HALEL
El alma en el relato de la Torá
Shemot
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11) Pikudei «Ascensos y descensos.. ¿Hacia dónde?»

«En la vida atravesamos momentos alegres y otros tristes. Pero cuando alcanzamos un objetivo des-cubrimos la fuerza que nos proyecta más allá del momento y surge la Luz que ilumina el camino. Las dificultades no deben amedrentarnos, son tan sólo el ayuno

El Zóhar comienza su análisis de la parashá Pikudei con Rabi Jia citando el versículo 1:7 del libro Kohelet-Eclesiastés: «Todos los ríos van al mar mas el mar nunca se llena. Al mismo lugar hacia el cual los ríos se dirigen, allí regresan». Dice Rabi Jía que los ríos indican el torrente de las fuerzas espirituales, las sefirót, que desembocan en el gran mar, la realidad espiritual denominada en el lenguaje de la Kabala Olám Atzilút-Mundo de las Emanaciones o de la Cercanía. El Olam Atzilút es el universo de la Voluntad Superior, la que está en armonía con los principios objetivos y que nutre a los tres mundos inferiores: Briá, Ietzirá y Asiá que señalan al pensamiento, la emoción y los actos, respectivamente. Ese gran mar, nos enseña el Zóhar, son todos los detalles que conforman el Mishkán-Tabernáculo.

El secreto de las aguas
– ¡ Cruza el río, atraviesa las aguas ! – clamaba su amigo desde la orilla opuesta.
– Creo que hay piedras… el agua está fría …
– No temas, ten confianza y cruza.
– ¿Podré llegar al otro extremo? Tal vez sería mejor esperar a que el agua sea más nítida y así podré ver todo con exactitud sin correr ningún riesgo…
El amigo que tanto lo quería continuó llamándolo y relatándole todo lo que habría de encontrar si atravesaba el río.
Su atención estaba completamente fija -como si estuviera hipnotizado- en el movimiento y la temperatura de las aguas, y oía sin escuchar lo que su amigo le relataba. Estaba encerrado en sí mismo sin percibir nada más allá de sus pensamientos. Aguardaba que el río se haga transparente, el agua tibia, o que tal vez algún milagro ocurriese como volar por los aires para así no tener que arriesgarse al atravesar el río.
Un día sucedió el «milagro» que tanto esperaba. El río se secó. Ahora podría atravesarlo sin mayores inconvenientes. Bajó al cauce del río, ahora completamente seco, donde al parecer todo era evidente y no había obstáculo ni riesgo alguno que interfiriese en su andar. Comenzó a caminar muy seguro de sí … caminaba … subía … doblaba … bajaba … mas sin llegar a ningún lugar.
Creía que iba a hallar la salida.
No había salida.
Se encontró ante un laberinto, vagando por un espacio interminable.
No había un orden lógico, arriba y abajo era igual, derecha e izquierda era lo mismo.
Angustiado por la monotonía de ese lugar, lleno de detalles pero indescifrables, sin forma ni dirección, comenzó a clamar, pero sólo escuchaba su eco.
De repente, a lo lejos sintió un hilo de voz … Comenzó a seguirlo y anduvo y corrió hasta encontrar finalmente a aquella figura, imagen concreta pero sin presencia.
Sintió que si no hablaba, ese ser nunca pronunciaría palabra alguna.
Tomó la iniciativa.
– ¿ Dónde está la otra orilla del río ? – le preguntó.
– Soy el guardián del cauce del río. Mi función es guiar a los perdidos devolviéndolos al extremo del río de donde partieron. Así podrán esperar nuevamente que el río se vuelva a llenar.
– No entiendo … yo creí que cuando el cauce está seco es cuando mejor se puede atravesar …
– Eso es lo que todos piensan. Las aguas que ocultan el cauce fueron puestas por el Creador del río para ayudarte a cruzarlo. Ya ves lo que te sucedió, te perdiste en el cauce. El cauce es tan complejo que sólo el Creador del río lo conoce. Por eso creó las aguas, para ayudar a los viajantes a cruzar los ríos.
– ¿ Y ahora que haré ?
– Te guiaré al lugar de donde partiste, ya que eso es lo único que sé hacer, esa es mi función.
Cuando regreses olvidarás que has estado aquí, aunque en tu alma quedará el recuerdo. Así podrás tener nuevamente la oportunidad de cruzar las aguas por tu propia iniciativa.
– ¿Y mi amigo … , lo conoces ? El cruzó las aguas …
– No sé quien es tu amigo. Por cierto, si cruzó cuando el río estaba lleno debe estar en la Fuente del río. Allí se ve y se comprende por qué hay aguas y cauce, y lo más importante: Para qué hay que cruzar ríos.

La Fuente del río señala al Olam Atzilút, el Reino de la Voluntad Superior. El guardián indica a nuestra conciencia que, si le preguntamos con el corazón, aun en los momentos de mayores dificultades nos guía hacia el camino real alejándonos de nuestras fantasías. El amigo simboliza las influencias positivas que despiertan nuestra emuná-entrega. El cauce del río señala a nuestros pensamientos, emociones y actos a través de los cuales podemos alcanzar la Voluntad Superior cuando atravesamos el río «antes que se seque», o sea con jésed-altruismo. El agua que oculta el cauce nos enfrenta a nuestro verdadero desafío, a nuestras limitaciones, lo que nos ata a lo finito y transitorio. Cuando nos dejamos impulsar por esas aguas, la emuná, nos proyectamos más allá de nuestros límites y comenzamos a revelar lo increado, lo eterno, nuestra Esencia Infinita. Los ascensos y descensos que atravesamos en la vida tienen un objetivo y una dirección: la Armonía Universal. Aunque a veces debamos bajar al cauce del río y enfrentarnos a nuestras limitaciones, ello no debe perturbarnos ya que el contacto con el vacío es temporal, producto de nuestra subjetividad. Su existencia tiene como único propósito que valoricemos aun más la Plenitud y alcancemos una Conciencia Superior. Entonces logramos retornar nuevamente al camino y recorrerlo con ímpetu y así alcanzar La Fuente que nos nutre dándonos la Voluntad para que finalmente, todos, absolutamente todos, alcancemos la Plenitud Infinita.

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