HALEL
Bereshit
El alma en el relato de la Torá
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10) Miketz – Januká «Todo deja su huella»

«No hay acciones neutras, todas imprimen una dirección, cada acto que realizamos o dejamos de hacer, finalmente, revela u oculta la Luz»

En Bereshít-Génesis 41 la Torá nos relata que Paró, el faraón egipcio, soñaba que siete vacas de hermoso parecer y gordas pastaban al lado del río, pero que otras siete, de desagradable parecer y flacas, venían tras ellas y se las comían. Paró despertó, volvió a dormirse y soñó por segunda vez, entonces siete espigas sanas y buenas crecían en un solo tallo, y otras siete delgadas y marchitas crecían tras ellas y se las tragaban. Despertó y llamó a todos los grandes magos y adivinos de Egipto y ninguno consiguió explicar sus sueños. Finalmente llamaron a Ioséf quien explicó que los dos sueños revelaban que habrían siete años prósperos y luego siete de pobreza, y así se cumplió.

El bien y el mal y los ciclos septenarios
Cuando la Torá relata la creación del Sol y la Luna establece tres unidades básicas de tiempo para toda la humanidad. El día, el mes y el año se deducen de la observación de los ciclos solares y lunares, la semana, en cambio, y por ende Shabat es un concepto que la Torá no toma de la naturaleza sino que replica en el tiempo la percepción sensorial humana, dos ojos, dos oídos, dos narinas y la boca; siete días y siete orificios situados en la cabeza.
Lo que sentimos, pensamos e imaginamos es el resultado de la interacción de varios componentes septenarios: la percepción sensible, a través de los órganos situados en los siete orificios de la cabeza, la percepción temporal a través de los siete días de la semana y la espacial, a través de las siete direcciones del espacio (arriba, abajo, derecha, izquierda, adelante, atrás y centro). Las impresiones que recibimos las catalogamos, cada uno de acuerdo a su percepción y formación, de hermosas, magníficas, etc. pero mientras no se canalicen en un objetivo concreto aun no podemos definirlas como buenas o malas. A través de una represa, un límite, la fuerza del río logra canalizarse en un objetivo: brindar energía luminosa a miles o millones de personas. Sólo cuando logramos sobreponernos al ámbito material sensorial como un fin en sí mismo -lo bello, lo impresionante desligado de lo bueno- comenzamos a trascender el dominio septenario espacial-temporal. En Januká encendemos ocho luces, trascendemos lo septenario, señalando así que la plenitud de la Luz, el objetivo de la vida, sólo surge cuando armonizamos los ciclos de la naturaleza con la realidad espiritual.

Un objetivo trascendente
El libro del Zóhar nos indica que el propósito de la Creación del ser humano es la plenitud total y absoluta, la armonía universal, por ello la Torá se concentra en ayudarnos a dirigir todas nuestras energías hacia ese objetivo. Cuanto más altruistas sean los objetivos que se quieren alcanzar, a más individuos finalmente deberán beneficiar. Pero para ser efectivos precisan contemplar todas las particularidades que componen el espectro de tendencias individuales existentes. No sólo eso, sino que tendrán que ayudarnos a desarrollar las cualidades emocionales y mentales que nos permitan alcanzar la fortaleza y la voluntad para enfrentar las situaciones existenciales a las cuales la vida real nos enfrenta. Para avanzar en sus investigaciones, el científico deberá encontrar constantes que le permitan objetivamente encauzar la energía y así reproducir, a voluntad, los fenómenos una y otra vez a fin de formular una ley. Todo detalle que el investigador no tome en cuenta podrá destruir completamente su teoría y sus leyes perderán valor. Similar sucede con los principios y particularidades que conforman la Sabiduría de Israel y que por su complejidad escapan a la percepción inmediata. Así como el funcionamiento de nuestro cuerpo es el resultado de la armonía entre una inmensidad de detalles que trascienden a nuestra conciencia, así sucede con los mecanismos espirituales que activan nuestra alma. Las leyes que rigen la vida material y espiritual son el resultado de la armonización de una enorme cantidad de particularidades que escapan a nuestra percepción sensible, pero que comenzamos a comprender sólo cuando nos confrontamos al desafío de aplicarlas, ya que ello nos exige ver más allá del momento. Sobre esto expresó el gran kabalista Moshé Jaím Luzzatto conocido como el Ramajal «le es imposible a los seres humanos captar la importancia de los detalles minúsculos de las mitzvót, los cuales carecen de importancia para el ojo terrenal», y luego cita, sobre el mismo tema, al tratado Brajót del Talmud de Babilonia 6/2: «temas supremos que los mortales menosprecian».

Casualidades versus causalidades
Los griegos tenían conciencia de la realidad espiritual, pero la percibían desligada del ámbito material-sensorial. Esto marca la diferencia entre la percepción judía de la realidad y la filosófica, producto del sistema politeísta griego. El judaísmo nos enseña que no hay casualidades sino causalidades, que cada acto humano tiene su consecuencia, que hay un ecosistema en el cual nada queda librado al azar y que por lo tanto nos compromete integralmente. El sistema espiritual de Israel es un ejercicio constante que involucra todas las potencialidades del ser humano en alcanzar la armonía universal. No hay acciones neutras, todas imprimen una dirección, cada acto que realizamos o dejamos de hacer, finalmente, revela u la oculta Luz. Esa es la verdadera esencia de Israel, un pueblo que asume concientemente ayudar a la humanidad a alcanzar el objetivo para el cual fue creada: la armonía universal. Y así como el cuerpo humano está compuesto por diferentes órganos con diferentes y variadas funciones, así cada individuo posee una función única e insustituible para colaborar a que dicho objetivo se concretice lo antes posible.

Los sueños hechos realidad
Ioséf logra ordenar la percepción septenaria de Paró: siete años buenos y siete años malos, o sea la realidad emocional y mental sin otro objetivo que justificarse a sí mismo, como lo será posteriormente también la percepción politeísta-filosófica griega. Paró representa al vacío insaciable que siempre está desconforme. Lo opuesto a Ioséf, que sabe des-cubrir la armonía universal en todos los aspectos de la vida. Ioséf hijo de Iaacóv, nieto de Itzják y bisnieto de Abraham se mantuvo fiel a su sabiduría ancestral y así pudo ver más allá del momento, tanto en los sueños que reveló a sus hermanos (Bereshít-Génesis 37:5) como en los del Faraón egipcio (Bereshít-Génesis 41). Ioséf alcanza conclusiones altruistas que salvan tanto a Egipto como a su propio pueblo alcanzando así la dimensión universal de toda la realidad.
El tratado Tamid del Talmud nos enseña que Sabio es quien prevé lo que va a nacer, ya que al conocer los principios y el objetivo puede prever la dirección que toma cada situación. Si sabemos dónde vive cierta persona y observamos que otra persona se dirije a la casa de aquella, sabremos perfectamente si esta se halla o no en la dirección correcta. Pero si no sabemos dónde vive, toda dirección que tome nos será indiferente y no podremos guiarlo. Así sucede con toda sabiduría y así sucede con la Sabiduría de Israel. Ioséf, así como los macabeos supieron revelar Luz donde otros veían oscuridad. Los auténticos Ioséf y macabeos de cada generación nos guiaron y guían en pos de la armonía universal. Nuestro desafío consiste en reconocerlos, aceptarlos y seguir sus enseñanzas.

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