muchas veces tomamos a prirori como «lógico-sentido común» puede ser producto de la inercia que impulsa a toda persona cuando no piensa.

Una tradición milenaria
Rabí Moshé Jaím Luzzatto expresa en la introducción a su libro sobre la lógica y el discernimiento, Séfer haIgaión, que así como un árbol da mejores frutos cuando fue cultivado por el hombre que cuando está librado a la naturaleza, así ocurre con el intelecto humano: si no está educado sus resultados son incomparablemente inferiores que si lo ha sido. El intelecto debe actuar permanentemente asimilando nueva información sobre su entorno, pero también es necesario que adquiera la Sabiduría de cómo conocer para no confundirse y así poder aprehender la realidad correctamente.

Los Sabios de Israel, a través del Talmud, la Halajá, la Kabalá, etc. se dedican desde hace miles de años a desarrollar y enseñar el arte del discernimiento, el cual nos permite ordenar nuestras percepciones intelectuales en función de que éstas sean comprendidas y así nos ayuden a des-cubrir la verdad y expandir nuestra conciencia.

El desafío de Abraham
Abraham desafió al mundo con una nueva forma de pensar.
Abraham reveló el objetivo que nos unifica: el logro de la Armonía Universal. El pensamiento judío es consecuencia de una voluntad perseverante en pos de los desafíos esenciales del alma humana.
La multiplicidad de componentes que integran la realidad pueden ocultar o revelar la causa que los produjo. La multiplicidad sería como un puente, mientras que para algunos es visto como aquello que los separa, para otros es percibido como objeto de unión. Complejidad y sofisticación ocultan una relación simple. De la misma forma que el uno precede a los demás números y la unidad precede a la multiplicidad, existe una Causa que antecede a todas las causas. Abraham alcanzó la conciencia de La Causa desde donde se percibe la unidad inmanente de toda la realidad que nos conduce a percibirnos como diferentes destellos de la Luz Infinita.

Ciencia, arte y espiritualidad
Mientras que las ciencias nos describen el universo, la Torá nos dirige a un objetivo: comprometernos en cada uno de nuestros actos a ser parte activa del proceso civilizador que incluye a todo y a todos.
Así como hay hombres que nacen con un talento especial para la ciencia o el arte, lo mismo sucede en el plano espiritual. El talento, cuando es orientado correctamente, produce individuos que pueden des-cubrir los principios que rigen los diferentes ámbitos de la realidad.
Un científico, un artista desarrollan sus obras basados en la inspiración, la experimentación y la actividad intelectual. En lo espiritual no es suficiente. Para acceder a la Sabiduría debemos educar nuestros instintos, emociones y pensamientos, sobreponiéndonos a la atracción que ejerce la realidad material-sensorial cuando se transforma en un fin en sí mismo.
Abraham Avinu no alcanza los Principios Espirituales basado solamente en observar los fenómenos de la naturaleza o en des-curir nuevos caminos de pensamiento. Abraham se enfrenta a sí mismo y nos lega un modelo de desarrollo espiritual: el ser humano que recrea, vivencia y supera las diferentes situaciones existenciales.

Antes y después de Abraham
Nóaj instauró un mundo fundado en principios de respeto mutuo por la vida, la propiedad y la familia, pero no fueron suficientes para crear normas que logren codificar un sistema social y espiritual que perdure a través del tiempo. Abraham comprendió más profundamente la problemática humana. Su ideal no era sólo el de una conducta civilizada contra el salvajismo prediluviano. La idolatría contra la cual Abraham lucha es la del ser humano que rinde culto al mundo material y a sí mismo en oposición a una vida dedicada al prójimo y a la sociedad como medio para alcanzar la armonía y completitud.
Hace aproximadamente 4000 años Abraham comprende que el egoísmo es la causa de todos los males que afectan a la humanidad. Este descubrimiento, del cual la humanidad aun no ha tomado plena conciencia, marca el momento más trascendente de la historia universal. La historia humana se puede dividir en antes y después de Abraham, siendo que Abraham es el primero que enfrenta al hombre ante su mayor desafío: alcanzar su completitud, su forma superior, el altruismo.

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top